Eugenio Galdón Brugarolas: «El jefe de Gabinete que tenga ganas de figurar se equivoca de puesto»

Entre febrero de 1981 y diciembre de 1982, este economista asesoró a Calvo-Sotelo en una Legislatura marcada por el 23-F, la entrada en la OTAN, la Ley del Divorcio y los asesinatos de ETA

Alberto R. RoldánLa Razón

Antes de fundar Ono; antes de dirigir el Grupo Prisa, la cadena Ser, la Cope; antes de apasionarse por la Fundación Teaming de microdonaciones; antes de todo eso, Eugenio Galdón Brugarolas (Cartagena, 1950) fue el jefe de Gabinete más joven de la historia. Con apenas 30 años, ocupó con Leopoldo Calvo-Sotelo un cargo que solo han desempeñado doce personas en democracia. Este club de hombres del presidente (solo la primera fue mujer) conforma una suerte de hermandad. Se llaman, se ven, se cuentan. Incluido el último en dejar La Moncloa, Iván Redondo, quien hace solo dos semanas cruzó en una entrevista en La Sexta la línea roja de todo jefe de Gabinete: no figurar nunca.

-¿Cómo recuerda su trabajo con Calvo-Sotelo?

-Despachaba con el presidente entre dos y tres veces al día. Seguía la agenda del Consejo de Ministros y hacía que el equipo preparara los informes necesarios para que él pudiera formarse un juicio. La de Calvo-Sotelo fue una Presidencia en la que se contó mucho con los ministros, a diferencia de lo que luego haría Felipe González.

-¿Qué recuerda de su personalidad?

-Era alguien extraordinariamente culto, fácil de llevar si lo conocías bien. Quedó huérfano muy joven y tuvo que ocuparse de su familia. En un arranque de bravura, le prometió a su madre que no se casaría hasta que lo hicieran sus cuatro hermanas y ella, que tenía mucho humor, le contestó que entonces no lo haría nunca. No transigía con la chapuza, era autoexigente y exigente con los demás, íntegro y patriota.

-¿Cuál debe ser el leit motiv de un jefe de Gabinete?

-La misión principal es facilitar que el presidente tome las mejores decisiones para el país. Esto es crucial. Advertirle de los riesgos, decirle las verdades. La honestidad es fundamental. Tiene que ofrecerle caminos y soluciones, integrar todas las fuentes buenas y hacerlas asequibles para alguien con poco tiempo. Para mí uno de los que rozó la perfección fue José Enrique Serrano.

-La invisibilidad se antoja una actitud determinante.

-El que tenga de verdad ganas de figurar se equivoca de puesto. Pero, en realidad, el tema no es aparecer o no, que es una cuestión instrumental, sino el por qué quieres hacerlo.

-¿Qué opinión le merece la entrevista del ex jefe de Gabinete de Pedro Sánchez, Iván Redondo?

-La verdad es que no la vi a propósito. Lo he conocido en algunas ocasiones, no muchas, pero sí admito que existe una cierta solidaridad entre los jefes de Gabinete que hemos logrado mantener desde Alberto Aza, mi antecesor, y Roberto Dorado, que me sucedió. Cuando estás ahí te das cuenta de que, más allá de la ideología, todos y cada uno, cada cual a su manera, han sentido el peso de la responsabilidad. Allí pasan muchas cosas, algunas son atentados, otras, cuestiones graves que no llegan a ocurrir. Y las que más agobian son las que se viven en soledad, las que parece que no han pasado. Lo que no trasciende. Si has estado allí, respetas al que está.

-¿Se ven de manera frecuente?

-Nos vemos, hablamos. A veces en grupos de dos o de tres. En esas reuniones se habla de todo, hasta de política, ja, ja. Normalmente se escucha con fervor al que está ejerciendo el cargo. No le digo que exista tal cofradía, pero sí que pasar por ahí es algo especial. Por ponerle un ejemplo: ha habido muchos directores generales de la Ser, yo lo fui siete años, y no hay una hermandad de directores de la Ser aunque sea un puesto interesantísimo.

-¿Usted habría concedido esa entrevista?

-La verdad es que nadie me la pidió, ya que nuestra salida siguió a la mayor derrota electoral de todos los tiempos. Pero nunca jamás la habría concedido, ni se me habría pasado por la cabeza. Dimos una a “Abc” nada más llegar y porque nos lo pidió el presidente. No es falsa humildad, es que el jefe de Gabinete es el único que tiene claro que debe desaparecer. En el mismo instante en que dejas de serlo, ya está.

-¿Y cómo se siente uno al dejar el puesto?

-Es una función con tal intensidad de vida que, cuando te vas, por un lado sientes que te has quitado una losa terrible y, por otro, te cuesta. Yo por aquel entonces vivía en Ferraz y pasaba por delante de El Corte Inglés de Princesa al volver a mi puesto del Ministerio de Economía. Mentalmente, pensaba que en la planta séptima vendían cura de humildad y que subía y compraba toda la que había.

Galdón y Rodríguez Inciarte, en el Congreso de los Diputados el 23-F
Galdón y Rodríguez Inciarte, en el Congreso de los Diputados el 23-F FOTO: cedida La Razón

-¿Cómo acabó siendo jefe de Gabinete de Calvo-Sotelo?

-Lo cierto es que era familia de mi primera mujer, pero, curiosamente, no lo conocí en esa condición porque no pudo venir a la boda. En 1980 yo estaba como economista de Estado en el Ministerio de Trabajo y, en un cambio de Gobierno de Adolfo Suárez en el que le hicieron vicepresidente económico, pasé a su oficina como jefe de Gabinete. Por casualidad, también estuve antes con Suárez en La Moncloa.

-¿Cómo logró acceder a ese puesto?

-Había estudiado Economía Cuantitativa y hacía unos modelos que permitían simular situaciones. Hice unos ejercicios para el Ministerio de Interior para ganarme la vida mientras sacaba la oposición y Rodolfo Martín Villa se lo contó a Suárez. Quiso conocerme porque le permitía, por ejemplo, tomar los resultados de las elecciones de 1977 y calcular lo que sacaría según fueran las leyes electorales.

-Fue usted un adelantado a su tiempo.

-Sí, lo que hoy se calcula con una simple hoja de Excel era algo novedoso. En realidad, a Adolfo aquello no le interesaba nada, solo quería conocerme y hacerme gobernador civil de lo que fuera, que es lo que ocurría con todo aquel que iba por allí, ja, ja. Viví la reunión de la casa de la pradera, la caída de Adolfo, el congreso de Palma de Mallorca... Y, por supuesto, el 23-F.

-¿Cómo vivió el golpe de Estado?

-Estaba dentro del Congreso aquel día, que era el de la investidura de Calvo-Sotelo. Estábamos con él tres de su equipo, Matías Rodríguez Inciarte, que luego sería ministro de la Presidencia, Luis Sánchez-Merlo, que era su asesor más político, y yo, que hacía un trabajo más hacia dentro. Recuerdo que, de pronto, oímos disparos y yo pensé que era la ETA. Estábamos los tres en uno de los salones al otro lado del Hemiciclo, pegado al de Pasos Perdidos. Desde ahí pasábamos notas al presidente a través de un ujier. Ese día solo era el de las votaciones, así que estábamos ya sin papeles. Rápidamente nos dimos cuenta de que no eran los etarras. Entró un tal Pachi, de la Guardia Real, empuñando un Cetme y dijo una frase de profundo contenido intelectual que no se me olvida: «Al suelo o sus abraso».

-¿Cuándo pudieron hablar con el presidente?

-En una de las aperturas de la puerta, pude hacerle un gesto y salió. Fuimos al cuarto de baño y nos pusimos a hablar contra la pared. Un guardia civil nos mandó callar y Calvo-Sotelo se volvió y le dijo que él era el presidente y hablaba lo que le daba la gana, a lo que el agente respondió: «Sí, sí, pero poquito, por favor». Sobre las tres pudimos salir los de Moncloa. Mi sensación fue que la democracia se había ido a la porra y yo me volvía a Bélgica.

-¿Cuál fue la prioridad de aquella Legislatura?

-Lo que el presidente tuvo más claro fue el reanclaje de la Democracia, lo que pasaba por tener una relación muy fluida con la oposición, con Felipe González, algo que quizá no sea muy conocido. Se veían con mucha frecuencia y colaboraban de una forma clarísima y explícita. Por ejemplo, consiguieron que el 23-F se juzgara por un tribunal civil y no militar.

-¿Lo más duro fue ETA?

-Sin duda. Yo vivía atado a una colección de corbatas negras que tenía en mi despacho. Lo que recuerdo por encima de todo es el sonido del dolor, no se me olvida. Salir de la Salve, en San Sebastián, a un callejón estrecho y escuchar las contraventanas cerrándose, la chapa de los zapatos de gala de los guardias civiles sonando en el asfalto. Una calle abandonada por todos en la que va bajando un féretro llevado por los compañeros y una chica de 22 años de Extremadura, con un par de churumbeles a cada mano, que nunca sabrá por qué le mataron al marido.

-¿Cómo fue la relación con sus pares en el mundo de hace 40 años?

-La relación con Francia cambió a mejor con Mitterrand en materia de ETA y en parte fue gracias a su jefe de Gabinete, Pierre Bérégovoy, al que luego dejó en la estacada y que acabaría pegándose un tiro al lado del río. Era un tipo muy especial, completamente desaparecido en su caso, de una manera casi enfermiza por la sumisión al patrón. Eso le condujo a aceptar cosas que muy probablemente tuvieron que ver con su final trágico. Él fue el instrumento a través del cual se salvaron vidas en España. Finalmente, acabó siendo primer ministro, algo que no era su destino.

-¿Se corre el riesgo de fusionarse con el presidente?

-Leopoldo era muy atractivo desde un punto de vista moral e intelectual. Podías hablar con él de lo que quisieras, escribía como los ángeles, incluso sonetos en los Consejos de Ministros en lo que se aburría, ja, ja... Tenía mucho atractivo, pero contaba con el freno del escepticismo respecto de uno mismo característico de toda persona inteligente.

-¿Es necesario compartir la ideología con el político?

-No creo que yo pudiera no compartirla, pero entiendo que no sea necesario. Diez años después de aquello, que me cayó como una piedra con 30 años, no lo habría aceptado. A mí me motivaba muchísimo hacer una contribución a mi país. Estaba dispuesto a cualquier cosa aunque no me pagaran. Viví en el extranjero los fusilamientos de etarras de 1970, incluso me manifesté en Bruselas porque estaba en contra de la pena de muerte. El giro que consiguió darle el Rey y el modo en que, de pronto, en junio del 76 se engrana la democracia con Adolfo...

-¿De qué manera distinta influyeron Suárez y Calvo-Sotelo en la Transición?

-Suárez era un ideólogo, un pragmático que supo ver que el mundo iba en otra dirección. Intuyó, sin grandes sistematizaciones intelectuales, que ese era el camino y lo pactó con el Rey. Siempre he pensado que, después, Leopoldo hizo honor a su carrera de ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Hizo ese puente entre la España imposible del 23 de febrero de 1981 y la democrática que nace con la victoria de Felipe González en diciembre.