Cultura

Dachau, el primer infierno de Hitler

En marzo de 1933 entraba en funcionamiento el primer campo de concentración creado por los nazis, que serviría de modelo para los que durante la Segunda Guerra Mundial acabaron con miles de vidas

Imagen de la puerta del campo de concentración de Dachau con la inscripción «Arbeit macht frei» ("El trabajo os hace libres").
Imagen de la puerta del campo de concentración de Dachau con la inscripción «Arbeit macht frei» ("El trabajo os hace libres").

Entre las 32 barracas y los crematorios, reinaba el sufrimiento. De los horrores que la historia ha registrado, el del Holocausto es uno de los mayores. Quizá de los más chocantes para nuestra sociedad, consecuencia de la magnitud de sus crímenes. Y ello se demuestra con los innumerables testigos o estudios sobre la persecución que realizaron los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. El miedo se respiraba en las calles, en las casas, así como el máximo infierno se padeció en los campos de concentración. No a pocos les entran escalofríos al leer o escuchar “Arbeit macht frei” (”El trabajo te hará libre”), la frase que daba la “bienvenida” en estos crueles espacios, y que por primera vez se forjó en la puerta de Dachau.

En marzo de 1933, poco tiempo después de que Adolf Hitler fuera nombrado canciller alemán, se abre en Dachau el primer campo de concentración creado por los nazis. Heinrich Himmler lo describió como “el primer campo para prisioneros políticos”, pero se quedó corto, pues la práctica respondió a mucho más que eso. Durante el primer año, se registraron 4.800 prisioneros, cifra que se elevó a 13.260 en 1937. En un principio, eran comunistas alemanes, socialdemócratas y otros opositores al régimen de Hitler, a quien no le valía otra opinión que no fuese la impuesta. Con el tiempo, llegaron testigos de Jehová, gitanos, homosexuales, criminales y judíos. Al menos 160.000 personas pasaron por el campo principal, 90.000 a través de otros centros que dependían del mismo, y finalmente, según los registros oficiales -incompletos-, murieron 31.951 reclusos. Fallecieron por enfermedades o asesinados, y hay investigadores que alzan este escalofriante número hasta 40.000 vidas. Y cabe tener en cuenta que no fue un campo destinado únicamente al exterminio, como Auschwitz, sino a la investigación y al trabajo forzado.

El jefe de las SS, Heinrich Himmler, instaló su Instituto Entomológico en el campo de Dachau, donde se inoculaba la malaria a prisioneros
El jefe de las SS, Heinrich Himmler, instaló su Instituto Entomológico en el campo de Dachau, donde se inoculaba la malaria a prisioneros

Esas personas, familias, que se consideraban “indeseables”, “dignas para morir”, por parte de los nazis, sufrieron, por tanto, el primer infierno de Hitler, al que más tarde le seguirían e imitarían, bajo el conocido como “Modelo de Dachau”, más campos de concentración y trabajo. Se dividió en dos secciones: el área del campo, con los barracones, y el de los crematorios. Y en esos espacios, rodeados de una valla electrificada, se distribuían las cámaras de gas, los trabajos forzados, las ejecuciones o los experimentos médicos. Estos últimos, quizá de las prácticas más crueles que se sufrieron entonces: cientos de personas murieron o quedaron dañados por estos estudios, que abarcaban investigaciones de efectos de la presión atmosférica, la hipotermia, la tuberculosis o la malaria.

Las marchas de la muerte

“Sabíamos que, tarde o temprano, nos esperaba la cámara de gas. Cuando me llegó el turno y anunciaron mi nombre, un sacerdote muy enfermo en la litera de al lado me dio su ración de pan, la comida de todo el día. Antes de llegar a las duchas llegó una contraorden para trasladarme y la ejecución se canceló como por un milagro. El sacerdote murió aquella misma noche”, recordaba años después Hermann Schipers, superviviente de Dachau.

El campo de Dachau se ubicaba -y hoy permanece como centro de visita y conocimiento de la historia- a unos 16 kilómetros al noroeste de Munich. Y no fue liberado hasta que las fuerzas aliadas dieron con la ubicación y condiciones de este infierno. Pero los nazis intentaron que fuesen liberados los menos prisioneros posibles. Evacuaron a gran cantidad trasladándolos a otras ubicaciones, en las llamadas “marchas de la muerte”: los alemanes fusilaban a quien, por falta de alimento o debilidad física, no podía continuar, así como otros morían de frío, hambre o cansancio. El 29 de abril de 1945 los americanos liberaron Dachau, y lo que encontraron fue inolvidable: más de 67.000 presos se hacinaban en los barracones, con miradas perdidas y ninguna fuerza para asimilar que el horror había terminado.