El «Príncipe» de los menores que Marruecos arrojó a Ceuta

Este barrio marginal de mayoría musulmana acoge de manera espontánea a decenas de los menas que han quedado varados en la ciudad autónoma

Amín Mohamed, residente de «El Príncipe», ha ayudado estos días a varios menores
Amín Mohamed, residente de «El Príncipe», ha ayudado estos días a varios menoresAlberto R. RoldánLa Razón

Por una empinada calle que conduce a la barriada del Príncipe caminan cuatro niños que no superan los 10 años. Van cargados con bolsas de comida y detienen a los vehículos con los que se cruzan para pedirles algo de dinero. Están solos. Vagan sin rumbo definido por una maraña de casas de colores ubicadas a pocos metros del espigón por el que el lunes atravesaron a nado la frontera. Buscan refugio para no ser deportados y aquí, en este barrio de mayoría musulmana, esperan encontrarlo. Varios de los menores han elegido este enclave como la primera opción ya que saben que, en otras ocasiones, algunos de sus compatriotas que cruzaron la valla fueron resguardados temporalmente.

En esta ocasión no ha sido diferente. Un matrimonio que prefiere permanecer en el anonimato ha hospedado a seis menores en su hogar. Ya los conocían con anterioridad a través de sus hijos y no dudaron en hacerles un hueco en una de las habitaciones. Ahora, aunque todavía no han cumplido la mayoría de edad, pretenden ponerse a trabajar cuanto antes para ganar algo de dinero. No es el único caso, otra pareja alojó a un niño pequeño durante la noche del martes. A la mañana siguiente fueron ellos quienes le acompañaron hasta la frontera para que regresara con su familia: «Muchos habían venido engañados, así que lo mejor era devolverles a su país de origen». Cuando se acercaron a la zona fronteriza, «los policías nos trataron como a delincuentes, nos gritaban ’'Al suelo, tírense al suelo’'. Entiendo que sea su protocolo, pero era un niño...».

Este barrio marginal de mayoría musulmana acoge de manera espontánea a decenas de los menas que han quedado varados en la ciudad autónoma FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Quien también ha tratado de proteger a los menores durante esta semana de confusión y tensión en Ceuta ha sido Amín Mohamed. Este residente del «Príncipe» relata con pena lo vivido: «No he hecho nada fuera de lo normal, tan solo lo que sentía. Es muy duro ver a niños vagando por la ciudad». Este hombre de 36 años que ahora ejerce como taxista recuerda con especial aprensión un encuentro con un niño que «me partió el corazón. Me paré y le pregunté qué le ocurría. No podía parar de llorar y me decía que acababan de amenazarle con un cuchillo, que tenía miedo».

Entre ellos hablaban árabe, porque el menor no conocía otra lengua. Le narró que estaba «muy arrepentido», que no sabía por qué había cruzado la frontera y que no sabía dónde ir. «Según me explicó, aquella mañana del lunes su madre le mandó a hacer unos recados. Residen en Martil (Río Martín), a 10 km de Tetuán. En el camino se encontró con un amigo que le dijo que habían abierto la frontera y se fueron directos. Al cabo de unas horas estaban aquí y sin saber qué hacer. Sin ropa ni comida», relata Amín, que todavía se emociona al recordar lo vivido. El niño le habló de su madre y su hermana a quienes había dejado en casa y tan solo le pedía «que le llevara de vuelta a casa». Y así lo hizo. Le subió a la moto y le acercó a la frontera. También le dio algo de dinero para que pudiera coger un taxi que le llevara a casa. «El niño no dijo más, atravesó la puerta y se despidió. Esta es tan solo una de las historias que hemos vivido en estos días, pero hay muchas más. También me encontré con dos jóvenes que me pidieron ayuda. No les entendía bien porque tenían un acento diferente al marroquí. Resulta que eran de Yemen y buscaban acogida, pero en el CETI les dijeron que no había sitio para ellos. No tuve más remedio que aconsejarles que se escondieran para que la Policía no les encontrara y que cuando pasaran unos días volvieran al centro de acogida temporal, que seguro que los recibían bien».

Amín Mohamed lamenta es que esta avalancha de inmigrantes ha potenciado el sentimiento nacionalista en Ceuta FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Mientras recorremos con Amín las calles del Príncipe, donde abundan los carteles y pintadas de «Love Palestina», nos confiesa que pese a la mala fama que tiene su barrio por las conocidas redes de narcotráfico y venta de armas, aquí la gente, por lo general, es humilde y sabe bien, por desgracia, «lo que es pasarlo mal». Quizá por ello sea por lo que no dudan en acoger en su seno a los que huyen de sus países en busca de una mejor vida. Aquí las viviendas son muy precarias, las calles estrechas y el árabe es el idioma oficial. La mezquita preside el centro de la barriada mientras las miradas de los residentes analizan con desconfianza a los foráneos. Amín también conoce bien lo que es ganarse la vida a pulso. Él estudió Ciencias del Mar en Cádiz, pero la crisis le obligó a renunciar a sus sueños profesionales y tuvo que regresar al barrio que le vio nacer: «Aquí es muy fácil caer en las manos del narcotráfico, se hace dinero fácil y rápido, pero mis padres siempre procuraron que me mantuviera alejado de ese mundo. Tuve suerte». Ahora, casado y con dos hijos, nos cuenta que entre los trabajos que ha realizado para poder dar de comer a su familia está el de porteador, otro de los grandes reclamos de los que viven pegados a la zona fronteriza. «Aquello fue toda una experiencia. Es una absoluta locura. El contrabando de mercancía sigue existiendo y parece que todos hacen la vista gorda». Es cierto que durante la pandemia todo se cerró, pero todavía recuerda las grandes colas que se formaban de porteadores a las puertas de Marruecos. «Está muy bien pagado, a mí por pasar una bolsa me pagaron 60 euros. Lo que haces es llegar a las naves, coges lo que puedas, te lo cargas a la espalda y aguardas la cola. A veces, la Policía te golpea y la gente se arremolina. Hay empujones, nervios... Una vez que se cruza la frontera hay compradores que te reconocen en función de la marca que lleva tu saco de mercancía. Te llaman, te pagan y te vuelves. Nunca sabes lo que llevas en el interior de la bolsa y mejor ni saberlo. Pero es dinero y hay que comer», afirma mientras recorremos los pasillos por los que antes de la pandemia se amontonaban los porteadores.

Ahora, en ese punto, algunos menores aguardan en las naves de El Tarajal para ser trasladados a algún albergue. Amín los observa con esa mirada triste que forjan los reveses de la vida. «Mírales, son unos críos. No había visto cosa igual. El martes pensé por un momento que esto se trataba de una invasión real y que nosotros estábamos aquí tan tranquilos sin darnos cuenta», dice. Lo que lamenta es que esta avalancha de inmigrantes ha potenciado el sentimiento nacionalista en Ceuta y que buena cuenta de ello dan los enfrentamientos que se ven por la calle entre locales e inmigrantes. «Pero aquí el responsable no es el que viene en busca de una mejor vida sino Marruecos, que lo que ha hecho ha sido utilizar a los menores como juguetes humanos para su guerra de presión con España». Y pone un ejemplo de cómo se ha vivido esta situación al otro lado de la valla: «Un chaval me contó que le dijeron que le abrían la puerta para entrar en España si decía en alto: ’'Viva el rey de Marruecos’'. Lo hizo y le dieron paso». Más tarde fue Amín el que tuvo que dejarle algo de ropa para que se cambiara. Estaba tiritando y completamente mojado. «Ya estaba en España, pero ahora, ¿qué?», se pregunta este ceutí antes de ponerse de nuevo al volante de su taxi.