Cultura

Dani Martín: «Estoy descubriendo ahora, a los 45, mi camino»

Se está reconciliando con su pasado tanto en lo personal como en lo artístico, y está en plena forma: suya fue la gira más taquillera de 2021 y estos días vuelve a cruzarse la Península de nuevo en una larga gira que interrumpimos para hacer memoria

El músico Dani Martín
El músico Dani Martín FOTO: Lupe de la Vallina

Dani Martín lleva ya más de 20 años de carrera musical a sus espaldas, trece de ellos en solitario, aunque a sus 45, con ese algo de ilusionado niño grande, nadie lo diría. Sigue teniendo el aire de mejor amigo, de tipo de fiar. Del pillo adorable capaz de enamorar a la adolescente y también a la madre, a poco que se descuide, mientras sigue cayendo bien al novio y al padre y todos insisten en que se quede a cenar. Fue en 2021 el artista español que más entradas vendió para sus conciertos, pero «eso fue el año pasado», le resta importancia Dani, «ahora estamos en este, hay que seguir trabajando». Y lo hace con una gira, «Qué caro es el tiempo», en la que repasa sus grandes éxitos y recupera algunos de los clásicos de El Canto del Loco, la banda de pop-rock con la que en la primera década de este siglo hizo vibrar a toda una generación.

Boxear y cantar

El cartel de «agotado» cuelga en las taquillas y se desata la locura allá donde actúa: 90.000 almas coreando tus canciones y tu nombre no puede dejar indiferente a nadie, le digo, y admite que «impresiona, claro que impresiona. Pero articulas tus herramientas para manejarlo. Hay quien se toma una copa y yo he descubierto que el boxeo me ayuda a canalizar la energía. Así que hago sparring 45 minutos, luego caliento la voz y subo al escenario con una sonrisa, a disfrutar. Es una realidad diferente a la que vivía antes y me gusta mucho más. Antes cada concierto era un botellón y ahora es una copa de buen vino que saboreo». Generosísimo, no ha dudado en hablar con nosotros en exclusiva entre concierto y concierto, pese al ajetreo de andar de Valladolid a Sevilla, de Mallorca a Alicante, con un disco bajo el brazo que suena «como yo quería que sonara en este momento, como me había imaginado. Y eso me encanta». Feliz y satisfecho con el resultado, cuenta que «este disco nace durante el confinamiento, cuando empecé a coger la guitarra y me vi a mí mismo cantando canciones de El Canto del Loco. De pronto me dije: ¿Cómo que canciones “de El Canto”? Estas canciones son mías, hablan de mi vida, de mis experiencias». Así que me animé a recuperarlas, pese a que había ahí todavía una pequeña herida. Pero me reencontré con aquella etapa gracias a que las canciones se acercaron a mí, y fue como reconciliarme con todo aquello. A mí, El Canto del Loco ahora me genera una sonrisa. Todavía sigo siendo ‘’el de El Canto del Loco” para algunas personas y muchas de las canciones de entonces siguen muy vigentes en mí, ha habido una selección de ellas muy natural para este trabajo».

“Antes, cada concierto era un botellón y ahora es una copa de buen vino que puedo saborear»

Dedicarse a la música es para Dani Martín un regalo que le ha hecho la vida, «uno que yo también he cultivado y he regado, claro, y al que mimo mucho cada día, pero que es un regalo», reflexiona. «Soy una persona muy, muy afortunada. Hay gente que canta mucho mejor que yo, toca mucho mejor que yo, interpreta mucho mejor que yo. Pero no ha tenido la suerte que he tenido yo. Hay siempre un componente de suerte, el primero en decirlo es Sabina, que está y no hay que dejar de reconocer, pero tampoco hay que dejar de echar carbón a la locomotora para que el tren no se pare». Afortunado ha sido también por contar siempre con el apoyo de su familia y no puede evitar sonreír al recordarlo. «Mis padres siempre me han transmitido unos valores muy importantes y no dudaron en alentarme en mis gustos y mis aficiones. Si quería estudiar solfeo, me apuntaban a solfeo. A guitarra, a interpretación. Hasta a ballet me llevaron», ríe, «una vez que me empeñé porque veía a mi hermana. Aunque enseguida supimos que no era lo mío. Desde pequeño me apoyaron mucho en esas cosas que me interesaban y me motivaban (la música, la lectura, el teatro) y eran más indulgentes con otras que me costaban, que no me gustaban tanto, como las matemáticas. También en eso he tenido mucha suerte y a ellos les debo que empezaran a regar la planta».

«Recuperé las canciones de El Canto a pesar de que había una herida. Ahora sonrío con ellas»

Desanudar el pasado

Es evidente la importancia para el cantante de la familia, de sus padres, Manolo y Carmen, de sus amigos, de la vertiente más personal de su vida, lo emocional quizá, lo que nos es más íntimo. «Te voy a ser muy sincero: hace dos años me dio un ataque de pánico y desde entonces estoy yendo al psiquiatra. Estoy trabajando con él en una línea de vida desde mi infancia. Y de repente he ido desanudando cosas, de mi pasado y de mi presente, viendo un montón de situaciones que no sabía por qué razón me las tomaba así o las gestionaba de una determinada manera. Y ese trabajo que estoy haciendo tal vez haya sido el que me ha permitido acercarme a lugares que forman parte de mí y que yo había rechazado por determinadas razones, y también que ahora haya escogido aquello que realmente forma parte de mi vida. Y todo eso me ha permitido rescatar mi espontaneidad, el querer ser yo por encima de demostrar nada a nadie. Me apetece mostrar en todo caso lo que verdaderamente soy. Y dentro de eso habrá a quien le pueda gustar y habrá a quien no, y lo asumo. Tratar de gustar a todo el mundo es muy difícil y creo que eso es lo que intenté hacer al empezar mi carrera en solitario. Estoy en un proceso de conocer cuál es mi camino: hay gente que lo aprende a los 20 y yo estoy en ello a los 45. Y me he sorprendido a mí mismo, claro, porque desde la perspectiva veo cómo los agentes externos eran capaces de alterar muy fácilmente mi estado de ánimo. Y ahora ya no. Estoy en el trabajo de conocerme, de quererme, de no descuidarme ni pensar exclusivamente en lo profesional. Cuando la brecha entre lo profesional y lo personal es muy grande, al apagarse las luces y desaparecer el público te quedas vacío, no hay nada. Lo sé porque durante muchos momentos llegué a sentirme así».

«Hace dos años tuve un ataque de pánico y estoy yendo al psiquiatra. Estoy trabajando conmigo»

Los «peores» 20 años

Curioso, despierto y gran conversador, Dani Martín no es ajeno a la calle, a la actualidad informativa y el debate público. No vive, desde luego, recluido en una torre de marfil. «A mí me interesa mucho escuchar a todos, a unos y a otros. Me disgusta la polarización, esta especie de enfrentamiento entre bandos irreconciliables. Yo he aprendido mucho de gente de izquierdas y he aprendido mucho de gente de derechas. Creo que nos salvaría la vida el sentido común, dejar los colores y las banderas aparte. Sería un ejercicio maravilloso que todos pudiéramos respetar que unos opinaran de una manera y, otros, de otra. Y luego, en lo esencial, intentáramos ayudarnos todos por el bien común. A lo mejor estoy hablando de una utopía, pero sería la hostia». Cree, sin embargo, que no es este, precisamente, el mejor momento para eso: «Pienso que estamos en los peores años de la política de los últimos veinte en nuestro país», dice. «Estamos rodeados de malos actores, no me creo a ninguno de nuestros políticos. Estamos ante una falta de liderazgo. En gestión económica, en gestión social, en gestión cultural, en todo. Sé que venimos de una pandemia, de una crisis, pero es que nos llevan pidiendo demasiado tiempo que pongamos un poquito más de nuestra parte, que seamos un poquito más pacientes, pero no hay por el otro lado una devolución de todo eso. Parece que los políticos no están en dar soluciones sino a otra cosa, a infravalorar al contrario. Y eso no es que nos deje a los ciudadanos sin representación, es mucho peor: nos deja con una muy mala y muy pobre representación. A mí me gustaría mandarles mucho amor y mucho cariño a los políticos de nuestro país, porque creo que les vendría muy bien. Parecen enfadados siempre y creo que sería muy positivo abogar por la unidad y por el cariño. La unidad sería maravillosa y nos llevaría a grandes logros».

Soñar no es de locos

Existen tres modos de materializar los sueños: o los compras, o te los regalan, o los sudas. A Dani Martín, que desde que se dio a conocer ha tenido que soportar que le gritaran niño bonito y cosas aún más feas, nadie le ha regalado nada y carecía de los recursos necesarios como para comprar cualquier cosa que no fuesen discos de oferta de todos los géneros y épocas para nutrirse de ellos, luego ya sabemos cómo se ha hecho con lo muchísimo que hoy tiene y es.
De cuantos artistas he conocido bien, él es quien más agradecido se siente con la vida por todo lo que le está dispensando. En su cabeza de muchacho que se hace mayor pero que se muestra desconcertantemente joven, nunca deja de retumbar la palabra «gracias». Porque para un chaval rebelde que no encontraba su sitio en el mundo, el llegar a cantar con casi todos sus ídolos y que estos lo traten de tú a tú es una comprensible pasada. Un milagro, incluso. Algo tan marciano como ver su nombre en grandes letras de neón en los pabellones deportivos a los que acudía, cuando era un niño que aspiraba a volar, de la mano protectora de su padre. Pues no hay épica mayor que la conquista del cielo desde el suelo.
Después del frenesí superlativo de El Canto del Loco, el grupo español de pop/rock de mayor pegada de la primera década de los 2000 y un revulsivo generacional, su mascarón de proa inauguró una travesía en solitario que no ha hecho más que darle alegrías y acariciarle el corazón. Hoy cuenta con una legión de fieles de ambos sexos y distintas generaciones, y todos los músicos de primerísima fila que lo han tratado se han enamorado enseguida de su humildad y entrega. Pero todavía hay quien lo critica porque sí, porque hay que meterse con el que descolla, con el que llega al lugar que sólo se atisba levantando mucho el rostro. Que se vayan al carajo. ¿Que no te gusta? Muy bien, es legítimo. Pero ¿criticar el qué, haber hecho posible lo impensable? Eso sólo puede suscitar el aplauso y la reverencia. Y más aún si, a pesar de tan largo viaje, se niega a olvidar de dónde viene. Porque cada vez que Dani pisa un escenario, siempre, lo hacen con él Carmen, Manolo y Miriam. Cantan con él, sienten el amor de la gente con él, se emocionan hasta el borde de las lágrimas con él. En la tierra de los hombres y en el cielo de los perros.
Hay un foco que ilumina más que el sol y que guía la senda de los elegidos para la gloria, y Dani es uno de sus mayores objetos de deseo. Y aunque no desdeña los vítores, al contrario, porque eso sería igual de contra natura que un enamorado que condenase los besos, se acuesta y se levanta cada día, todos-los-días, soñando una canción. Sabedor de que eso, y no el vano ruido de fondo, la cacharrería del éxito, es lo único que le da sentido a su caminar. Pues sin la droga salvadora de la música, a la que se entrega desde que se levanta hasta que se acuesta como a un sacerdocio, todo lo demás es humo, vapor de agua, una torre de barro que se desploma sin remedio.
Los sueños son nubes caprichosas que para el común de los mortales se deshacen entre los dedos, pero Dani se abraza a ellos con tanta convicción, con tantísimo deseo, que logra transformarlos en algo tangible. Los dota de cuerpo, se sube a su grupa y cabalga siempre hacia arriba. Puesto que es uno de esos soñadores sin cura que jamás se cansan de darle al mazo con la fuerza del que ama absolutamente aquello que hace.
Y soñar no es de locos, es de conquistadores. Dani lo sabe. Yo lo sé. El mundo entero debería saberlo.
Javier Menéndez Flores