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La ideología del «perreo»: ¿de izquierda o de derecha?

Isabel Díaz Ayuso ha puesto sobre la mesa el poder mediático de un polémico género musical que conquista a (casi) todos

Anitta "perrea" a Isabel Díaz Ayuso durante la gala de Los 40
Anitta "perrea" a Isabel Díaz Ayuso durante la gala de Los 40 Los40

No hay perreo sin su pizca de indecencia, taconazos y un body minimalista acabado en tanga. Lento o rápido, si el contoneo de caderas no consigue el impúdico apareamiento perruno, no es perreo. Isabel Díaz Ayuso lo supo en cuanto vio dirigirse hacia ella a la cantante brasileña Anitta al ritmo de «Envolver», durante la gala de premios de Los 40 Principales. Explosiva en anatomía, erotizante en su modo de circunvalar el trasero de derecha a izquierda, de arriba abajo y vuelta a empezar. La presidenta hizo amago de corresponder, pero en cuanto alzó los brazos sintió nostalgia ochentera y prefirió descartar ese ritual que deja poca distancia entre los cuerpos y la habría convertido en carne de memes.

No hubo foto de Díaz Ayuso perreando, pero sí imágenes que han incendiado las redes de la cantante tratando de apropiarse del espacio político con su sensual coreografía. ¿La presidenta debería haber perreado? El reguetón que pone música al perreo triunfa en el mundo y ocupa los primeros puestos en las listas de éxitos. Quien se arranca por este baile debe saber que, una vez empezado, no hay límites. Es superficial, irreverente y enloquecedor. Y eso que ahora el género ha rebajado (y mucho) su contenido sexual y el tono subversivo con el que nació, en las calles de Puerto Rico, hace ya más de dos décadas.

La «playlist» de Sánchez

Lo paradójico es ese salto del «underground» a la política que se destapó cuando Pedro Sánchez dejó al descubierto su «playlist» en Spotify, en 2020. Entre sus gustos musicales dejó ver una lista de perreo, con canciones como «Yo perreo sola» y «Safaera», de Bad Bunny, o «Tusa», de Karol G. Ese día las redes sociales estuvieron a punto del colapso, pero no se ha vuelto a decir nada de si el presidente progresó en sus pinitos, tomó clases de Maluma o siguió algún tutorial. Su homólogo colombiano, Gustavo Petro, tuvo el detalle de retratar en Instagram el encuentro entre ambos, el verano pasado, con dos canciones de fondo: «Bizcochito», de Rosalía, y «Bichota» de Karol G. La anécdota acabó en una disparatada guerra bichota-motomami que se resolvió espontánea.

Mónica García, líder de Más Madrid, también quiso mostrar su vena más explosiva, sensualmente hablando, en la cadena Ser, en plena campaña electoral como candidata a la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Fue el mismo escenario en el que se desmelenó Pablo Iglesias a ritmo de sandungueo, como lo llaman en algunos países, en 2019. Estaba en campaña y aprovechó su paso por el programa «Buenísimo Bien» para menear sus caderas con la música de «La gasolina», de Daddy Yankee. Ni Iglesias ni García consiguieron tocar el suelo con las manos, pero, a juzgar por la euforia del momento, a punto estuvieron de hacer el trenecito con su equipo agarrado a la cintura. A ninguno se le ocurrió aquello que dijo la anarquista Emma Goldman: «Si no puedo bailar, no es mi revolución».

El perreo no encierra ninguna complejidad. Ni se exige la esbelta figura de Anitta ni es necesario separar demasiado los pies del suelo. El hombre, como advierte C. Tangana, lo baila quietecito, poniendo cara «de que no pasa ‘’ná'’». Basta con adoptar la posición «doggy style «(estilo perrito), perder la vergüenza y sentir el «flow» ardiente del reguetón. La última política en intentarlo fue Sanna Marin, primera ministra de Finlandia, durante una fiesta privada que hizo correr ríos de tinta. Tal era su alegría y tal la presión política que tuvo someterse a un test de drogas que arrojó un resultado negativo. ¿Acaso no se puede compaginar perreo y gobierno?

La primera ministra de Finlandia Sanna Marin bailando en una fiesta privada
La primera ministra de Finlandia Sanna Marin bailando en una fiesta privada Captura de vídeo Captura de vídeo

Hipersexualización

Todavía hoy, unos lo consideran obsceno, mientras que para otros supone cosificar a la mujer. El resto lo ve como una celebración del cuerpo. La crítica, según sus defensores, podría esconder un sesgo racista y clasista. Hablar mal del reguetón empieza a ser casi un sacrilegio.

Un estudio de la Universidad de Duke concluyó que la mujer encuentra más dificultad para identificarse con este género por la carga de hipersexualización de la anatomía femenina y la violencia de algunas canciones. Como muestra, Daddy Yankee, el músico elegido por Iglesias para su perreo radiofónico. Es autor de versos como «Castígala, dale un latigazo» o «yo quiero la combi completa. Chocha, culo, teta». No obstante, ahora la mujer perrea igual que el hombre. El camino lo abrió Ivy Queen y la brasileña Anitta lo consagra con una oda al sexo oral.

Por cierto, el reguetón ha logrado lo que no se había logrado en venticinco años: que una canción en español alcanzara el primer puesto en la lista Billboard. La hazaña es de «Despacito», la canción lanzada en 2017 por Luis Fonsi y Daddy Yankee, con un remix posterior de Justin Bieber. Nos guste o no, el reguetón /el perreo va de la mano de un «latin power» que no entiende de ideologías políticas y que cautiva a (casi, casi) todos.