El valiente diálogo de Mila Ximénez con el cáncer: hablan los especialistas

El deseo de la colaboradora de «Sálvame» es apurar cada bocanada de aire, como siempre ha hecho, y ejecutar ese arte del buen vivir al que ahora añade el matiz del «buen morir»

MILA XIMENEZ
MILA XIMENEZ Europa PressEuropa Press

Dice Mila Ximénez que a los 70 años es súper educado morir. Una edad «muy elegante» para hacerlo. La colaboradora de televisión, que padece un cáncer con metástasis, reclamaba el lunes pasado en su programa «Sálvame» el derecho a decidir el siguiente paso en su proceso oncológico. Se explicó entre sollozos, pero desafiante, rompiendo el tabú con ese nudo tan suyo en la garganta que la llena de bravura y dulzura a un tiempo. Unos le afean el gesto, otros aplauden su valentía. ¿Por qué no hablar de ello?

Mila deja claro que, cuando le toque, la tomará de frente y seguramente brindará con una copa. Mientras, su deseo es apurar cada bocanada de aire, como siempre ha hecho, y ejecutar ese arte del buen vivir al que ahora añade el valiente matiz del «buen morir». Es decir, llegar al final de su biografía de la mejor manera posible. Sus palabras erizan la piel: «A mí me dicen que esto tiene una duración de un tiempo y digo: muy bien, yo me organizo». Su mensaje es que el cáncer no va de salir victorioso o de soportarlo quejándose más o menos. En eso coincide con Paola Rivera, psicooncóloga de la Fundación Vivo Sano y experta en cuidados paliativos: «De lo que estamos hablando es de la vida. Es decir, de qué manera quiere una persona vivir con la mejor calidad posible y en coherencia con sus propios valores y necesidades personales, emocionales, espirituales y familiares. La autonomía es un principio ético fundamental que permite decidir qué es importante para uno mismo».

Mila Ximénez en 'Sálvame Deluxe'
Mila Ximénez en 'Sálvame Deluxe'TelecincoTelecinco

Culturalmente, creemos que una decisión como la de la periodista es tanto como tirar la toalla o rendirse. «En realidad, se necesita mucho coraje para saber cuándo parar el tratamiento y discernir qué es lo más importante», puntualiza Rivera. Mila tiene claro que quiere vivir, pero con calidad. Se niega a seguir un camino que empieza a resultarle «muy largo y muy jodido». Está compartiendo con la audiencia las diferentes fases de su enfermedad. Contó su diagnóstico inicial: «Me hicieron un tac y cuando subí le dije: ¿tienes que decirme algo muy malo? Me dijo, sí». Era un cáncer ramificado en diferentes partes. «Mi vida cambia en 20 segundos», reflexionó entonces. A continuación, relataba sus diatribas consigo misma. «Me niego a decir que tengo cáncer, pero creo que debo hacerlo». No solo lo admitió, sino que lo hizo, como acostumbra, llamando las cosas por su nombre y exteriorizando cada una de sus impresiones: «Yo pensaba que me quería menos gente porque soy una persona incómoda en el plató». También ha hablado sin demasiada reserva de los efectos físicos del tratamiento, de su dificultad para peinarse, de las veces que se ha asustado, de la soledad y del cansancio.

Su ritmo emocional no es diferente al de cualquier otro paciente oncológico, según Almudena Narváez, psicooncóloga de Oncare y del Hospital Universitario 12 de Octubre, «la mayoría de los pacientes quieren y necesitan que se les escuche de una forma activa, con empatía y pudiendo expresar los miedos y preocupaciones. Los pensamientos negativos habitualmente cambian cuando se les da un espacio y la carga emocional disminuye». Desde la serenidad es más fácil informarse bien, resolver dudas y seguir el consejo de su equipo clínico. En los comentarios que ha provocado la reaparición de Mila abundan las críticas a su falta de esperanza. Las perspectivas no son las esperadas y eso puede haberle creado un shock tan común cuando uno recibe un diagnóstico. Según explica la psicooncóloga, pensar otra vez en ajustes de vida al tratamiento y en los efectos secundarios genera una nueva crisis vital. La labor de estos profesionales es esencial para tratar el impacto y favorecer la adaptación a la enfermedad y la adherencia a la terapia, reduciendo el estrés y proporcionando al paciente un papel activo.

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Decidir desde la serenidad

¿Qué ocurre cuando uno opta por renunciar a las opciones médicas? «Recibir tratamiento –responde Narváez– no es un deber, es un derecho. Al igual que lo es no querer recibir más tratamientos. Si es así, trabajaremos para afrontar esta decisión en el contexto familiar y en el del propio paciente. Siempre se tratarán los síntomas para tener un día a día lo mejor posible y daremos espacio a todas las necesidades que surjan: físicas, espirituales, psicológicas o socioeconómicas. Nunca se dejará de dar una ayuda activa».

Por mucho que Mila exponga sus miedos u otras emociones, es un trayecto privado y los psicooncólogos están de acuerdo en que sería bueno para todos aprender a abordar el asunto en cualquier momento, sin que importe la edad, la salud, la etiqueta diagnóstica o los años que nos quedan de vida, porque el sentido vital recobra su significado. «Sería importante–explica Paola Rivera–elaborar los miedos con un psicólogo y decidir desde la serenidad y la calma. Es algo que ayuda a soltar el lastre y la angustia que genera la no aceptación y la incertidumbre».