Música

Psicodelia: cuando el rock quiso reventar el sexo y el género

Superada la tendencia «mod», el rock se armó de glamour y quiso difuminar las barreras del género con David Bowie al frente

Imagen de la retrospectiva que el Museu del Diseny le dedicó a David Bowie, icono de la psicodelia
Imagen de la retrospectiva que el Museu del Diseny le dedicó a David Bowie, icono de la psicodelia

Si hay algo innegable en el rock es la importancia del papel que jugaron las indumentarias en su difusión, tan determinante como la propia música y eclosionando con fuerza precisamente en la época del audiovisual. Cuando, en el invierno que separaba el año 1968 de 1969, la moda psicodélica avanzaba por todo el mundo, los historiadores de los movimientos juveniles se centraron en sus connotaciones de revolución político-estética y en las inquietudes, casi filosóficas, de cambio mental que proponía. Los «beatnicks» y el orientalismo mandaban como tendencia epistemológica y parece que quedaba feo ponerse a hablar de trapitos. Por tanto, casi nadie se fijó en algo mucho más evidente que ahora salta a los ojos y que el público practicaba unánimemente por aquellos años. Estamos hablando del clarísimo y exuberante cambio indumentario que se da a partir de 1968 y hasta 1972. O sea, los años del tafetán.

Es un momento curiosísimo, donde la tradición eduardiana y dandi —que se conservaba subterráneamente en Inglaterra desde la época decimonónica— emerge una vez más para ir al encuentro del colorismo caleidoscópico de las exploraciones psicodélicas. Esa tradición eduardiana ya se había reavivado en la primera versión inglesa de los «teddy-boys» americanos, fans del rock en los años cincuenta. Esos «teddy-boys» británicos gustaban de adornar sus levitas con pequeños ribetes de tafetán que ellos consideraban elegantes; ahora bien, poco después de la sacudida británica de 1966, en las boutiques londinenses se pierde además ya totalmente el miedo a proponer bordados, puños con volantes y camisas con chorreras como indumentaria masculina.

Podría decirse que, desde aquel callejón de Carnaby Street del «Swinging London» del 66, la atención se había desplazado hacia Clifford Street en menos de dos años, el lugar donde se abrió una tienda llamada Mr. Fish, regentada por un camisero que había trabajado para Turnbull & Asher. Allí se mezclaron tres generaciones de dandis y se podía ver a un David Bowie o un Mick Jagger alternando tranquilamente (y aprendiendo) de un maestro como Cecil Beaton. Debido a ello, la psicodelia británica tuvo un tono textil y estético mucho más acusado que la americana. De hecho, cuando Jimmy Hendrix llegó a Londres fue cuando empezó a vestirse con las chaquetillas coloniales que luego serían icónicas en su imagen.

Pasarán años antes de que los historiadores se den cuenta de que lo que parecía entonces profundo resultó al cabo lo más superficial de la psicodelia y, en cambio, lo que se orillaba como banal estaba constituyendo el cambio estético más duradero de aquel tiempo. El orientalismo, las inquietudes metafísicas, se resolvieron decepcionantemente en astrología de poster y budismo de lema de taza de desayuno. La indumentaria masculina, en cambio, se transformó para siempre. Hay quién incluso ha hablado del momento fundacional de una nueva masculinidad. Hoy en día, cuando el tema de actualidad, la cuestión palpitante, es el transgénero, no podemos olvidar el impacto que causó Mick Jagger en 1969 cuando apareció al frente de su banda en el multitudinario concierto de Hyde Park con un vestido (precisamente diseñado por Michael Fish, el factótum de Mr. Fish) que consistía en una falda pantalón para hombre. La foto de Jagger impactó tanto que apareció en revistas de todo el mundo porque nunca se había visto antes nada igual. El mensaje estaba claro: el mundo estaba lleno de cosas bonitas y coloristas; no había razón para que un género u otro tuviera vetados algunas de ellas solo en virtud de convenciones culturales sin mucho sentido práctico.

De una manera paradójica, el flanco más débil de la moda psicodélica británica fue que resultó poco funcional. Los bordados, los encajes, los abrigos de terciopelo eran delicados, caros y se estropeaban con facilidad. No eran prendas de trabajo para la crisis del petróleo y el desempleo que se avecinaría pocos años después. El glam y el punk recuperarían las indestructibles chaquetas de cuero y la ropa entendida como vestimenta ágil, práctica y resistente para luchar día a día en la calle. Vale la pena, sin embargo, entonar un homenaje a todos esos dandis britanos de la psicodelia quienes demostraron que vivir en libertad siempre es vestir con libertad.