La necesidad de la lentitud

Antonio López, referente pictórico del realismo español, continua su concienzuda tarea amanuense en la madrileña Puerta del Sol

Thumbnail

El sociólogo francés Michel Maffesoli afirmó, en uno de sus ensayos, que, en tiempos de urgencia, ha de aplicarse una estrategia de la lentitud. Quizás, en este periodo de inmediatez, en el que leemos y olvidamos, escribimos sin filtros y se viraliza en pocos segundos la estupidez, la lentitud constituya la única forma de resistencia que nos queda. La velocidad ya la controlan las grandes multinacionales; la lentitud es el arma de los ciudadanos comunes. Y, qué duda cabe, si existe un paradigma de la lentitud como forma de disidencia, éste no es otro que el proporcionado por el artista Antonio López.

Hace 30 años, el pintor de Tomelloso emprendió por primera vez la tarea de pintar la madrileña Puerta del Sol. No lo consiguió. En 2010, volvió de nuevo a intentarlo y, otra vez más, fracasó en su empeño. Ahora, en 2021, parece confirmarse aquel dicho de que “a la tercera va la vencida”, y Antonio López ha decidido cerrar este capítulo de su trayectoria artística de una vez por todas. Salvo algunas tardes que se reserva para el descanso, el gran referente del realismo español contemporáneo se presenta entre las 19,00 y las 21,00 horas en la Puerta del Sol, sitúa su caballete en el mismo lugar y, rodeado por una multitud expectante, retoma su lenta y concienzuda tarea.

Antonio López continua pintando el cuadro que empezó en 2010 rodeado de gente FOTO: David Jar La Razon

Quien conozca a Antonio López sabrá que su modo de ser y de trabajar se encuentran en las antípodas de lo que se podría considerar como un “artista estrella”. Viste desde hace años de la misma forma, habla quedamente, huye de las estridencias, trabaja con una medida del tiempo que no satisfará a quienes se detengan 15, 30 o 45 minutos a ver lo que sale de los pinceles de ese anacrónico personaje. Habrá tardes en las que no sucederá casi nada. Porque -como escribía Rilke de Cezanne- parece como si en cada pincelada arriesgara su vida. Pero lo tremendamente curioso es que esa lentitud, ese método de trabajo en el que las transformaciones parecen regirse por ciclos geológicos y no por la avidez fotográfica de un smartphone, resulta seductor para el gran público.

Lo que los transeúntes admiran del pintor dispuesto delante del caballete es un acto de intimidad. Es probable que “lo íntimo” constituya una experiencia tan en desuso que, por lo vintage, reclame la atención de la masa. De igual manera que los grupos y cantantes vuelven a publicar sus temas en casetes, la sociedad de las redes sociales y del consumo hiperveloz se pasma ante el silencio y la lentitud. Lo encuentran una experiencia extrema, inexplicable. “¿Cómo es posible -se preguntarán- que un tipo se pase dos horas delante de un cuadro para aplicar solamente una docena de pinceladas?”. La figura de Antonio López en la Puerta del Sol es una grieta en nuestro vertiginoso e insano forma de vida. Es posible que muchos de los que arremolinan alrededor de él no comprendan por qué lo hacen. Pero, aún en ese plano preconsciente, se sienten seducidos por el vértigo de la lentitud.