La leyenda negra de España explicada a mi hija

A través de una larga carta Alfredo Alvar Ezquerra, historiador y profesor de Investigación del CSIC, profundiza en las dos maneras de ver y sentir la Historia de España, un tema recurrente que copa con frecuencia titulares, como así ha sido últimamente. «Lo más increíble es que aún hoy se siga palpando casi todo partido en dos...», escribe

Mariana: fue un 7 de enero de hace siete años cuando viniste al mundo. Aunque mucha gente no lo sepa, desde entonces acá el mundo ha empezado a cambiar. Y ha empezado a cambiar porque muchos, como tú, lo vais a conseguir.

Varias veces hemos visto en el Museo del Prado uno de los cuadros simbólicos mejores que se han hecho nunca en la historia de la pintura española, «Duelo a garrotazos» de Goya, en el que dos españoles, hundidos en lodo hasta las cachas no cejan en su triste empeño de arrearse mutua y recíprocamente a ver cuál de los dos acaba menos mal más tarde.

Solemos salir de la sala alucinados, porque junto a ese óleo, está «Saturno devorando a su hijo» (omito tus comentarios), algunos «Caprichos» de Goya, otros cuadros para tener pesadillas y aquel sublime de la cabeza del perro asomando por una colina recortada.

Visto eso, o a Jovellanos apoyando la cabeza en la mano sobre un escritorio, en una actitud que me parece querer decir, «no hay quien pueda», visto esto –te digo– todo parecería querer decir que ese pintor, lo veía todo muy negro; incluso que vivía en un país desolador. Y, desde luego, no le faltaba razón, porque aunque aún no te sobrecojan «La carga de los mamelucos» o «Los fusilamientos del 3 de mayo» porque no es el momento, o porque has visto tanta sangre y violencia en la televisión que qué te va a impresionar un cuadro de estos, aquel hombre y su sociedad vivieron el periodo más triste de la Historia de España, el de la Invasión Francesa y la Guerra posterior. A veces intento explicarte que más cerca de nosotros, de tus abuelos Manuel y Elena, hubo otra terrible guerra, pero no te entra en la cabeza que tan próximo a ti, de tu existencia, haya podido haber guerras entre españoles.

Las “marianas”

Salimos de esas salas y pasamos a las de las «marianas» de Austria. Por razones obvias, te atraen mucho los vestidos, los peinados, los trajes, los paisajes, el cielo, los caballos y los bordados. Tanto los de Velázquez, como los de Tiziano y los de Sofonisba (cuya exposición en Cremona en 1994 fue soberbia, por cierto).

Dos maneras, pues de ver la realidad de la misma sociedad. Una pletórica; otra ya entristecida, anunciada con el «Marte» al pie de la cama de Velázquez, con sus michelines y todo.

Dos mundos distintos. Dos maneras de ver su mundo. Dos maneras de verse a sí mismo, y a su pasado. Lo más increíble es que aún hoy se siga palpando casi todo partido en dos. No es algo único y propio de los españoles, no. Que por ahí fuera se las han gastado bien buenas: algunos nombres de ciudades evocan periodos históricos espeluznantes. Vichy o Nüremberg, por citarte dos tan solo.

Sí: en España se ha aireado con mucha ligereza que una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Algunos, incluso disfrutan reviviendo todos esos fantasmas de los que Goya fue un magistral representante.

Los Reyes Católicos

En buena medida, como es de sobra sabido, todo empezó a finales del siglo XV, o principios del siglo XVI cuando los Reyes Católicos, Fernando e Isabel (sobre todo el primero) se dispusieron a señorear Italia contra los franceses que la invadían. Granada, dobles matrimonios con los hijos del Emperador, unas nuevas tierras descubiertas al otro lado del Océano. Era mucho poder y había que denunciar excesos, triquiñuelas, malas artes políticas.

Y así fueron pasando los años y los reinados, con que tirios y troyanos, con nombres y apellidos, a veces con buena voluntad, pero sin calibrar las consecuencias de sus actos, a veces de mala fe, que se conoce como propaganda política, se enzarzaron en un sinfín de escritos contra los reyes de España, contra sus soldados, contra su sociedad, contra sus paisajes, contra sus rasgos antropológicos, contra todo lo imaginable. Que si era verdad, valía y si no, se inventaba.

Algunos de aquellos escritores eran españoles, hombres de la iglesia, o traidores al rey, como Las Casas (¡cuánto le deben los negros que fueron llevados a Indias!) o Antonio Pérez, que vendió secretos sobre toda la defensa de las costas españolas para poder ir sobreviviendo; hubo extranjeros de gran éxito, como Guillermo de Orange e incluso hubo representaciones espantosas de la presencia de los españoles en Indias, como las de Teodoro de Bry.

La grandeza de los español

La cantidad de burradas que he podido leer y ver en textos e imágenes de los siglos XVI, XVII y XVIII es agotadora. Pero lo más gracioso de todo ello es que los españoles seguimos apesadumbrados, acomplejados, abochornados por «esa» historia. Esas historias, historietas, panfletos en fin que cubren uno de los flancos de la cultura. Lo mismo que hay cuadros, grabados y aun bocetos, hay libros, libelos y opúsculos. Y lo mismo que hay tontos de capirote, hay inteligencias manipuladoras.

Así que lo mismo que había ataques a la presencia española por el universo mundo, había reconocimientos y aplausos. Muchos de ellos, de españoles, pero no perdamos de vista a los extranjeros que se maravillaron ante la inusual grandeza de todo lo español, que no fueron solo absurdas bravuconadas.

También te llamas Laurentina, que por algo será. Pues que sepas que más de medio siglo después de que un tipo increíble y muy raro, Benito Arias Montano, propusiera a Felipe II el orden que habrían de tener los libros en la Real Biblioteca, de San Lorenzo, o Biblioteca Laurentina, un jesuita francés hizo una cuidadísima descripción de El Escorial y su biblioteca: se llamó Claude Clement; publicó su tratado en 1635. Inspirándose en la biblioteca de El Escorial se organizaron otras por todo el mundo católico.

Mala fe, e ignorancia ha habido siempre. En el último cuarto del siglo XVIII, un geógrafo francés, Nicolas Masson de Morvilliers en la Encyclopedie Methodique, que fue la más grande enciclopedia nunca hecha, se preguntó «Mais que doit on à l’Espagne? Et depuis deux siècles, depuis quatre, depuis dix, qu’a-t-elle fait pour l’Europe?» La insidiosa pregunta levantó tal revuelo en España, que aún hoy sigue viva: ¿Qué ha hecho España por Europa?; ¿qué le debemos a España?: ¿de verdad que «nada»?

El pernicioso siglo XIX

Desde entonces han sido centenares de ilustrados, intelectuales, o vocingleros los que han militado, en España o fuera de España, en defensa de la inmensa participación de España en la construcción de Europa, o los que la han denigrado, bien menospreciándola, bien acallando todo (con curiosidad y rareza he de citar al muy loado Zweig, creo que hispanófobo donde los hubiere).

Y esto ha recorrido el tiempo de los siglos, de la manera más absurda y cómica que te puedas imaginar. En ese sentido, el siglo XIX fue pernicioso y demoledor hasta la exasperación. Permíteme que ahora también intente contarte algo, aunque no entiendas nada, de momento: en 1844-1845 se abrieron los archivos en España para que los historiadores pudieran escribir historia con documentos; en 1863 un belga, León Próspero Gachard escribió una importante obra sobre el dramón de don Carlos y su padre Felipe II, obra que documentó en archivos de media Europa, sorprendiendo al mundo por el rigor de su trabajo; pero en 1867 en Viena se estrenó el Don Carlo de Verdi, en el que ni Felipe II, ni casi nada de lo más suyo, aparece bien parado. ¿Qué ha tenido más repercusión en la cultura general, el «Don Carlos» de Verdi, a pesar de los lamentables montajes que se hagan, o la espléndida obra de Gachard, aun con las varias ediciones que ha tenido?

Como ves, la losa que aún hoy pesa sobre la mentalidad colectiva española de la «Leyenda Negra» (ese término lo acuñó en 1914 Julián Juderías, que era un gran sabio, y tituló así un gran libro) es pesadísima. El daño que hicieron algunos escritores de 1898, o sus seguidores, con frases tan grandilocuentes que son de uso común hoy en día («Me duele España» y otras similares), producto de una España perdida y desorientada alrededor de esos años, pero que ni fue la única que existió, ni la única capaz de existir; o la complacencia con hacer chanza y burla de nuestro pasado, todo eso ha sido demoledor.

Un patio siempre agitado

No creo que en otros países haya organismos públicos como Acción Cultural Española o Marca España, intentado reivindicar lo que Europa debe a España, lo que España ha contribuido en su desarrollo…, y sin embargo ahí seguimos. Unos, complacidos con la España Negra, porque así hay qué cambiar; los otros, no porque no tendrían glorias tras las que desfilar.

Por cierto, creo que últimamente se ha vuelto a agitar el patio. Pero como dice el refrán, «cuando el río suena, agua lleva» o lo que es lo mismo, se necesita oír hablar bien de nuestro país; se necesita escribir sobre las miserias, que vende más.

En fin, como en cierta ocasión escribió otro gran sabio de aquella generación del 98 y que fue Premio Nobel de Medicina, que se llamó Ramón y Cajal, en un libro que tituló «Reglas y consejos de la investigación científica. Los tónicos de la voluntad», en su capítulo VIII, defendió la «Justicia y la cortesía en los juicios», o sea, que los científicos no entremos en polémicas de algarabía, sino en debates intelectuales, serios y razonados, llevados más por la verdad que por el ego, o la ideología. ¿Será la envidia? ¡Vaya, no tengo espacio para más!

Los científicos.

En esta España, en estos días.

Espero que tu generación lo haga mejor que estas últimas.

Alfredo ALVAR EZQUERRA