El Festival de El Escorial, un evento de capa caída

El auditorio, que pudo llevar el nombre de Teresa Berganza, dedica un pobre homenaje a la cantante que no está a la altura

La cantante Teresa Berganza, hija adoptiva de El Escorial, no tendrá el homenaje que se merece este año
La cantante Teresa Berganza, hija adoptiva de El Escorial, no tendrá el homenaje que se merece este año FOTO: AYUNTAMIENTO DE SANTANDER AYUNTAMIENTO DE SANTANDER

Este es uno de los artículos que más dolor me produce escribir. Siempre duele contar que un hijo se está muriendo y muchos
Alberto Ruiz Gallardón, Esperanza Aguirre y José Luis Fernández Quejo, entre otros– bien lo saben. Nieto e hijo de escurialenses, siempre he deseado que el pueblo se convirtiese en una especie de Glyndebourne y mi amistad con el Presidente de la Comunidad me brindó la ocasión para intentar convertir el sueño en realidad. Fui yo quien localizó el solar donde hoy se ubica y, con un equipo de las consejerías de vivienda y hacienda, negociamos su compra y finalmente una expropiación acordada junto con el palacete de Las Torres, que se emplearía como alojamiento para artistas y para otras actividades. El Teatro/Auditorio de San Lorenzo de El Escorial nació con la idea de que sirviese como ejemplo de una de las formas en las que la CAM podría cooperar con las empresas privadas compensando sus esfuerzos fiscales en la Comunidad con la potenciación de su imagen. El proyecto partía de la fusión de Repsol con YPF Argentina, cuya tributación fiscal se produjo en esta Comunidad. Repsol iba a estar ligada al proyecto tanto en su fase de construcción como en la explotación. Alfonso Cortina deseaba como arquitecto a Norman Foster, pero nos pareció excesivo y se eligió a una pareja de jóvenes pero eficaces arquitectos españoles, bien secundados por expertos como José Luis Tamayo y Vicente Mestre.

Durante años intenté que se ofreciese un «Don Carlo» verdiano en el Monasterio y su entorno, mientras en el barroco Teatro Carlos III se programase el de Schiller. Estaba sentado en una hornacina del Jardín de los Frailes cuando el padre Fermín, prior de los agustinos entonces, posó una mano en mi pierna y me dijo: «Desengáñate, Gonzalo, aquí no se hará “Don Carlo” mientras yo viva». Le contesté: «Entonces será sólo cuestión de esperar que llegue ese día». Aún no se ha representado la ópera íntegra en el entorno del Monasterio pero, al menos, pudimos inaugurar el Auditorio/Teatro en julio de 2006 con fragmentos de ella con solistas, la Orquesta del Maggio Musicale y Riccardo Muti. En 2015, se vio la obra completa en el Auditorio con puesta en escena de Albert Boadella. Por causas largas de explicar, la fundación que, comandada por Repsol, había de constituirse no llegó a nacer. Durante los primeros años se hizo cargo de programación y gestión la Comunidad de Madrid, para luego cederse a varias empresas sucesivas. Durante esos años se ofrecieron conciertos y óperas a nivel internacional, con artistas, orquestas y directores de primer nivel.

Jorge Cuya fue un valedor del proyecto, uniéndolo al de los Teatros del Canal. Sabíamos que si se dejaba decaer, sería difícil volverlo a levantar. Se mantuvo, pero nunca se llegó a plasmar el proyecto que redacté para la CAM, mucho más ambicioso en todos los sentidos, al incorporar todos los elementos con los que cuenta San Lorenzo: el Monasterio con sus patios de los Reyes y Cocheras, el Jardín de los frailes, el Teatro Carlos III, las dos casas del Príncipe y del Infante y los institucionales como Patrimonio Nacional, el Ayuntamiento y la Complutense con sus cursos de verano. Además se iba a intentar que el Auditorio fuese la sede de la JONDE, actualmente Cuenca.

Una barbaridad

Esperanza Aguirre no apostó por el pueblo, como tampoco por los Teatros del Canal. Un día, en la Fiesta de la Comunidad, se le ocurrió anunciar que el Auditorio llevaría el nombre de «Alberto Ruiz Gallardón». Era una barbaridad. Me costó que ambos desechasen la idea y, si se consiguió, fue porque a Ignacio González también le pareció un desatino. Con Cifuentes y Garrido se pronunció la cuesta abajo y con Ayuso se ha llegado al final del pozo. En una de mis conversaciones semanales con Teresa Berganza, vecina e hija adoptiva de la localidad, me contó que le habían ofrecido poner su nombre al Auditorio. «¿Quieres ver cómo poco a poco se van cayendo las letras de tu nombre?». Se echó a reír: «No quiero ni contestarles», me afirmó. Así veíamos la decadencia del Teatro.

El día 6 empezará el festival más pobre en estos 16 años. Lo hará con un homenaje a la mezzosoprano sin el nivel que le correspondería, con piano y no orquesta, con solistas dignos pero lejos de su talla. Un homenaje se prepara con tiempo y se fija cuando se tienen las figuras. Esto no es lo que Teresa se merece. Me afirman que ni se pensaba en un festival este año y que todo ha sido improvisado. La penosa programación lo confirma. Tampoco nos ha de extrañar, ya que la Consejería de Cultura lleva meses sin sacar el pliego de condiciones para su funcionamiento.

Vuelvo al proyecto inicial: actividad todo el año como sede de una orquesta y festivales en Navidad, Semana Santa y verano. «Don Carlo» sería el emblema años tras año y muchos grandes artistas que actuaron en el Auditorio mostraron su interés. Muti, Gardiner y como Giancarlo del Monaco, Ruggero Raimondi o Jonas Kaufmann.

Habría podido ser un reclamo internacional más potente que Glyndebourne, más cerca de Madrid que éste de Londres y con más posibilidades escénicas. Aún habrá que esperar, pero la esperanza es lo último que se pierde y, quizá, la solución esté en el Teatro Real, si retoma la idea que acarició en un tiempo. O quizá ayude la fundación con más de 20 millones de euros que, bajo ciertas condiciones, piensa crear un vecino de San Lorenzo con el objetivo de potenciar su vida cultural.