“La piedra oscura”, o la confluencia de varios astros

Recordamos cómo se gestó este gran clásico reciente del teatro que hoy está disponible de forma gratuita en la Teatroteca, la plataforma pública de préstamo por internet dedicada a las artes escénicas

Si Pablo Messiez es hoy uno de los directores escénicos más conocidos, reconocidos y solicitados en España; si Alberto Conejero puede presumir de estar considerado como uno de los dramaturgos más destacados del panorama teatral, con un reciente Premio Nacional de Literatura Dramática en su haber; si Nacho Sánchez pasa por ser uno de los nuevos y más prometedores valores en el campo de la interpretación, los tres se lo deben, en buena medida, a “La piedra oscura”, una coproducción de La Zona y el Centro Dramático Nacional cuyo impredecible, insólito y dilatado éxito, nada más estrenarse el 14 de enero de 2015, catapultó la carrera de estos tres artistas y afianzó más la del otro actor protagonista, Daniel Grao, que entonces era el más popular de todos –o el único medianamente popular de ellos– fuera del marco de la propia profesión y de los círculos teatrales independientes. Pablo Messiez recuerda el encuentro de todos ellos en aquel proyecto: “Fue muy casual y a la vez muy fluido. Alberto (Conejero) y yo no nos conocíamos personalmente. Coincidimos en Buenos Aires y me pasó la obra para que la leyese; lo hizo simplemente como un intercambio de materiales, como hacemos todos para saber en qué andan metidos tus compañeros de profesión y para mostrarles a ellos lo que tú andas haciendo. Al mismo tiempo, él estaba buscando con su representante un director para la obra. Yo le dije que ahí había algo buenísimo, y que debería hacerla, con el director que fuera. Si querían que la dirigiese yo…, pues encantado; y, si no, que la hiciese otro, que también sería fantástico. Le pasamos la obra a La Zona, y enseguida quedaron encantados con ella y con que la dirigiera yo. Alberto dio el ok y se la pasamos luego al CDN, que también se interesó en coproducirla. Así que fue todo, desde el principio, sobre ruedas”. Después llegaría la formación del reparto, minúsculo en tamaño y enorme en talento: “A Dani (Grao) yo ya lo conocía –explica el director–. Me parecía muy apropiado; lo propuse porque querían a alguien que tuviera un poco de cártel y, aunque él aún no era quien es hoy, ya había hecho tele y era más o menos conocido. En cuanto a Nacho Sánchez, lo conocimos en unos talleres, porque a mí no me gusta hacer audiciones; de allí salió gente muy, muy buena con la que luego he seguido trabajando. Entre ellos, Nacho, cuya fotografía, antes de conocerlo, nos impactó ya a todos por sus grandes ojos como almendras”. Y revela entre risas Messiez: “No sabíamos su nombre todavía, así que lo bautizamos como ‘Ojos de terror antiguo’, porque es verdad que, si te fijas, tiene una mirada genial, muy expresiva, muy de cine mudo”. Pocos imaginaban entonces que, tan solo cinco años después, aquel absoluto desconocido estaría a punto de llevarse un Goya, en esta última edición de los premios, por su trabajo en “Diecisiete”.

Simplificando mucho, muchísimo, podría decirse que “La piedra oscura” cuenta los últimos días de un preso republicano, durante la Guerra Civil, que espera en su celda ser ajusticiado, y la relación que mantiene con su carcelero, un falangista, aún adolescente, cuyo credo se va fisurando al entrar en contacto con esa compleja y vasta realidad que él solo conocía, o imaginaba, de forma idealizada. Pero la obra, como recuerda hoy Pablo Messiez, va mucho más allá de esas líneas argumentales: “Es verdad que parte de temas concretos como la memoria histórica o la figura de Lorca, pero creo que, sobre todo, habla del olvido, de la huella que dejamos después de la muerte, e incluso del misterio; en definitiva, habla del sentido de la vida y del miedo a desaparecer del todo. Y esos temas están impresos en el corazón humano al margen cualquier contexto concreto”.

Efectivamente, aquella función sobre la relación de un preso con su carcelero, que estaba inspirada en la vida de Rafael Rodríguez Rapún –un estudiante de Ingeniería de Minas que fue secretario de La Barraca y compañero de Federico García Lorca en los últimos años de sus vidas–, logró trascender lo concreto, es decir, la Guerra Civil y la figura de Lorca, para explorar con hondura y emoción algunos asuntos relacionados con preocupaciones universales de orden ético y existencial. Así lo supo ver la crítica, y… ¡no digamos el público! “Yo intuía que la obra iba a funcionar bien en taquilla –confiesa Messiez–; sabía que iba a emocionar. Creo que tiene que ver, en buena medida, con la química que había en escena entre Nacho y Dani. Ya en la primera lectura que hicimos, terminamos todos llorando. Pero, claro, ni mucho menos esperaba lo que pasó: que conmoviese a tantísima gente tan diferente”. Es cierto que el espacio, la sala pequeña del María Guerrero, no es precisamente grande –tampoco la producción requería que lo fuese–, pero nadie imaginaba tal afluencia de gente intentando infructuosamente conseguir una entrada. “La verdad es que fue una locura –confirma el director–. Empezó a generar tal expectativa que se agotaron las entradas para todas las funciones antes del estreno”. El interés y la demanda obligaron a reponerla a finales de ese mismo año, con una plena ocupación otra vez.

Pero el éxito no cejó ahí: en 2016 se llevó cinco Premios Max, algunos en las categorías consideradas más importantes: Mejor Espectáculo de Teatro, Mejor Dirección, Mejor Autor, Mejor Escenografía y Mejor Iluminación. En septiembre de 2016 se repuso de nuevo en Madrid, esta vez en el Teatro Galileo, donde permaneció hasta febrero del año siguiente. Fue por esas fechas cuando los productores decidieron echar definitivamente el telón. Lo hicieron, según Miguel Cuerdo, director de producción de La Zona, antes de agotar todas las posibilidades del montaje: “La verdad es que no continuó porque la compañía tenía ya otros compromisos y todos tenían ganas de emprender nuevos proyectos; pero hubiese seguido funcionando muy bien durante mucho más tiempo”.

El ‘desquite’ de un éxito

Conocido hasta entonces solo por el espectador más especializado, y por un universo creativo que, a priori, nada tenía que ver con el de Conejero, Messiez pasó a convertirse de pronto en un director de referencia y, de algún modo, también en un director de encargo. “Sí, también tuve que salir de ahí –reconoce riendo-. ‘La piedra oscura’ nos cambió a todos y nos permitió llegar a otros públicos; pero también provocó que algunos quisieran contar conmigo para ‘repetir esa fórmula’. Y, claro, yo decía: ‘¿Qué fórmula?’. Hicimos aquello porque nos apeteció y como nos apeteció. A mí me gusta que cada obra surja de una necesidad nueva, y no me gusta nada, precisamente, repetir lo que ya está hecho”.