Historia

La guerra submarina de los alemanes para apoyar a Franco

La “Operación Úrsula”, dirigida por los alemanes y que contó con los sumergibles U-33 y U-34, fracasó en su misión de apoyar a los sublevados y hundir la flota republicana

El submarino C-3 hundido por los nazis durante la "Operación Úrsula"
El submarino C-3 hundido por los nazis durante la "Operación Úrsula"WikipediaWikipedia Commons

Durante la noche del 27 al 28 de noviembre de 1936 los submarinos de la Kriegsmarine U-33 y U-34, en clave “Tritón” y “Poseidón”, mandados por los capitanes Kurt Freiwald y Harald Grosse Grosse, cruzaron sigilosamente el Estrecho de Gibraltar y penetraron en el Mediterráneo en el curso de la “Operación Úrsula”, misión secreta acordada por los Gobiernos de Italia y Alemania para apoyar en la Guerra Civil española a los sublevados que se hallaban en neta inferioridad naval. Con la República había quedado el grueso de la Flota de superficie (un acorazado, tres cruceros y 16 destructores); con los sublevados el anciano acorazado España, los cruceros Cervera y Canarias y Baleares, estos últimos en fase de equipamiento. Y aún era peor la situación de Franco en cuanto a submarinos: los doce existentes en España se habían decantado por la Republica y fracasaron todos sus intentos para que Roma o Berlín les cedieran algún sumergible.

Finalmente, en una operación intermedia, llegaron al mediterráneo los U-33 y U-34 y otros dos italianos, encargados de relevarse en la vigilancia de la costa mediterránea española y causar cuánto daño pudieran a la flota republicana. Primordialmente, los alemanes pretendían que las tripulaciones adquirieran experiencia en un teatro bélico real pues sólo llevaban unos meses navegando y su armamento no había sido probado en combate.

El capitán Kurt Freiwald dirigió el U-33 hacia su zona de patrulla y caza: entre los cabos de La Nao y Palos (en las costas de Valencia y Murcia, respectivamente) que registró escaso tráfico entre 29 de noviembre y 11 de diciembre de 1936: el día 2 localizó un convoy, escoltado por un destructor y renunció a atacarlo; los días 5 y 6 avistó buques de guerra republicanos: un destructor y horas después al Crucero Méndez Núñez acompañado por dos destructores… Freiwald se mostró muy precavido y no atacó. Por su lado, Harald Grosse, con el U-34, se mostró más agresivo en su zona asignada entre Cabo de Palos a Cartagena, sólo 31 km de costa atendiendo al denso tráfico provocado por la gran base naval. Precisamente ante Cartagena atacó el primero de diciembre a un destructor; el torpedo falló, estallando en la costa; el 5, le sucedió lo mismo y el 8 repitió fracaso.

La primera víctima

Ambos sumergibles iniciaron el retorno a la base en el Báltico el 11 de diciembre. A las 14,19 del 12, ante Málaga, el U-34 descubrió un submarino navegando a escasa velocidad y en superficie, una situación muy expuesta por la posición y la hora, pero lo torpedeó porque no quería regresar con las manos vacías. El blanco era el C-3, submarino republicano votado en 1929; toda la tripulación se hallaba dentro de la nave, salvo dos marineros, que vaciaban los restos del rancho y dos oficiales que charlaban en la torreta. El submarino fue alcanzado, se partió por la zona afectada a unos 8 metros de la proa soltando una nube de vapor blanco antes de hundirse arrastrando al fondo a 37 tripulantes Se salvaron sólo los dos marineros que se hallaban en cubierta y uno de los oficiales.

El caso, con Málaga ocupada por los sublevados dos meses después, quedó sin investigar, suponiéndose que el C-3 fue víctima de un accidente. Berlín mantuvo silencio y cuando Franco recibió los primeros submarinos italianos intentó pasar uno de ellos por el C-3, pretendiendo que la “desaparición” se debía a la deserción de la nave. Pero ni eran submarinos similares, ni los supervivientes ni los escasos testigos del ataque guardaron silencio… Con todo, en el marasmo de la guerra, el caso del C-3 se convirtió en un misterio, desvelado cuando el abogado malagueño Antonio Checa, aficionado al submarinismo, detectó el pecio en 1997 y un año después lo examinaron submarinistas de la Armada. A falta de la extracción de los restos y de un análisis minucioso, todo indica que el torpedo utilizado fue un “G7e”, de 1608 kilos de peso, que a unos 56 km/h. impactó en el casco del submarino y lo perforó sin estallar, alcanzando el compartimiento de baterías cuya reacción con el agua salada provocaría la explosión que partió el casco sin el estruendo propio de la carga de guerra de 280 kilos del torpedo, que hubiera lanzado fragmentos del submarino en todas las direcciones y levantado una columna se agua de más de 50 metros.

El balance de la Operación Úrsula fue mediocre: ayudó poco a Franco y no sirvió como experiencia al mando de los U-Boote: fallaron los lanzamientos de torpedos y los responsables del arma submarina no advirtieron el problema o, al menos, no lo subsanaron, de modo que 40 meses después sus armas eran tan inofensivas como “escopetas de feria” en palabras del capitán Gunter Prihen, un as de los U. Boote.

Amarga realidad

El pensamiento de conseguir una victoria en el mar no lo tuvo Hitler hasta que advirtió que Gran Bretaña no negociaría un armisticio en el verano de 1940. Por eso, el almirante Karl Dönitz, jefe del arma submarina alemana, había fracasado al plantear sus necesidades: 300 submarinos para estrangular las comunicaciones navales del Reino Unido; la realidad es que, en 1940, disponía sólo de 115. Y lo mismo le ocurría con sus peticiones de mejoras técnicas. Con todo, se dio la circunstancia de que en la batalla por Noruega, primavera de 1940, a los submarinos alemanes se les brindó la oportunidad de castigar gravemente a la Royal Navy: tuvieron ante ellos a decenas de buques británicos de guerra y transporte y, después de cuarenta ataques, en los que lanzaron 160 torpedos, sólo uno hundió su objetivo. El historiador naval Friedrich Ruge, que fue vicealmirante del Tercer Reich y almirante de la OTAN, llegó a apuntar que el éxito de aquellos torpedos y consiguientes hundimientos hubiera podido ser decisivo, pues el Reino Unido hubiese sido más proclive a un acuerdo en junio de 1940 de haber perdido 40 buques aquella primavera. Dönitz se lamentaba: “No creo que en la historia de la guerra se haya enviado a nadie a combatir con armas tan inútiles” y en otro momento: “¡Intolerable! ¡Absurdo! A todos los efectos los submarinos van desarmados”. La burla de las “escopetas de feria” de Prihen, que había hundido al acorazado Rotal Oak en Scapa Flow, estaba justificado: aquel buque se encontraba amarrado y pudo dispararle a una distancia cómoda, pero tuvo que utilizar ocho torpedos porque falló la mitad; en la campaña de Noruega aún empeoró su experiencia: lanzó ocho torpedos contra “una muralla de buques” ante Anker y no destruyó ninguno.

Las investigaciones determinaron que los torpedos detonaban antes de alcanzar el blanco o que su mecanismo de explosión por proximidad no actuaba a tiempo, por lo que pasaban bajo la quilla del barco atacado o, simplemente, no detonaban y quedaban a la deriva en el mar. En tal caso, el sumergible no sólo fracasaba sino que, en el colmo de su desgracia, denunciaba su presencia y sufriría el contraataque de los escoltas del convoy, como le ocurrió, por ejemplo, al U-39, que descubrió al portaaviones británico Ark Royal contra el que disparó dos torpedos, fallando ambos. Los escoltas del portaaviones le acosaron con sus cargas de profundidad y tuvo que emerger con graves averías, perdiéndose el barco y siendo apresada su tripulación.

TORPEDOS FALLIDOS
Entre 1920 y 1932 Alemania no pudo construir torpedos a causa del desarme impuesto por el Tratado de Versalles. Berlín trató de burlarlo por medio de terceros países y en el caso de los torpedos negoció con varios países y en Suecia cobró vida el torpedo “G7″, primero de una larga serie que fue construida durante la Segunda Guerra mundial. El “G7a” fue adoptado por la Kriegsmarine en 1935 y estuvo en servicio de todo tipo de buques hasta el final de la contienda. Para entonces Hitler, que se hallaba en el poder desde 1933, había comenzado el rearme del Tercer Reich, pero el “G7e”, segundo torpedo de la serie, aún se construyó en Suecia.
Los primeros “G7e” se entregaron a los U-Boote en 1936. Era un proyectil silencioso y que no dejar el surco de burbujas característico de los impulsados por aire comprimido, que delataban tanto su trayectoria como su origen. El “G7e” era indetectable y podía alcanzar blancos a cinco kilómetros a la velocidad de 30 nudos (56 km/h.), pero padecía graves problemas que fueron mal percibidos y mal solucionados: tenía la tendencia de estallar antes de alcanzar el blanco o de navegar a demasiada profundidad, rebasando a los blancos por bajo de la quilla y estallando lejos de ellos o, tercer problema, alcanzar el objetivo y no detonar. Probablemente los torpedos utilizados por los submarinos de la Operación Úrsula pertenecían a esta serie, desastrosa para los intereses de la Kriegsmarine en la campaña de Noruega, en la primavera de 1940.