Biden, el hiperpresidente

Biden cumple tres meses en la Casa Blanca con un relanzamiento de su agenda social y una celebración de la vacunación récord en un esperado discurso del Estado de la Unión

Joe Biden ha debutado como 46º presidente de EE UU con una pandemia y un país partido en dos mitades
Joe Biden ha debutado como 46º presidente de EE UU con una pandemia y un país partido en dos mitades FOTO: Evan Vucci AP

Joe Biden cumple 100 días desde su toma de posesión como presidente electo. Llegó al poder después de la campaña más tempestuosa de las últimas décadas y de unas semanas posteriores igualmente turbulentas. Ahora toca hacer balance delante del Capitolio. El mismo que un 6 de enero fue asaltado por la turba. Entre los logros más evidentes de estos primeros tres meses destaca sobremanera la campaña de vacunación contra el covid-19. De menos de 100.000 de dosis inoculadas al día Estados Unidos ha pasado a sumar 2,7 millones diarias, de media, durante la última semana.

Los CDC ya han informado que las personas completamente vacunadas pueden pasear sin mascarillas. Ni siquiera el desastre con Johnson&Johnson, las dudas suscitadas por los casos de accidentes coronarios, ha roto la tendencia. Por lo demás Biden, como prometió hace ya meses desde Wilmington, Delaware, sigue intentando honrar el lema de que «nuestros días más oscuros están por delante de nosotros, no detrás de nosotros». A tal fin ha recuperado a colaboradores de Obama, ha peleado para lograr acuerdos en las Cámaras que no acaban de producirse y ha sacado adelante un descomunal paquete de estímulos.

Pero no basta con recapitular: horas antes del discurso del Estado de la Unión el equipo del presidente filtraba las líneas maestras de un plan de 1,8 billones de dólares para invertir educación y cuidados a la infancia. El llamado Plan de las Familias Estadounidenses, adelantado por las principales cadenas de noticias, tiene una doble dimensión, económica, pero también simbólica, pues añade a la agenda de medidas diseñadas para estimular la economía un aroma inconfundiblemente rooseveltiano.

Biden, el moderado, quiere tomar el relevo de los demócratas clásicos y, de paso, revertir algunos mantras reaganitas sin por ello acercarse a las tesis, mucho más disruptivas, de Bernie Sanders o Elizabeth Warren.

Según una fuente cercana a la Casa Blanca, que habló con la CNN, el paquete de medidas estará dividido en cerca de 800.000 millones de dólares para créditos a las familias y más de 1 billón en inversiones públicas. 

Como explican muchos analistas, el clásico paréntesis de los cien días no se corresponde con un oasis real. La situación económica, las urgencias provocadas por la pandemia y la brutal polarización política impiden que este u otro presidente disfruten ya de ningún periodo de gracia. Desde el primer minuto estuvo obligado a demostrar logros. No solo frente a la concurrida parroquia de los opositores, huérfanos del corrosivo carisma de Donald Trump y agrupados detrás de figuras mucho más convencionales, como Mitch McConnell.

Más allá de las vacunas los grandes caballos de batalla presidenciales han sido, en política exterior, la apuesta por el multilateralismo y el pulso con las dos grandes potencias iliberales a nivel mundial, Rusia y China. Con Moscú las relaciones están en punto muerto, aunque pendientes de conversaciones esenciales para cuestiones como las armas nucleares, Ucrania o Siria. Por no hablar de los casos de injerencias del espionaje en las recientes elecciones estadounidenses. Con China, acusada por Washington de crímenes de lesa humanidad, supuestamente cometidos contra las minorías étnicas y religiosas, crecen también los desencuentros. Una minucumbre reciente, en Alaska, terminó entre mutúas acusaciones y comunicados poco amistosos.

La situación en Taiwán, crecientemente amenazada por las disposiciones y apetencias belicistas del gigante continental, así como todo lo sucedido en Hong Kong, donde la democracia sigue crecientemente amenazada, tampoco ayudan. Estados Unidos, con Biden, han intentado recuperar las conversaciones para que Irán regrese al pacto nuclear, que tienen como gran escollo el problema del enriquecimiento del uranio, las sanciones draconianas y los mal disimulados intentos de Teherán por tensar las relaciones geoestratégicas en la región.

En cuanto a la política nacional destaca el problema de la violencia, manifestada tanto en los casos que salpican a la policía como en los numerosos incidentes con tiradores armados que acaban provocando una carnicería.

En cuanto a los asuntos nacionales ninguno más decisivo el gran plan de estímulo económico, que supera con mucho todos los paquetes previos, incluido el de 2008. Las familias con ingresos menores de 160.000 dólares anuales y los individuos con ingresos por debajo de los 80.000 al año recibirán cheques de 1.400 dólares. Para decepción del ala izquierda del partido, no hay subida del salario mínimo federal. Aunque sí estímulos de diversa índole para mejorar la atención sanitaria pública, ayudas a las escuelas y una flexibilización de los requisitos para lograr subsidios relacionados con el seguro médico.

No se beneficiarán los inmigrantes indocumentados, y esta es otra de las grandes críticas que Biden ha recibido de sus aliados más izquierdistas. Los mismos que deploran las imágenes, dantescas, que periódicamente llegan de la frontera, acusan a la Casa Blanca de mantener en lo sustancial las políticas de deportación puestas en práctica por la Casa Blanca de Trump. La promesa de una reforma migratoria, presentada a principios de abril por la congresista por California, Linda Sánchez, y el senador por Nueva Jersey, Bob Menéndez, sigue siendo eso, una promesa, una hipótesis de trabajo.

En el capítulo de los reproches pesan, y cómo, la situación con las armas de fuego, que no pueden regularse sin meterse en las procelosas aguas de la Segunda Enmienda y sin contar con unos consensos inimaginables en este Capitolio. Por cada regreso a la OMS hubo un caso de brutalidad policial y por cada promesa de medio ambiente y cada discurso para una agenda verde, por cada plan para recortar las emisiones de carbono y para ayudar a los países más desfavorecidos, hubo también medidas como la discutida como la retirada de Afganistán, que ha generado malestar no sólo entre los republicanos más globalistas, también entre muchos demócratas concernidos por lo que entienden que es una amenaza no resuelta.

En cuanto a la economía, el paro sigue bajando y el mercado laboral demuestra ser más robusto de lo pronosticado por los agoreros. Pero no está nada claro que la Casa Blanca logre aflorar todos esos millones del fraude con los que pretende compensar la expansión de los gastos. Sea como sea no es fácil gobernar. Mucho menos en unos Estados Unidos rotos en dos frentes casi irreconciliables.

Biden trabaja apurado tanto por los republicanos que añoran a Trump como por los woke que acusan a Washington de todos los pecados posibles. Casi todo lo que ha conseguido ha sido por la vía unilateral del decreto o merced a mayorías demasiado exiguas. En cuanto a la aprobación del público, según la influyente web de sondeos FiveThirtyEight, Biden recibe el aprobado del 54% de los estadounidenses.

Un número bastante más alto que el 42% que adjudicaban a su antecesor por estas fechas, pero esto tampoco significa demasiado: Trump nunca necesitó grandes consensos para luego arrasar en las urnas. Con todo, y descontado Trump, «la aprobación de Biden sigue siendo la más baja que la de cualquier otro presidente recién elegido desde Dwight Eisenhower en 1953». Influye la brecha partidista. Hasta el punto de que Biden recibe la aprobación del 96% de los votantes demócratas por apenas el 11% de los republicanos, que ni siquiera aplauden su gestión de las vacunas (apenas el 30%).