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De prodigiosa a invivible

Tiempo de lectura 2 min.

06 de agosto de 2018. 21:11h

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Lucas Haurie.  7/8/2018

No es la coherencia la virtud menos llamativa de doña Ada Colau, desde luego, que cumple a rajatabla en la Alcaldía la promesa que hizo en campaña electoral: «No respetaré las leyes que no me parezcan justas». A imagen y semejanza de su regidora, muchos barceloneses adoptivos u oriundos ignoran la norma según les pete. Ellos no lo saben, porque su ignorancia es minuciosa y enciclopédica, pero se trata de una reinterpretación del concepto de libre albedrío muy en consonancia con las iglesias evangélicas más rigoristas: consideran que sólo en el Juicio Final, ante el Altísimo, rendirán cuentas de sus actos mundanos. Sus administrados han abrazado esa doctrina, digo, idónea tal vez para hozar en una comuna hippie pero del todo disolvente para la convivencia democrática. Así, esa prodigiosa (Eduardo Mendoza) ciudad que es Barcelona se está convirtiendo en un «far west» invivible y el verano en los aledaños de Las Ramblas es un periodo harto peligroso, como la semana de San Valentín en Chicago. A un ejército de okupas no les parece justo pagar el alquiler de la casa que habitan y ahí viven por millares en un ecosistema de alegalidad creado especialmente para ellos por la (presunta) autoridad; a los manteros no les parece justo permitir el tránsito de los carritos de bebé y apalean hasta el borde de la muerte a un ciudadano que les recrimina su actitud; a los narcos magrebíes de El Raval no les parece justo que los narcos asiáticos de El Raval les disputen las esquinas y los apuñalan a plena luz del día con testimonio videográfico incluido, como disuasión para futuros rivales... Es sólo la crónica de un fin de semana cualquiera. Mientras, todos los afanes de la alcaldesa se focalizan hacia la (indeseada para ella) presencia del Rey en el aniversario de los atentados de hace un año.

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