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Contracultura
La debacle cultural de la izquierda
Desde los años sesenta, el progresismo trajo un aluvión de nuevas ideas, pero hoy se limita a insultar a las masas que antes trataba de seducir

Este verano se ha estrenado en cines españoles «La gran ambición», película que narra la vida de Enrico Berlinguer, el líder comunista italiano que casi logra llegar a presidente del país en 1976. Fue una figura cercana, carismática y confiable, capaz de convencer con nuevos conceptos –’’eurocomunismo’’, ’’compromiso histórico’’–, dialogar con los líderes de derecha cuando convenía al país y hasta de marcar distancias con la URSS por considerarlo un proyecto autoritario. Cuando Berlinguer murió en 1992, miles de trabajadores italianos abandonaron sus puestos en señal de respeto y a su funeral en Roma acudieron más de un millón de personas (incluido el neofascista Giorgio Almirante). Cualquier espectador que salga de ver «La gran ambición» se preguntará por qué la izquierda no tiene ya figuras de este calibre, ni conecta con la plebe, ni aporta soluciones al debate público.
En 2021, cuando Pablo Iglesias decidió dejar la política por su decreciente éxito electoral, le entrevistaron en el «Corriere della Sera» y se atrevió a ponerse por encima de Berlinguer porque él había sido el «único vicepresidente comunista en un gobierno de la OTAN». La verdad es que no pueden ser figuras más distintas. Uno odiaba la televisión porque le obligaba a simplificar el mensaje, otro se hizo famoso gracias a los zascas en platós. Uno odiaba el terrorismo de las Brigadas Rojas porque limitaba el crecimiento de su movimiento político, otro es amigo de Arnaldo Otegui y posa en Instagram con los dedos formando una pistola, jugando a ser un comando de las Baader Meinhof y frivolizando con la lucha armada. Uno era adorado por las bases obreras y otro ha conseguido que le detesten, basta bajar a cualquier bar de polígono y preguntar por el exlíder de Podemos.
Desde el marxismo hasta la contracultura, pasando por los libros de Mao Tse-Tung, la izquierda siempre fue un fértil vivero de ideas. Del comunismo se pueden decir muchas cosas negativas, pero hay algo que sus enemigos no le pueden negar: la capacidad para convencer a las masas de que leer era importante. Cualquier militante de la hoz y el martillo estaba obligado a tener una biblioteca y eso hizo posible milagros como que «Asesinato en el Comité Central» (1982), de Manuel Vázquez Montalbán, se convirtiera en un fenómeno de ventas a pesar de ambientarse en los conflictos de la cúpula del Partido Comunista Español. Hoy vivimos la situación contraria: ya no da prestigio pasear con un libro de Sartre, ni se cita a la Escuela de Frankfurt en las reseñas de cine, ni se organizan debates para contrastar ideas progresistas radicales, como ocurrió en 1971 con el encuentro entre Chomsky y Foucault, emitido por la televisión holandesa.
"No hay apenas grandes ensayos políticos de izquierda en nuestro país en estos últimos años"
Una de las actividades de la izquierda actual consiste en insultar a las clases bajas. Hillary Clinton declaró en plena campaña presidencial de 2016 que «la mitad de los votantes de Trump pertenecen a la cesta de los deplorables», un comentario que contribuyó a su derrota electoral. La izquierda española ondea el término «fachapobres» para denigrar a los barrios obreros que están cambiando el voto hacia Vox. También cuelgan etiquetas como «señoro», «machirulo» y «juanantonio» a los hombres que no se apuntan a la deconstrucción feminista. Antes buscaban convencer, ahora estigmatizar, tanto que hace años que han desgastado el adjetivo «fascista».
¿Qué intelectual les queda como referente? Chomsky está en la recta final de su vida, Slavoj Zizek cada vez suena más crítico con la izquierda y Thomas Piketty aporta minuciosas estadísticas sobre desigualdad, pero pocas soluciones. España es un erial, hasta el punto de que miles de lectores de izquierda tienen como referencia las columnas antisistema del tradicionalista Juan Manuel de Prada, que considera que PSOE, Podemos y Sumar pueden definirse como «izquierda caniche», ya que ladran mucho en las tertulias y redes sociales pero le gusta ser mimados y mantenidos por los dueños de la plutocracia global. No hay apenas grandes ensayos políticos en los últimos años en nuestro país, mandan las memorias personales con fuerte sabor a ajuste de cuentas como las de Irene Montero, Errejón e Iglesias.
¿Dónde debate la izquierda actual? El campo sociocultural de Podemos es un moridero de proyectos: duraron un suspiro cabeceras mediocres como La Circular, La Trivial y La Última Hora, todas con más firmas pendientes de la autopromoción que de los debates a pie de calle. Lo mismo cabe decir de los laboratorios de ideas de ambos partidos, cuya repercusión ha sido inexistente, de hecho el Instituto de Estudios Cuturales y Cambio Social (IECCS) de Más País ya ni existe. ¿Cómo es posible que el partido con más profesores de España no cuente con su foro? A la izquierda del PSOE solo les quedan los podcasts de «La Base», plataforma de promoción y mamporrerismo del clan Iglesias/Montero, que ya solo escuchan los fieles.
Javier Gallego, columnista militante del campo podemita y director del podcast «Carne cruda» lo explica: «Se ha construido la izquierda en torno a los liderazgos y no a las bases, en torno a los partidos y no a los movimientos, en torno a las redes y no a la calle, en torno al centro y no a los territorios. La izquierda se desintegra porque ha desintegrado los cimientos que la sostenían». Se trata de un problema de narcisismo urbanita académico difícilmente soluble.
La generación de izquierda que va por la cuarentena y la cincuentena soñó con ser radical adoptando el zapatismo, la revolución chavista, las protestas antiglobalización contra el Banco Mundial, revueltas como el 15-M y la militancia propalestina. Al final, ha terminado sirviendo a los caprichos y necesidades electorales de Ferraz. Pasaron de ser heraldos del fin del neoliberalismo a fuerzas de choque al servicio del PSOE, el partido que más habían odiado por corrupto y afín al sistema. Uno de los columnistas que mejor ha explicado este naufragio es Ramón González Ferriz, sobre todo en su texto «El fracaso de una generación de izquierda»: «Redactores de elDiario.es se preguntaban en privado por qué demonios su periódico, nacido para transgredir, se había vuelto tan sumiso al PSOE. Fundadores de Podemos se asombraban de que el proyecto político en el que se habían dejado años de vida se hubiera convertido en una empresa familiar. Numerosos asesores de los ministerios o hasta de la Moncloa, profundamente antinacionalistas, asumieron estupefactos la amnistía». La izquierda española ha dejado de debatir porque ha aprendido que lo único que cuenta es el poder.
Para comprender la degradación del progresismo hay que poner contexto histórico. En la segunda mitad del siglo XX, un trabajador alemán podía desarrollar su vida cotidiana sin salir de la órbita de su sindicato: allí encontraba escuelas, economatos, locales sociales, piscinas… hoy, estas asociaciones de trabajadores no son capaces de ofrecer espacios de encuentro ni de organizar una huelga contra un gobierno del PSOE. La juventud ha desconectado de su servilismo institucional y buscan espacios comunes más abiertos.
En una entrevista, Zizek señalaba que Trump supera en capacidad de transformación a cualquier progresismo: «Aunque tengo desacuerdos con Yanis Varoufakis, coincido con él en que la izquierda estaba soñando con la decadencia del neoliberalismo y llegó Trump y fue más allá. Trump es el que ha abolido el neoliberalismo. La era que Nixon abrió en 1971 se acabó. Lo que la izquierda tiene que hacer es olvidarse de esta vieja y naíf idea de que Trump es un error, que debemos volver al Estado de bienestar pretrumpiano, prepopulista, no. El modo en que este funcionó nos condujo al neoliberalismo. (…). La izquierda deberá inventar algo nuevo o será su final», profetiza.
El socialismo corre peligro de desaparecer por falta de apoyo popular. En países como Francia, Alemania o Inglaterra, los dos partidos con mayor intención de voto no se pueden considerar de izquierda. Nos dirigimos hacia o bipartidismo que enfrentará a la derecha globalista con la derecha socialpatriota. Vuelve el orgullo nacional, se reabre el debate del aborto y las religiones cada vez tienen más peso, lejos de la sociedad atea que soñaban el socialismo y el comunismo. Los líderes progresistas saben que están en un callejón sin salida, por eso les agobia más que les estimula dedicarse al pensamiento político, filosófico y sociológico, que antes consideraban central en su actividad.
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