Miguel Trillo, el fotógrafo que enseñó a posar a la Movida

El fotógrafo gaditano de la Movida protagoniza una de las dos muestras con las que el Círculo de Bellas Artes participa en la XXIII edición de PhotoEspaña

En las imágenes de Miguel Trillo la juventud de los ochenta sostiene la mirada frente a su objetivo con el desafío de la punta de una navaja y la confusa valentía de quien la porta. Por sus variopintos escenarios transitan mods, punks, amantes del tecno, siniestros, modernos, nuevos románticos, rockeros, teddy boys, heavies o b-boys. Todos posan. Se ponen una máscara gestual, se sustituyen durante unos segundos, mutan y se convierten en otros, pero sin dejar en ningún momento de ser ellos mismos. Roland Barthes definía esta poderosa sensación de la siguiente manera; “cuando me siento observado por el objetivo, todo cambia: me constituyo en el acto de posar, me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen”. Esa conversión precipitada en elemento pasivo tiene un significado importante dentro de la cultura fotográfica que conforma el imaginario visual de la Movida. Siempre interviene el objeto, el sujeto y el propio medio.

Trillo forma parte de las manos y los ojos de un tiempo irreductible. Un periodo de explosión cultural y reivindicación urbana que pese a las posibles derivas institucionales posteriores, se convirtió en una etapa de ruptura cultural esencial en España, necesario y evidente para entender nuestra construcción como sociedad. Las calles se convirtieron en el origen y el final de la Movida Madrileña. Todo empezaba y acababa en ellas. Estaban plagadas de bares a los que se iba a morir y a vivir porque el tiempo apremiaba y la gente no quería quedarse otra vez sin billetes para subirse al tren de la modernidad.

“La Movida no podría haber nacido durante la época dictatorial que vivimos en este país durante cuarenta años. Necesitaba libertad para ser. Por eso la fotografía de los ochenta rompe con el pasado. Estábamos acostumbrados a una España que olía a pueblo y a tradición. Curiosamente nosotros pertenecimos a una generación que no quería salir de Madrid para hacer fotos, sino quedarse para hacerlas dentro. Teníamos una necesidad urgente de contar la noche”, ha comentado el fotógrafo en el Círculo de Bellas Artes durante la presentación de “Miguel Trillo. La primera movida”, una exposición que junto con la extensa y sorprendente “La mirada de las cosas. Fotografía japonesa en torno a Provoke” sobre el lenguaje fotográfico del siglo XX, forma parte de las dos propuestas actuales con las que la entidad cultural quiere instar a la recuperación de las visitas de espacios museísticos.

Es posible que en cualquier otro tipo de circunstancia histórica la afluencia de garitos del calibre de Rock-Ola, la mítica sala de conciertos o la sala El Sol, así como la inauguración de bares al estilo El Penta no hubiera supuesto un trascendente cambio en la vida de los ciudadanos, más allá de la multiplicación de su ocio y la consagración de sus vicios, pero en el caso de la Movida y concretamente en el caso de una ciudad como Madrid, que por entonces arrastraba un carácter eminentemente funcionarial, conservador y estancado insuflaron aire en los pulmones de una juventud desorientada. “De la misma manera que el poeta tiene una necesidad de escribir, yo tenía la necesidad de mirar. De ver qué estaba pasando en todas esas salas. Necesitaba crear con la cámara. A la mayoría nos gustaba un tipo de música que no encajaba nada con la que imperaba en aquel entonces que era más de canción de autor. La Transición venía con una banda sonora trasnochada”, apunta Trillo.

La gente comenzaba a bailar al ritmo de una libertad a la que no estaba acostumbrada y buscaba lugares en los que poder canalizarla y compartirla, exprimiendo las noches, mandando mensajes en forma de grito a un Estado corporativista que todavía no entendía muy bien lo que estaba ocurriendo, inventando proyectos, empapándose de experimentación y generando simbiosis creativas de las que unos y otros se alimentaban. En mitad de ese fecundo y sobredimensionado panorama eclosiona el desarrollo cultural de la fotografía madrileña. La imagen adquiere un carácter distintivo gracias a la aparición de espacios dedicados al arte contemporáneo, principalmente galerías en la primera etapa como Multitud, Amadís, Vijande, Ovidio, Buades o Moriarty y más tarde, por la proliferación de museos y salas institucionales.

Además de esto, existe otro factor que resulta clave en todo el proceso de familiarización con la imagen fotográfica y ese es, sin duda, la difusión de estos elementos visuales por mediación de los soportes impresos. Las revistas autogestionadas, los fanzines, las portadas de discos y cómics, la prensa. Altavoces todos ellos, capaces de catapultar las imágenes que se publicaban a las casas de los lectores, a las manos de los grupos de amigos que se reunían en el Rastro o las conversaciones que establecían los conocidos que se aglutinaban en los interiores de los bares y las salas nocturnas con catálogos, libretos o periódicos debajo del brazo.

Es entonces cuando el artista visual crea un proyecto como Rockocó. Un fanzine cuyo principal beneficio en palabras del propio Trillo era su carácter anónimo: “Fui el primer fotógrafo al que entrevistó Paloma Chamorro. Ella ya me conocía y como había visto parte de mi obra expuesta en la sala Amadís, se mostró muy interesada desde el principio en preguntarme por Rockocó. El programa era en directo y yo le había pedido encarecidamente que no me preguntara por ello. Que mantuviera el secreto de que yo era el creador de aquello. Y me respetó. Disfruté cuatro años de hacer un fanzine anónimamente”, confiesa orgulloso.

En mitad de peinados vertiginosos, hombreras, tacones, chupas de cuero, crestas, parkas, purpurina, botas mastodónticas, maquillajes extremos, rapados, cardados, imperdibles y labios negros, surgen figuras como las de Tino Casal o Alaska, que logran crear tendencia y empiezan a ser imitados por los más valientes. La amalgama de estilos captados por el fotógrafo encuentra la razón de ser de sus protagonistas en el deseo continuo de reconocerse como modernos y europeos por las calles de Madrid. La totalidad de la producción de este retratista por antonomasia de los códigos estéticos de la Movida que ahora expone el Círculo de Bellas Artes, forma parte del Archivo Lafuente y por ella desfilan todos los atuendos anteriormente mencionados. Las imágenes que configuraron en su momento Rockocó, seguidos de Callejones y avenidas y posteriormente Madrid, las calles del ritmo.

Observar las revistas médicas de su padre, descubrir las películas de Buñuel o las pinturas de Dalí, frecuentar el cineclub y asistir cada año a la Semana de Cine de Autor de Benalmádena donde se programaban películas que en aquellos años no se encontraban en otros sitios, eran algunas de las instructivas actividades que configuraron el universo cultural de los ojos de Trillo y que lo llevaron a iniciarse en sus comienzos como fotógrafo por cauces más surrealistas. Tras algunos viajes a Londres, descubrimientos eventuales y su creciente relación con los grupos de la nueva ola, el gaditano regresa a Madrid y se lanza de cabeza a la configuración de los marcos de su carrera profesional, a pesar de que su pasión por la enseñanza y la escritura le siguen acompañando durante toda su vida (se había licenciado en Filología Hispánica). “Algo está ocurriendo aquí. Tenemos cabeza de varios días y estamos a gusto. Retrato a los jóvenes porque ellos son el rostro de la nueva década”, declaró en un texto escrito en 1980. Una nueva década que no existiría visualmente si Miguel Trillo no se hubiese puesto nunca detrás de una cámara.