Las cincuenta sombras de Fernando Simón

Fernando Simón ha roto con el modelo del machote bravucón al que nos tiene acostumbrados el Congreso (como ya lo hizo Errejón en su momento y a su manera, causando sensación)

Hay que ser modesto, aunque uno no lo parezca, y en caso de imposibilidad, yo diría que hay que aparentar modestia, aunque uno no lo sea, sobre todo si lo que se pretende es resultar atractivo. Pocas cosas hay menos seductoras, háganme caso, que un hombre vanidoso o un hombre pedante, dos atributos que desgraciadamente suelen adornar a la misma clase de sujeto. Aquel que, pese a su gran empeño en disimularlo, es poco inteligente o se siente inseguro.

De esos hombres altaneros, soberbiones, todos conocemos algunos casos, y más en la primera fila política, que últimamente se ha convertido en una especie de cuadrilátero de lucha mexicana con mascarillas en vez de caretas… Ah... pero en medio de toda esa petulancia agotadora, fuera de partidos, ideologías y géneros, surge como agua fresca en el desierto, como humilde y bella flor silvestre en medio de la broza, Fernando Simón.

Hemos de reconocer que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, es un hombre con mucha singularidad física y síquica independientemente de las controversias que genera cada día la gestión del gobierno de la COVID-19.

Primero esa voz, afectiva y modesta, en contraste con el engolamiento de la mayoría de los (y las) que comparecen a diario. Y ese aspecto de inventor o profesor chifladito a punto de estallar una máquina de su creación a medio camino entre Albert Einstein y Geppetto.

Y luego esa dulzura con la que podría protagonizar la última película de Disney dirigida por Tim Burton, o una nueva entrega de Amelie (Dios no lo permita)… Entonces, nos vamos a su currículum y descubrimos un hombre culto, cosmopolita, abierto, aventurero y filantrópico. Un médico, especializado en Epidemiología y en Medicina Tropical en Londres, casado con otra médico especializada en enfermedades, también tropicales, que juntos emprenden una vida trabajando lejos de la comodidad Europea (a veces como voluntarios) adentrándose en países como Mozambique, Burundi, Somalia, Tanzania o Togo y en América otros tantos países como Guatemala o Ecuador.

Como si los problemas del “primer mundo” se les quedaran pequeños a esos dos grandes humanitarios, para sus corazones altruistas y sus idealismos, buscando escenarios donde hacer el bien a pecho descubierto, a riesgo de sus vidas.

Cuando lo escucho y lo veo compareciendo tranquilo, con sus elegantes (por ser cero pretenciosas) prendas en tejidos naturales como el lino y en colores neutros y frescos, no puedo evitar imaginármelo, tocado con salacot, en la selva amazónica con su mujer, abrazados a sendas crías de gorilas en medio de una peligrosísima misión epidemiológica. ¿Ustedes no?

Fernando Simón tiene un estilazo y no estoy hablando de moda ni de peluquería, que no están nada mal, su estilo es lo que yo llamaría “buen estilo”, gentileza, maneras, educación, amabilidad. En él no hallaremos ni rastro de narcisismo, ni agresividad, no hay ira, digamos que es lo contrario de su jefe y el de todos, Pedro Sanchez (siempre apretando los dientes, después de abrillantárselos con la punta de la lengua, como Gastón).

Fernando Simón derrocha ternura (con sus almendritas) y sospecho que también humor. Ambas, dos caras de la misma moneda y cualidades del hombre inteligente (¿Sabían que habla seis idiomas?).

A pesar de ello, Simón tiene que vérselas cada día con las durísimas críticas procedentes de sus muchas contradicciones (“España no va a tener más que algún caso diagnosticado de coronavirus” dijo), de la falta de previsión del departamento que asesora y de las idas y venidas durante la pandemia que han llevado a muchos a increparle con lo increíble: ¡asesino! Cuánta rabia nos tenemos que sacudir de encima los españoles.

Que se califique a un médico tan generoso como él de asesino manifiesta el maniqueísmo loco y la irracionalidad que una sociedad puede llegar a desplegar en momentos de crispación.

Pero vamos, que tampoco se le ve muy afligido (tuvo que afrontar en África la guerra civil que se desató entre los hutus y los tutsis, entre 1993 y 1999), además, su fandom es increíble. Fernando Simón ha roto con el modelo del machote bravucón al que nos tiene acostumbrados el Congreso (como ya lo hizo Errejón en su momento y a su manera, causando sensación).

Las RRSS lo han coronado como el nuevo icono pop, la nueva lovely brand, con diversos clubs de fans que fabrican hasta camisetas con sus frases más memorables.

Algunos medios ya lo califican como el adalid de la nueva masculinidad y hasta de mito sexual, con sus cejas, su rebequita ¿quieren creerlo? Dicen que representa la masculinidad perfecta postmoderna, frente a la otra, la masculinidad común que llaman tóxica.

Yo, queridos, con todo respeto, me temo que quienes dicen eso nunca han tenido cerca a un señor seguro de sí mismo, puesto que la impertinencia, dañina, insecticida (virulenta) en hombres y en mujeres (y hasta en niños) ha existido siempre, al igual que el individuo modesto y sencillo, que no alardea porque no le hace falta.

No exageremos, todos estamos hartos del clima de belicosidad y suspicacia que se respira, Fernando Simón, el afable, sí, pero de ahí a Fernando Simón, el sexi, hay muchos test por hacer.