El opio de Afganistán, el otro botín que se quedan los talibanes

Los islamistas afganos prometen eliminar los cultivos ilícitos, que han sido hasta ahora una importante fuente de financiación

Agricultores afganos recogen opio en bruto en los campos de amapolas de Jalalabad. La producción de opio batió récords durante la pandemia
Agricultores afganos recogen opio en bruto en los campos de amapolas de Jalalabad. La producción de opio batió récords durante la pandemia

Afganistán es el mayor proveedor mundial mundo de opio, base de la heroína, el país de donde salen el 84% de los suministros, según la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC). Este lucrativo y boyante negocio, que representa una buena porción del PIB del país, quedará totalmente en manos de los talibanes. Si bien el portavoz Zabihullah Mujahid ha prometido que quieren eliminar la producción de opio en el país, los analistas consideran que se seguirán aprovechando de los beneficios económicos de este cultivo, como ya hicieron en el pasado, y alertan del riesgo de que Afganistán se convierta en un narcoestado.

Durante la gestión talibán al frente del país entre 1996 y 2001, los radicales islamistas frenaron el cultivo de amapola con el fin de buscar legitimidad internacional, pero la decisión encendió el malestar entre los productores locales. Finalmente los talibanes acabaron por aceptar este cultivo y los expertos creen ahora que la producción del opio aumentará el caos derivado de la nueva situación política en Afganistán.

Desde el inicio de la invasión afgana de Estados Unidos en 2001, el cultivo de la amapola registró un crecimiento considerable (en 2020 había 224.000 hectáreas de adormidera; en 2001 eran 8.000 hectáreas) pese a que se pusieron en marcha campañas para la erradicación de la amapola con ataques aéreos y redadas en laboratorios sospechosos. EEUU invirtió hasta 9.000 millones de dólares para combatir la producción, pero nada ha frenado esta poderosa industria de la que se benefician los talibanes. De hecho, la ONU calcula que ganaron 466 millones de dólares por la comercialización del opio.

Durante décadas, el opio ha sido una fuente de ingresos extraordinaria para los habitantes de uno de los países más pobres del mundo. No siembre fue así. En los años 50 y 60, el escaso comercio de opio estaba controlado por la familia real, liderada por el rey Mohammed Zahir. Tradicionalmente, los agricultores afganos han cultivado amapola y extraído goma de opio que se refina en morfina y heroína. Las sequías no han sido un obstáculo para el sector, donde se ha recurrido a la instalación de paneles fotovoltaicos, de fabricación china, para alimentar pozos de agua subterráneas y poder así regar las plantaciones.

Los grandes beneficios de este cultivo se los quedan los señores de la guerra y funcionarios del Gobierno corruptos. El cultivo de esta droga solo facilita la labor de los insurgentes y los opositores. La ONU estima que estos grupos percibieron entre 116 y 184 millones de dólares por medio de “impuestos” que gravan la producción en 2017. Ahora, los talibanes sacarán provecho de este sector como ya lo hicieron en el pasado, imponiendo tasas sobre la producción y un peaje sobre los camiones que llevaban la cosecha.

Se calcula que más del 60% de la financiación de los talibanes durante la guerra procedía del comercio de opiáceos. Lejos queda su política de prohibición de las drogas ilícitas impuesta desde 1996, cuando la decisión de los talibanes de acabar con los cultivos ilícitos a cambio de ayudas internacionales provocó el empobrecimiento de la población y dio como resultado un proceso migratorio hacia otros países y un deterioro de las condiciones de vida de los locales.

Datos de la Oficina del Inspector Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR), dependiente del Gobierno de EEUU, indican que el valor de la producción en 2017 se situó cerca de los 6.600 millones de dólares, lo que incluye el valor de venta de 900 toneladas de heroína de buena calidad. Se estima que el año pasado, el sector dio trabajo a 354.000 trabajadores locales e inmigrantes y que los salarios duplicaron los de otras actividades agrícolas. Los narcóticos ilícitos son “la industria más grande del país, excepto la guerra”, ha dicho Barnett Rubin, ex asesor del Departamento de Estado sobre Afganistán.

Como señala la ONU, el problema del opio no atañe solo a Afganistán. De hecho, los grupos afganos reciben generalmente los beneficios de la producción, mientras que su venta y distribución se producen en países de Europa y Asia, generando cantidades muy superiores. En 2015, por ejemplo, se estima que el tráfico de opio y heroína generó cerca de 28.000 millones de dólares, más que el producto interior bruto de Afganistán.

La contrapartida de este negocio es la violencia y la consiguiente inestabilidad, lo que desalienta la inversión pública y privada, tal y como señala un informe de Naciones Unidas. “Esto conduce a un círculo vicioso en el que la inseguridad, a su vez, incentiva la producción de drogas, que en el caso del opio ha aumentado un 63 % en el último año”, señala la citada fuente.

Este perverso caldo de cultivo hace que el país desaproveche los ingentes recursos minerales que hay en suelo afgano, donde se han detectado grandes reservas de lantano, cerio, neodimio, cobalto, litio, cobre, hierro, aluminio, oro, plata, zinc y mercurio. Un informe del Pentágono de 2010 calificaba a Afganistán “la Arabia Saudí del litio”. Para muchos analistas, esta es una de las claves que explica el posicionamiento de China y Rusia hacia el nuevo régimen talibán.

En 1997 un campesino y productor local de opio respondió a la amenaza del presidente Jimmy Carter sobre usar armas nucleares como parte de una respuesta a la invasión soviética de Afganistán en 1979 con esta respuesta: “Estamos cultivando el opio y exportándolo como una bomba atómica”.