El IRA, el salto político que inspira a ETA

En Alemania se generó un gran revuelo cuando un ex miembro del RAF trató de entrar en el Bundestag. En Italia no se admiten candidatos que acumulen más de cuatro años de cárcel

De ideologías y motivaciones diferentes, el IRA en Reino Unido, las Brigadas Rojas en Italia o la Fracción del Ejército Rojo (RAF) tienen en común que formaron parte de los años del plomo en Europa. Desaparecidos a principios del siglo XXI, solo el IRA y ETA tratan de integrarse en la esfera política.

Reino Unido

La historia reciente del Reino Unido ha estado marcada por los llamados “Troubles”, el sangriento conflicto entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte. Durante cuatro décadas, más de 3.000 personas perdieron la vida. En 1998 el Acuerdo de Viernes Santo trajo al ansiada paz. Pero el pacto nunca habría logrado firmarse sin la contribución de terroristas que dejaron las armas y posteriormente formaron parte del Gobierno de la provincia británica. Entre ellos, destaca sobre todo la figura de Martin McGuinness.

Tenía tan sólo 21 años, cuando tuvo lugar el Domingo Sangriento (1972), donde 14 manifestantes de derechos civiles fueron asesinados en Derry a manos de los soldados británicos. Criado en el seno de una familia humilde en esta misma ciudad fronteriza, donde la minoría protestante sometía políticamente a la mayoría católica, pronto siguió a sus hermanos a las filas del grupo terrorista del IRA. Pero cuatro años después abandonó las armas y comenzó su lenta transición política.

La historia de Irlanda y del Reino Unido no se entendería sin su influencia. Sus conversaciones con Londres y Dublín, secretas al principio, lograron que el Sinn Féin (brazo político del IRA) aceptara el acuerdo con el que se ponía fin al conflicto. En 2007, ocurrió lo que apenas unos años antes era impensable. Se convirtió en viceprimer ministro del Ejecutivo de coalición liderado por el presbiteriano protestante Ian Paisley. La insólita amistad que se creó entre ellos les convirtió en “los hermanos risitas”. Nadie podía pensar que la química fuera a ser posible. Pero ocurrió. Como también ocurrió el histórico apretón de manos en 2012 con la reina Isabel II, a cuyo primo, lord Mountbatten, el IRA hizo volar por los aires mientras pescaba en 1979. La monarca mandó un mensaje privado de condolencia a la familia de McGuinness cuando éste falleció en 2017.

El líder republicano llegó a pedir perdón en el vigésimo aniversario de la devastadora bomba Shankill, uno de los peores atentados del IRA. Una de sus frases más míticas es: “La reconciliación siempre es el siguiente paso esencial en el proceso de paz”. Su gran amigo, Gerry Adams, durante décadas líder del Sinn Féin, también ha sido una persona clave para el proceso de paz. Pero, a diferencia de McGuinness, nunca ha reconocido su pertenencia al IRA.

Alemania

Un gran revuelo sucumbió la esfera política alemana cuando en 2006 trascendió que Dieter Dehm, diputado en el Bundestag por el partido de izquierda “Die Linke”, había empleado en su equipo parlamentario a Christian Klar, un exintegrante del grupo terrorista Fracción del Ejército Rojo (RAF). Klar perteneció a la segunda generación de esta banda que, sobre todo en la década de los setenta, sembró el terror en la República Federal de Alemania y, entre otros, asesinó al fiscal federal Siegfried Buback y al presidente de la patronal germana, Hanns Martin Schleyer. Condenado a cadena perpetua en 1982, Klar salió de la cárcel en diciembre de 2008.

Cuando se supo de su empleo en el Parlamento alemán, la decisión del Bundestag fue firme: le negó una acreditación permanente al ex terrorista aduciendo “reparos de seguridad” y algunos miembros del gobierno calificaron el caso de “escándalo”. Una postura que viene a resumir la actitud alemana ante la rehabilitación de ex terroristas nacionales y su proyección a la vida pública. Previamente fueron muy discutidos los indultos que en 2007 valoró el por entonces presidente alemán, Horst Köhler, para algunos miembros de la organización terrorista, hasta tal punto que algunos miembros de su ejecutivo advirtieron que de consumarse esa causa intentarían impedir su reelección.

Muchos fueron condenados a cadena perpetua, más de 20 fueron abatidos o se suicidaron. Algunos de sus miembros nunca fueron localizados y la autoría material de muchos de sus atentados no se ha podido establecer hasta ahora, puesto que los miembros de la banda consideraron siempre sus actos como “acciones colectivas” y ni tras dejar las armas revelaron la identidad de sus autores materiales. Aún hoy, muchos miembros de la RAF se mantienen en la clandestinidad, mientras que otros han cumplido sus condenas.

Por ejemplo, Birgit Hogefeld fue puesta en libertad en 2011, tras permanecer 20 años en prisión. Hoy no queda ningún miembro de la RAF tras las rejas y en su mayoría mantienen una vida discreta alejada del foco mediático. En los noventa, integrantes de la RAF se acogieron al programa de testigos. La caída del Muro en 1989 fue otro factor decisivo puesto que siempre había contado con el respaldo de la República Democrática Alemana. Tras una larga pausa, el 20 de abril de 1998 anunció su autodisolución. En el manifiesto reconocía que “fue un error el no haber conformado algún tipo de organización política paralela a la lucha armada clandestina”.

Italia

En Italia el terrorismo tuvo su punto álgido en la década de los setenta, los llamados “años de plomo”. Colectivos neofascistas protagonizaron una serie de atentados, que culminaron con una masacre en Bolonia en 1980, en la que murieron 85 personas; y movimientos de extrema izquierda golpearon del otro lado. Entre estos últimos destacaban las Brigadas Rojas, un grupo comunista que llegó a secuestrar y asesinar al presidente de la Democracia Cristiana y ex primer ministro, Aldo Moro. El terrorismo político se enmarcó en el contexto de la Guerra Fría, en el que las dos Italias revivieron las tensiones que habían quedado larvadas desde la Segunda Guerra Mundial, cuando fascistas y antifascistas mantuvieron una contienda paralela en medio de la batalla internacional.

Hasta finales de esa década no existían leyes explícitas contra el terrorismo. En 1978 se introdujo la primera norma que condenaba estos delitos con penas de hasta 30 años de prisión y posteriormente se fueron añadiendo nuevas disposiciones. Se produjo una cadena de arrestos, aunque muchos terroristas lograron huir del país y otros mantuvieron durante años un perfil bajo hasta refugiarse después en movimientos políticos que nunca tuvieron gran adhesión. La diferencia con lo ocurrido en el País Vasco es que no hubo ningún partido directamente vinculado a un grupo terrorista.

El Partido Comunista Italiano no alentó a los violentos y además desapareció un decenio más tarde, mientras que algunos miembros de grupos radicales de extrema derecha llegaron a alistarse al Movimiento Social Italiano, una formación heredera del fascismo. Un ejemplo actual es Roberto Fiore, ex terrorista y líder del minoritario partido Forza Nuova, de ideología neofascista. Se trata, en cualquier caso, de excepciones y casos poco representativos en la vida política del país.

Las leyes posteriores se centraron a impedir que los miembros de la mafia consiguieran formar parte del juego político, como había ocurrido en el pasado. La última disposición de la comisión antimafia del Parlamento establece que no se admiten candidatos en ningunas elecciones que hayan acumulado al menos cuatro años de condena. Ocurre en ocasiones que algunas personas que incumplen este código pretenden presentarse, pero se impugna su candidatura y queda anulada. Son los llamados “impresentables”. Los delitos pueden ser de cualquier tipo e incluso al ex primer ministro Silvio Berlusconi le impidieron presentarse en las elecciones tras ser condenado por corrupción. La antimafia y la lucha contra el terrorismo han jugado en Italia un papel complementario en los últimos años.