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26 de junio de 2017. 02:46h

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26/6/2017

El proyecto de Pedro Sánchez tiene poco que ver con lo que la extinta gestora del PSOE y sus referentes tenían en mente. No es un secreto para nadie que Alfredo Pérez Rubalcaba aprovechó la primera caída de Sánchez para ocupar, a través de sus peones, los centros de poder de la dirección federal. Como también es una evidencia, en Ferraz desde luego, que Rubalcaba influyó en el discurrir de todos los acontecimientos que debían llevar a la elección de Susana Díaz como lideresa del Partido Socialista.

Por eso, el choque entre Sánchez y Rubalcaba ha sido y es total. «No hay reconciliación posible», señala un conocido sanchista. El renacido jefe de filas socialista está muy dolido –«no olvidará la afrenta», asegura la misma fuente– y, de hecho, ya ha mandado en las mismas Cortes un mensaje inequívoco a su antecesor al frente de la Secretaría General.

Así, el PSOE, que defendió en privado ante el portavoz popular, Rafael Hernando, la necesidad de dar carpetazo a la comisión de investigación sobre las escuchas practicadas al ex titular del Ministerio del Interior, Jorge Fernández Díaz, está reconsiderando ahora la comparecencia en ella de ex policías, a la que se decía reacio.

De hecho, mientras el propio Rubalcaba trasladó al Partido Popular la conveniencia «por responsabilidad» de cerrar la comisión sin la presencia de ex comisarios, para salvaguardar algunos «secretos» de Interior, Sánchez ha ordenado sumar los votos del PSOE a los de Podemos. ¿Consecuencia? Por esa comisión van a desfilar de momento dos «súper policías» considerados «sensibles»: el ex número dos del Cuerpo Nacional de Policía, Eugenio Pino, y el comisario José Ángel Fuentes Gago. Pero habrá más comparecencias de uniformados.

Hace tan sólo unas semanas, precisamente al PSOE le producía rechazo remover lo que popularmente se conoce con el término «cloacas», que designa concretos sectores policiales a los que se encargan «operaciones especiales». Entre otras razones, para no alimentar el victimismo del secesionismo catalán en un momento tan complejo. Y todo apuntaba a que así sería, porque a todos convenía en ese momento. «Quienes mueven esto no tienen ni idea de las consecuencias que puede tener», alertan sus detractores.

Además, el golpe de mano del renovado líder del PSOE –según cuentan veteranos socialistas– puede tener una derivada institucional: volver a poner en el candelero a la Jefatura del Estado y al propio Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Dos «objetivos» prioritarios del populismo de Pablo Iglesias.

El giro del PSOE es, sin duda, una enmienda a la totalidad, por deseo de su nuevo jefe de filas, para golpear al mismísimo Alfredo Pérez Rubalcaba. Me cuentan en el entorno del otrora todopoderoso ministro del Interior que, efectivamente, ha sentido el «porrazo» directo. La comisión de investigación había nacido con tan poco aliento como para esperar su cierre con el trámite del secretario de Estado para la Seguridad, José Antonio Nieto, después del plato fuerte de las comparecencias de Fernández Díaz, del ex director de la Agencia Antifraude de Cataluña, Daniel de Alfonso, y del ex director general de la Policía, Ignacio Cosidó.

En ello estaba el Grupo Parlamentario Socialista. Así era, cabe insistir, antes de que Pedro Sánchez optase por recurrir al manual de Maquiavelo y considerase que el fin justifica los medios.

La cambiante opinión del nuevo líder de los socialistas confirma que para su tacticismo ni siquiera quedan fuera las razones de Estado. Seguramente por ello, prefiere castigar a Rubalcaba que gestionar con sensatez la delicada orografía política del país. Como si para erosionar a un antecesor en la cuarta planta de Ferraz, considerado «hostil» por el nuevo partido surgido de la legitimidad de la militancia, no importase siquiera hacer tabla rasa.

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