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Historia

El olvidado héroe español de Gettysburg

Doscientas cartas resumen la fascinante historia del capitán Carlos Álvarez de la Mesa y su esposa Fannie durante la guerra civil americana

El olvidado héroe español de Gettysburg
El olvidado héroe español de GettysburgBiblioteca Pública de Nueva York

Los confederados habían asaltado los cañones del 5º Regimiento de Artillería de la Unión cerca de la granja de Abraham Trostle, a las afueras de Gettysburg. El suelo estaba lleno de muertos de ese y el día anterior. Los sureños avanzaban sin contar las bajas con su famoso grito para acongojar al enemigo. Hacía mucho calor ese 2 de julio de 1863. Los soldados del presidente Abraham Lincoln acababan de perder unos cañones esenciales para retrasar la embestida rebelde. El olor a muerte se mezclaba con el de la pólvora y el humo blanco de las armas y los cañones. Fue entonces cuando el capitán español Carlos Álvarez de la Mesa se lanzó con la Compañía C del 39º de Nueva York, apodada como la Guardia Garibaldi, en un contraataque para recuperarlos. Enarboló el sable y cargaron a bayoneta calada.

Sus hombres, la mayoría migrantes europeos recién llegados a Nueva York, le siguieron con tanta dedicación, a pesar de la matanza alrededor, que según describen varias fuentes cuando Carlos recibió un proyectil que casi le arrancó el pie, cayó sobre una valla y fue pisoteado por sus soldados presa del frenesí del avance, a pecho descubierto, contra las bocas de los cañones y fusiles confederados. «Quién sabe si esta será la última carta que reciba de ti y que tú recibas de mí. Sin embargo, Dios es grande y creo que será bondadoso y nos permitirá compartir nuevos abrazos y besos. Te quiero mucho y siempre pienso en ti y te dedicaré mi último aliento», le había escrito a su esposa el 3 de septiembre de 1862.

El 39º recuperó los cañones. Y Carlos sobrevivió. Su acción puede parecer pequeña, pero cada acierto y error durante la batalla de Gettysburg, la confrontación que decidió la guerra civil estadounidense, aunque tardó dos años más en terminar, fue una pieza clave en el desenlace de los acontecimientos que concluyeron con la derrota del general confederado, Robert E. Lee. Cada muerto, cada vivo, cada cañón, bala y bayoneta contaron esos tres días de julio en los que 150.000 soldados se enfrentaron en las calles, casas, campos y colinas de rocas escarpadas, de esa población al sur de Pensilvania, hoy cuna del turismo estadounidense. Unos 5.000 murieron, 20.000 resultaron heridos y sobre 10.000, desaparecidos o capturados.

Soldados de la Unión muertos en el campo de batalla de Gettysburg, fotografiados el 5 de julio de 1863
Soldados de la Unión muertos en el campo de batalla de Gettysburg, fotografiados el 5 de julio de 1863Biblioteca del Congreso de Estados Unidos

Lee se retiró el 4 julio, día de la Independencia americana, declarada menos de cien años antes. Parecía un augurio, aunque se celebrase con los campos regados de sangre. Fue una matanza al estilo napoleónico. Poco después llegó el presidente Abraham Lincoln y realizó su famoso Discurso de Gettysburg. Carlos no lo pudo celebrar. Estaba en un hospital de campaña sufriendo por su herida y siendo testigo del horror de la medicina de la época. Fuera de los puestos de socorro había montañas de miembros amputados. Las lesiones sufridas terminaron con su carrera como combatiente, pero continuó su servicio hasta el final de la guerra como ayudante en el 11º Cuerpo de Veteranos en la Reserva. «No he oído hablar de él, pero sí conozco a los Garibaldi», explica David F., de 64 años, oriundo de New Hampshire, cuando le pregunto sobre la hazaña del español. Está haciendo «una ruta por los campos de batalla de Pensilvania», explica este profesor de historia retirado, dentro del establecimiento llamado Union Drummer Boy, uno de los más famosos de Gettysburg porque vende objetos originales de la guerra civil valorados en cientos de miles de dólares. Destaca la colección de uniformes, armas, objetos personales y documentos de la época. «Eran como la legión extranjera de Lincoln», añade.

El 39º Regimiento fue organizado para reclutar inmigrantes de Alemania, Italia, Hungría, Francia, Suecia, España y otras partes de Europa. Muchos, recién llegados a América. «Porque soy europeo, me alegra formar parte de un regimiento que lleva el nombre de Garibaldi, el héroe de la libertad en Italia», escribió Carlos en 1861. En el lugar donde luchó no hay ninguna mención a él o la unidad. Donde estaba la granja Trostle ahora habitan varias familias en casas de madera, como recuerda un cartel en el porche de una para que los turistas no molesten. Los dos únicos indicativos de la batalla son un pequeño monumento de piedra, una placa de bronce con el nombre del lugar y un par de cañones solitarios que el tiempo ha transformado en verdes. Nada sobre los Garibaldi.

Nunca perdió su identidad ni su lengua. Sus cartas reflejan los pesares de los combates

Aunque subestimados, su papel también fue crucial el 3 día, como recuerda el monumento que el 39º Regimiento tiene en Cemetery Hill, el punto clave de la defensa del Ejército de la Unión. Está cerca de la estatua del general George Gordon Meade, el comandante unionista. El hombre que derrotó a Lee. Curiosamente, Meade nació en Cádiz y vivió allí hasta los 13 años. Su padre era un comerciante y agente estadounidense en España afincado en la capital gaditana que apoyó la resistencia española contra Napoleón. Pasearse por esa parte de la batalla es pisar el lugar donde la historia de Estados Unidos pudo dar un giro copernicano: la secesión. Allí se produjo la famosa, sangrienta y desastrosa carga del general Pickett, después de la cual Lee perdió la batalla.

Los turistas y curiosos pululan por el lugar con sus teléfonos, cámaras y audioguías. Admiran los cañones y trincheras donde tantos murieron, entre las docenas de monumentos a los generales y unidades. «La gente quiere pisar el lugar de los hechos. Sentir el calor y caminar por donde lo hicieron los combatientes. Se respira mucho respeto, este es un promontorio de honor», comenta uno de los guardias del parque nacional con su característico gorro y uniforme verde y caqui. Los que hemos presenciado guerras sabemos que, en ellas, el honor brilla por su ausencia.

Carlos y Fannie

Poco se sabe de la vida de Carlos antes de llegar a Estados Unidos. Nació en Madrid hacia 1828. Migró a Estados Unidos en 1861 tras dejar atrás a una familia numerosa, con la que mantuvo el contacto. Se afincó en diversos lugares del estado de Nueva York. Ese mismo año se alistó en Albany. Poco antes de partir al frente como teniente, en 1862 fue ascendido a capitán, se casó con Frances Coe Taft, hija de una de las familias más viejas de Nueva Inglaterra. Cariñosamente, la apodaba Fannie. Su relación epistolar es de gran interés histórico. Las cartas, en gran parte olvidadas, reposan hoy en el museo Militar de Nueva York, en Saratoga Springs, gracias a una donación privada. La colección consta de unas doscientas misivas de él y algunas de Fannie escritas en castellano.

Hablan de su fe religiosa, de la relación interrumpida por la guerra, de su experiencia como extranjero, o de cuánto echa de menos España. «Añoro oírte hablar en tu español perfecto», le escribe a Fannie. A pesar de haber emigrado, Carlos nunca perdió su identidad. También habla sobre sus pesares en combate, el miedo a morir y sus esperanzas. Sobre todo, el deseo de lograr una buena posición económica y alcanzar un estatus respetable para asentar a su familia. El español también su alistó en el Ejército para ascender socialmente.

La correspondencia contiene sus experiencias combatiendo en Virginia, Pensilvania y en las cercanías de Washington D.C., donde Fannie se había establecido. Fue una mujer extraordinaria que, en vez de quedarse en casa y sufrir, visitaba a su esposo con frecuencia y colaboraba en el esfuerzo bélico. Antes de la confrontación en Gettysburg, el español destacó en la lucha con su regimiento en la Primera Batalla de Bull Run, en 1861. Pero fue en Gettysburg donde, el 2 de julio de 1863, alcanzó la cúspide de su vida, ahora sepultada por el tiempo.

Una muerte misteriosa

Después de la guerra, Fannie se mudó con los tres hijos de la pareja a Grafton, Massachusetts, mientras él trabajaba en el hospital militar de Albany, Nueva York. Algo sucedió que no está en esas cartas y que nunca sabremos, a menos de que su vida se investigue con el tiempo y los recursos suficientes. Sin embargo, hay algunos indicios sobre lo que pudo pasar porque Carlos falleció el 4 de julio de 1872, día del aniversario de la victoria en Gettysburg, en Washington D. C. mientras estaba internado en un manicomio debido a enfermedades cerebrales causadas por una enfermedad venérea contraída durante la guerra, según consta en su acta médica. Esa descripción hace pensar en la sífilis. ¿Fue eso lo que los separó? ¿O existió en realidad otro motivo?

La violencia extrema de las batallas también podría haberle causado daños cerebrales y estrés postraumático, todavía desconocido entonces y tratado simplemente como una enfermedad mental. Está enterrado en la actualidad en el Cementerio Nacional de Arlington junto a su hijo, que se alistó como médico estadounidense en la Guerra de Cuba. Nuca sabremos si fue por vocación o porque no quería combatir contra la memoria de su padre, cuyo recuerdo por su país de origen siempre fue una constante. Carlos, como los demás españoles que combatieron en el campo de batalla de Gettysburg, o en muchas otras guerras fuera o en casa, es un ejemplo de cómo, en nuestro país, gran parte de nuestra historia sigue sepultada y olvidada por pura dejadez. Conmemorar un campo de batalla y los que lucharon en él es también una forma de evitar que la locura se repita.