Lecciones de la pandemia

Zona del patio de butacas del Teatro Real donde se podía respetar la distancia de seguridad durante el comienzo de la pandemia
Zona del patio de butacas del Teatro Real donde se podía respetar la distancia de seguridad durante el comienzo de la pandemiaLa RazónLa Razón

Dice el refrán que “no hay mal que por bien no venga”. Lo usamos mucho, pero una de las veces de uso más increíble fue, según se dice, cuando lo utilizó Franco al recibir la noticia del asesinato de Carrero Blanco. También lo podemos usar aplicándolo a algunas de las cosas que nos ha traído la pandemia. De entrada, no hay toses en los conciertos. El público debía estar antes siempre con gripe y ahora nos afirman los epidemiólogos -por cierto, ¡hay que ver como ha crecido su número!- las mascarillas evitan aquella enfermedad. Muchos siempre hemos pensado que aquellas toses que frecuentemente arruinaban los pianos más etéreos estaban causadas en buena parte por cuestiones mentales, incluso porque algunos se sentían incómodos con la música que estaban escuchando. El caso es que ahora no tose ni el apuntador. Hay quienes lo explican aduciendo que nadie tose porque al que lo hiciese le mirarían todos con mala cara. Es posible.

Pero más curioso, porque en principio no tiene nada que ver con la pandemia, es que también hayan dejado de sonar los móviles. Ya me dirán si antes no podíamos acordarnos de apagar el teléfono. Pues tampoco suena un solo móvil. También hemos aprendido a salir ordenados de las salas de espectáculos, sin pelearnos por ser los primeros. Ya veremos que sucede con toses, teléfonos y aglomeraciones cuando se acabe -¿de verdad se acabará algún día?- el Covid. Y también hemos aprendido, y esto no es nada bueno, a dejarnos engañar y manejar como corderitos. Sin rechistar nos creemos o decimos que sí a todo cuanto nos cuentan.

No, no les voy a hablar del gobierno, aunque bien podría, pero otro tanto sucede en el mundo musical. Nos están dando gato por liebre y no decimos ni pío. Dado que las orquestaciones originales de muchas partituras exigen plantillas de atriles que no caben en los fosos o los escenarios, nos ofrecen reducciones fundamentalmente en la sección de cuerda. A veces se argumenta con seriedad, pero otras no. Si Wagner se toca con ochenta y siete en la orquesta, no puede sonar como idealmente. Conozco algunos directores que me han reconocido sin tapujos que cuando han dirigido en estas circunstancias la orquesta quedaba descompensada a favor de los metales.

Es obvio que resulta muy difícil cambiar programaciones para sustituir partituras monumentales por otras de los periodos cásico o barroco más aptas a las actuales circunstancias pero, al menos, cuando se nos dan “sucedáneos” bien se podrán retocar los precios. Por favor, ¡rebélense y no se comporten como corderos ante tantos engaños que nos rodean! Y, ya para terminar, algo mucho más general. ¿Han pensado cuantos supuestos amigos, con los que alternaban con cierta frecuencia, han desaparecido de sus vidas? Señal de que no eran tan importantes. ¿Seremos capaces de reflexionar sobre todo ello y actuar en consecuencia cuando esta situación concluya? Deberíamos aprender algunas lecciones.