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Marcos García-Montes: “Rocío Jurado hubiera puesto orden desde el principio”

Considerado «el abogado de las estrellas», este letrado llegó a defender a Bertín Osborne, Concha Velasco, Carmen Sevilla y Rocío «la más grande»

Marcos García Montes
Marcos García Montes FOTO: Gonzalo Pérez La Razón

Marcos García-Montes se pasea por los juzgados con la exquisita elegancia de un dandi en el neoyorquino Upper East Side. El gusto refinado, el traje bien cortado y pañuelo acomodado en la solapa. Nunca le falta una pincelada de color como toque de distinción. El bigote, que invita a la caricatura facilona, le da a este abogado madrileño cierto aire excéntrico, incluso decadente, pero guarda una razón que nos desvelará en esta entrevista.

Esteta, erudito, ariete jurídico de Ruíz-Mateos –sin desairar los fabulosos disfraces del empresario gaditano–, azote del felipismo y defensor de la farándula. Su nombre es historia viva de España: Rumasa, Juan Guerra, Filesa, Ibercorp, Roldán, Paesa, fondos reservados, CESID, Wanninkhof, preso español en Guantánamo, Jeremy Vargas… Y el caso Urquijo, su mayor desencanto por lo que debió ser y no fue. En una charla de apenas dos horas describe sin abrumar una apasionante crónica social, política y penal. Una crónica tan populosa de personajes de la farándula que pasa del negro al rosa con asombrosa soltura. Por todo ello, su figura despierta una curiosidad casi de chismorreo, aunque domina a la perfección el arte de dejarse de ver. Por cierto, y enseguida sabremos por qué, cuando muera, ha pedido que le amortajen con la toga y una guitarra en la mano. Ya saben, genio y figura hasta la sepultura.

Es usted el abogado de las estrellas. ¿Le molesta el retintín?

Me molesta la maledicencia. Prefiero quedarme con las palabras de un magistrado del Tribunal Supremo, hace 20 años, cuando me dijo que iba dos décadas por delante de los abogados españoles, o las de otro magistrado de la Audiencia Nacional que me llamó abogado romántico, por mi implicación. Defiendo a quien creo que tengo que defender. Hace tiempo creí que había limpiado España de golfos y sinvergüenzas, pero veo que no la limpiamos del todo.

Zanjemos el asunto del bigote. ¿Cuánto tiene de identidad?

Es un bigote libre y libertario de Mayo del 68. Todos los músicos lo llevábamos como símbolo de revolución social, cultural y política. Igual que rock and roll, significaba inconformismo e insurgencia. Con él llevo en el cuerpo el eslogan de Bob Dylan, «los tiempos están cambiando». Ahora es más de estilo mariscal británico, pero nunca me lo dejaría tipo Clark Gable, aunque sea tendencia.

Defendió a Rafael Escobedo, yerno del matrimonio Urquijo. ¿Qué sensación le deja la vuelta del caso a la actualidad?

Una de mis frustraciones ha sido no meter en la cárcel a los autores. A Rafi le suicidaron en la prisión para que se llevase a la tumba las incógnitas que habrían permitido resolver el caso. Los forenses concluyeron que no tenía capacidad para matar. Llegué a forjar una gran amistad y un cariño especial.

El abogado Marcos García Montes
El abogado Marcos García Montes

Pasó de esto a Rocío Jurado, Bertín Osborne, Concha Velasco o Carmen Sevilla. ¿También su confidente?

Sin humanidad es imposible dedicarse a la abogacía. Soy empático y abro mi corazón al cliente, sin que importe quién es. He sido y soy confidente y amigo de muchas de las celebridades que pasan por mi despacho, pero el secreto profesional es uno de los pilares de la abogacía. Jamás revelaría ningún tipo de información que haya podido conocer en virtud de nuestra relación.

¿Qué pensaría hoy Rocío Jurado del circo montado?

Ella siempre me llamaba «Marcurri», por un íntimo amigo de Pedro Carrasco, y forjamos una gran amistad. Era la más grande como artista, pero sobre todo como mujer. Mis anécdotas con ella son infinitas. Sigo todo esto desde mi obligación de secreto y sé cómo le habría dolido. Ella habría puesto orden desde el principio y no habría tolerado nada de lo que está ocurriendo.

¿Se ha hecho entusiasta de los programas del corazón?

No me interesan. Ahora toman bulto gualtrapas sin más oficio que la venta de su vida privada y sexual.

¿Qué peligro tienen los juicios paralelos?

Hay juicios públicos a los que la ciudadanía no puede sustraerse. Entiendo que el derecho a la libertad de información es sagrado y es bueno que el público sepa cómo funciona la Justicia, también por su función preventiva del delito. Nunca me gustó la justicia críptica, pero una cosa es que se nos informe de juicios relevantes y otra es la perversión de algunos periodistas y tertulianos sin escrúpulos. Es terrible.

De noche se planta la chupa de cuero y ofrece conciertos. ¿De dónde le viene la vena rockera?

Es mi bipolaridad estética. Empecé con el flamenco en edad adolescente y llegué a tocar con Paco de Lucía, cuando todavía era Paco de Algeciras, a quien la mili en Infantería de Marina trajo a Madrid. En 1964, me topé con la portada de un disco con los cuatro melenudos de Liverpool y entonces me hice rockero. Hasta 1971, formé parte del grupo Trébol y luego fundamos Los Íberos. Hemos tocado con Los Bravos, con Sherpa (de Barón Rojo), Los Canarios, Los Brincos… No es un pasatiempo con el que libero tensión, sino mi segunda personalidad, como la de Woody Allen, que renunció a recoger el Oscar para tocar el clarinete en el Bill´s de Manhattan.

El 21 de agosto cumple 74...

Soy una persona sana, no bebo alcohol y hago gimnasia. Dios me dio la capacidad de captar inmediatamente el camino de una defensa y eso me deja tiempo libre para dedicarlo a aquello que me gusta.