Opinión

¿Bitcoin ya es dinero?
El éxito de la criptomoneda de referencia ha sido al margen del Estado o, incluso, en contra del Estado
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El dinero es el activo más líquido dentro de una economía que, precisamente por esa superior estabilidad de valor, desempeña las funciones de medio de intercambio, depósito y unidad de cuenta. La mayoría de economistas opina que el dinero puede emerger espontánea y descentralizadamente en el mercado sin que ninguna autoridad central lo imponga. El oro, por ejemplo, fue usado generalizadamente como dinero no porque ningún gobernante así lo estableciera, sino porque la mayoría de agentes económicos decidieron utilizarlo para minimizar los costes de transacción de sus intercambios. Que luego el Estado convirtiera al oro en moneda de curso legal no cambia el correcto orden histórico de los acontecimientos. Primero, el sector privado utilizó el oro como medio de intercambio, depósito de valor y unidad de cuenta. Posteriormente, el Estado lo sancionó como moneda oficial.

En nuestros tiempos, acaso contamos con un ejemplo más reciente de cómo la sociedad civil (o al menos una parte de ella) puede alumbrar nuevas formas de dinero al margen del Estado. Me refiero, claro, al caso de Bitcoin. Pese a los problemas de volatilidad que aún sufre, Bitcoin se ha convertido en un incuestionable depósito de valor a largo plazo y, hasta cierto punto, en un medio de intercambio dentro de ciertas comunidades de usuarios. ¿Ha sido necesario el Estado para que Bitcoin se desarrollara? En absoluto: su éxito ha sido al margen del Estado o, incluso, en contra del Estado (pues la mayoría de sus usuarios hasta la fecha hacen gala de una marcada ideología anti-Estado).

Pese a la abundante evidencia histórica de que disponemos sobre la posibilidad de que el dinero emerja autónomamente dentro de la sociedad civil, todavía existe una escuela de pensamiento (los llamados «neochartalistas») que sostiene lo contrario: que el dinero es, en esencia, el instrumento con el que uno está obligado a pagar los impuestos (y todas las otras funciones del dinero derivan de esta propiedad fundacional) y que, por tanto, cada Estado es plenamente soberano a la hora de determinar qué es y qué no es dinero. Basta con que los gobernantes establezcan que los impuestos se tienen que pagar en un determinado activo para que ese activo (y solo ese activo) devenga dinero. Como es lógico, esta misma escuela de pensamiento lleva años negando que Bitcoin pueda ser considerado dinero pero, graciosamente, en breve se verán forzados a admitir que Bitcoin sí es ya dinero. A la postre, el presiente de El Salvador, Nayib Bukele, acaba de anunciar que convertirá a Bitcoin en moneda de curso legal dentro de su país. No es que el movimiento debiera despertar el entusiasmo de ningún defensor de las ideas de fondo tras Bitcoin (la libertad de elección monetaria), pero sí pone de manifiesto las definiciones absolutamente arbitrarias e irreales del «neochartalismo». De la noche a la mañana, Bitcoin pasará a ser dinero solo porque Bukele así lo haya decretado y aun cuando nada más haya cambiado en cuanto al valor y al comportamiento de Bitcoin. No es ciencia, es ideología.