Lucha comunista

Lenin-Stalin: una rivalidad que no terminó ni con la muerte

Un año antes de su muerte en 1924, el líder de la Revolución de Octubre dejaba por escrito las opiniones sobre sus compañeros. Ni Stalin se libró: se aconsejaba su sustitución por otro "menos caprichoso"

En el texto dictado en enero de 1923 Lenin (marco de la izquierda) calificaba a Stalin de "brusco"
En el texto dictado en enero de 1923 Lenin (marco de la izquierda) calificaba a Stalin de "brusco"Alexander ZemlianichenkoAP

Lenin estaba enfermo. El dictador bolchevique conocía su gravedad degenerativa desde 1917, y no dijo nada. Sufrió un primer ataque cerebral en mayo de 1922. El doctor Kramer diagnosticó un problema en los vasos sanguíneos que regaban su cerebro. Esa carencia le provocaba dolores de cabeza, angustia y depresión. El Kremlin veía desaparecer al Padre de la Rusia comunista y no reparó en gastos para contratar psiquiatras y neurólogos. Merece la pena recordar aquí que, mientras, el pueblo ruso, sobre todo los campesinos, que eran el 90%, moría de hambre.

La enfermedad se agravó. Perdió el habla y la movilidad en la mitad de su cuerpo. Pero esto no cambió su comportamiento ni sus decisiones. Siguió careciendo de empatía, despreciando los derechos humanos, y no dudaba un segundo en la eliminación de cualquiera. De hecho, acabó con los 200 intelectuales más relevantes de la oposición, descabezó al partido social-revolucionario ruso, que había ganado las elecciones de 1917 a las constituyentes, y desvalijó a la Iglesia ortodoxa para financiar su dictadura. Ese año 1922 Lenin escribió a Stalin: «Vamos a limpiar Rusia de una vez por todas». De hecho, ya fue el propio Lenin quien ordenó el exterminio de unos 400.000 cosacos y de la élite ucraniana. En octubre de 1922, Lenin volvió a la vida pública. La política no la abandonó nunca. Sin embargo, no estaba bien y la gente lo notaba. Se le iba la cabeza. Al final, su cuerpo no dio para más, aunque no perdió del todo la lucidez.

Su vida se apagaba, por lo que decidió dictar una carta al XIII Congreso del PCUS, que luego fue llamada el «Testamento político de Lenin». Aquel texto es uno de los documentos más discutidos y polémicos de la historia del bolchevismo. Lenin lo entregó en marzo de 1923, hace cien años, con la condición de que fuera secreto. Fue conocido por la cúpula dirigente, y no se hizo público hasta 1956.

¿Qué decía el testamento de Lenin? El texto está compuesto por una serie de notas desordenadas que parecen el resultado de las ocurrencias de una persona enferma. Primero aconsejó aumentar el número del Comité Central para satisfacer egos y ambiciones. Lenin veía el partido dividido en dos tendencias, quería evitar la escisión, y señalaba a Stalin y Trotsky. Fue aquí, en las opiniones de Lenin sobre estos dos comunistas, donde se inició la controversia que provocó que el testamento fuera un papel casi secreto hasta décadas después.

Stalin, decía Lenin, había «concentrado en sus manos un poder inmenso» y no estaba seguro de que supiera «utilizarlo con la suficiente prudencia». En otras palabras, dictadas el día 4 de enero de 1923, Lenin atacó a Stalin: era «demasiado brusco», y este «defecto», que era útil para muchas cosas, resultaba inapropiado para el cargo de secretario general del Partido. Era por esto que aconsejaba que fuera sustituido por alguien más tolerante y «menos caprichoso» que evitara la ruptura entre estalinistas y trotskistas. Pero Lenin estimaba que Stalin era más útil para la dictadura que Trotsky. Era el hombre adecuado para someter a las nacionalidades e inculcar el nacionalismo ruso en el Imperio. Para esto, dictó Lenin, había que implantar el «idioma nacional», el ruso, obviamente, en todas las repúblicas de la URSS a sangre y fuego. Stalin podía hacer esto gracias al poder que había acumulado. Era «brusco», pero esa brusquedad fue eficaz para el régimen totalitario.

Tampoco tenía Lenin buena opinión de Trotsky, en quien veía una «gran capacidad», pero le resultaba un tipo «demasiado ensoberbecido». Era, según decía, un hombre de grandes ideas administrativas para la gestión revolucionaria, aunque muy pagado de sí mismo. Ya había escrito en 1917 que Trotsky le parecía un «canalla» y un «sinvergüenza» que se apoyaba en la «derecha» del partido. Era, escribió en 1921, un irresponsable que no asumía las malas decisiones de sus hombres y que hacía «perder tiempo al Partido» con discusiones sobre teorías «erróneas» y «un montón de discursos vacuos».

En su testamento, Lenin tenía para todos una opinión positiva y otra negativa. Bujarin, «el favorito de todo el Partido», se trataba del gran intelectual del bolchevismo, decía, pero sus teorías no eran «enteramente marxistas». Había algo de «escolástico» en Bujarin y, además, nunca había «comprendido por completo la dialéctica». En fin, que no era tan listo como Lenin, ni tan puro en sus ideas. Su juicio de Piatakov también era ambivalente. Fue un hombre de gran voluntad y capacidad, pero estaba demasiado pegado a la ley como para confiarle la resolución de un «problema serio». No hay que olvidar que el comunismo no respetaba el Estado de Derecho, ni siquiera el propio. Bujarin y Piatakov, sentenciaba, debían «corregir» sus ideas. Aquello era argumentar la liquidación de los dos «camaradas». Giorgi Piatakov fue ejecutado en 1937, acusado de conspirar contra la URSS a favor de la Alemania nazi y junto a Trotsky. Era falso, pero daba igual. Nikolai Bujarin sufrió la misma suerte en 1938. Eran «derechistas» y, por tanto, eliminables.

La situación ya se fue definiendo en 1924. Kamenev fue el encargado entonces de leer el testamento ante la mesa de delegados del Congreso y apostilló que Lenin no regía bien y que no era necesario sustituir a Stalin. Trotsky, presente en el acto, no abrió la boca. Decidieron en consecuencia no publicar el texto, pero los trotskistas vieron una oportunidad de cargarse a Stalin. Max Eastman publicó en «Since Lenin Died» (1925) fragmentos del testamento del primer dictador bolchevique. Sin embargo, Stalin, Zinoviev y Kamenev obligaron a Trotsky a desmentir públicamente lo que decía aquel libro. Y así lo hizo, pero quedó como un mentiroso porque Krupskaya, la mujer de Lenin, para vengarse de Stalin, filtró el testamento al «New York Times», que lo publicó el 12 de julio de 1925.

A partir de ahí, el testamento fue usado por la «derecha» del comunismo. En el aniversario de la Revolución de Octubre algunos «derechistas» pasearon con una pancarta que decía: «Aplicad el testamento de Lenin». También se dedicaron a repartir copias clandestinas entre la gente común. En el XV Congreso del partido, celebrado ese año de 1927, Stalin quedó en evidencia ante Trotsky: Lenin no le quería. Aquello supuso mucha extrañeza en los partidos comunistas europeos, siempre atentos al dictado de la jerarquía rusa.

Fue el último revés político de Stalin, que comenzó las purgas. En enero de 1928 echó a la Oposición Unificada, persiguió hasta la muerte a los trotskistas e inició una serie de procesos que laminaron el partido. El testamento fue ocultado y no se incluyó en la colección de las obras completas de Lenin. Se trató de un texto proscrito y prohibido hasta que en 1956, en el XX Congreso del PCUS, Kruschev lo sacó como una forma de arruinar a los estalinistas. El texto sirvió como argumento para la desestalinización del comunismo, lo que era una mera campaña de imagen de un régimen que siguió siendo criminal y de blanqueamiento del primer dictador bolchevique. El testamento fue finalmente incluido en las obras de Lenin a partir de la edición de 1961.