Un paréntesis en la ruptura entre Harry y Guillermo

Juntos, hermanos de nuevo. O al menos lo fueron mientras sabían que el país les observaba. La ausencia de Meghan fue tan notoria como la presencia de Lady Penelope, la amante de Felipe

El duque de Cambridge y el príncipe Harry caminan durante la procesión real en el funeral del duque de Edimburgo ayer en el Castillo de Windsor
El duque de Cambridge y el príncipe Harry caminan durante la procesión real en el funeral del duque de Edimburgo ayer en el Castillo de WindsorVictoria JonesAP

Dejó dicho que no quería un funeral de Estado: “Prefiero un entierro modesto, acorde con lo que soy, un viejo cascarrabias”. Felipe de Edimburgo interiorizó tanto su papel de consorte que quiso representarlo también en su final. Y a ello ha contribuido su familia, volcando en él todo el dolor de la pérdida y, al tiempo, acaparando, sin pretenderlo, el protagonismo que merecía el duque de Edimburgo. Porque cuando el féretro fue sacado a hombros de los Royal Marines del Castillo de Windsor para colocarlo sobre el vehículo fúnebre y tras él se formó el cortejo que lo acompañaría hasta la capilla de San Jorge, fueron sus hijos y sus nietos quienes concentraron la atención de una audiencia más interesada en las cuitas de los vivos que en los honores a los muertos.

El príncipe Carlos iba caminando al frente junto a su hermana Ana. Seguidos por el controvertido Andrés y el hermano pequeño, Eduardo. Y tras estos, los tres nietos varones, Guillermo a la izquierda, Harry a la derecha y entremedias de ambos, su primo Peter Phillips, hijo de Ana, ubicado para mantener la distancia entre dos bandos que aceptaban una desagradable tregua. La reina Isabel cubrió en un vehículo los 200 metros que separan el lugar donde velaron al duque la capilla en donde recibiría sepultura.

Las tropas que le rindieron honores proporcionaron una espectacular coreografía militar que cumplió con precisión lo establecido por la organización: exactamente a las 15:00, hora local, el féretro era dispuesto frente a un altar cubierto por las condecoraciones e insignias del difunto. Las restricciones del covid obligaron a que solo pudieron acceder al templo 30 personas, los más cercanos y queridos por Felipe, entre ellos, Lady Penelope Knatchbull, a la que siempre se señaló como la más íntima de sus amantes. Su presencia era tan notoria como la principal ausencia, la de Meghan de Sussex, persona non grata en Londres a todos los efectos, que encontró en su embarazo la excusa para evitar más tensiones.

Oficiaban David Conner, deán de Windsor, y Justin Welby, arzobispo de Canterbury. En la nave resonaban las cuatro voces que entonaban los salmos elegidos por el propio duque para la ceremonia, sonaban las cornetas de los Marines y los allegados rezaban las plegarias sentados en el coro, donde se situaron por grupos familiares, dejando entre ellos varios asientos por el protocolo sanitario: Carlos y Camila; Guillermo y Catalina; Ana y su marido, Timothy Laurence; las princesa Eugenia y Beatriz con sus respectivos cónyuges...

Solo tres personas no contaban con alguien a su lado en el que buscar soporte. Harry y Andrés, las dos ovejas negras de los Windsor, hacían de ese aislamiento una sentencia. El primero, por renegar de los suyos; el otro, por su relación con el pederasta Jeffrey Epstein.

La soledad de la reina tan solo respondía a su tristeza, que pareció hacerla más pequeña y frágil, y que ella ocultaba tras una mascarilla negra y manteniendo la cabeza inclinada, decidida a que la esposa no ocupara el lugar de la reina. Apenas durante un instante las cámaras pudieron captar el brillo de sus lágrimas. El príncipe de Gales no tuvo tanto reparo en mostrar su desconsuelo por la pérdida de un padre al que tanto quiso y que tan poco le correspondió.

Finalmente, mientras volvían a escucharse las cornetas, se realizó el sepelio en la bóveda real de la capilla. La familia no acompañó el ataúd hasta la cripta. Se despidieron del duque junto al altar, un momento de recogimiento que la retransmisión respetó.

Se volvieron a ofrecer imágenes cuando ya todos abandonaban la iglesia. La reina esta vez a la cabeza. Se detuvo en la entrada para despedirse del deán y del arzobispo. Mientras lo hacía, justo detrás de ella Harry charlaba con su cuñada Catalina, lo que de inmediato atrajo las miradas de televidentes y comentaristas. A su lado, Guillermo hablaba con otros familiares.

La reina tomó el vehículo que la había traído y los demás caminaron de vuelta al castillo. Juntos, Harry y Guillermo. Hermanos de nuevo. O al menos lo fueron mientras sabían que el país les observaba. Tal vez fue un último tributo a su abuelo, la apariencia de un deshielo que, sin embargo, Carlos no se ha mostrado con su hijo. Son muchas las heridas abiertas en la monarquía y la reina tendrá ya como única misión curarlas si no quiere que cuando llegue el momento de realizar el viaje que le llevará de nuevo junto a Felipe, en su cortejo solo haya polvo y cenizas.