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Todo era verdad

Sevilla.

Tiempo de lectura 2 min.

03 de julio de 2018. 20:15h

Comentada
Enrique Miguel Rodríguez.  Sevilla. 4/7/2018

Les adelantaba el domingo mi viaje a la costa amalfitana italiana y mi miedo a la idealización que durante años me había forjado. Como tantas veces pasa, al contrastarla con la realidad todo quedará a la altura de la selección española de fútbol en Moscú. Afortunadamente, todo respondía a lo esperado, incluso el factor humano añadió atractivos al viaje. También pongo en el haber la comparación de los servicios españoles, que tanto criticamos, con los italianos. El aeropuerto de Nápoles es correcto, pero a leguas del sevillano, que ha sido premiado como el segundo mejor de Europa de tipo medio. Teníamos alquilado un coche. Las oficinas de las agencias no están en el edificio central. Tienes que ir andando más de diez minutos por un asfalto que no ha sido limpiado desde la caída de Mussolini. Llegas a una especie de parada donde te recoge un mini bus que te lleva hasta el lugar donde se realizan las operaciones, que también desconoce lo que es un servicio de limpieza. Una vez resuelto el coche, uno de los amigos que conduce bien y a la italiana, que es un grado superior, se hace cargo del vehículo. Una vez que sales de la autovía empiezas la subida interminable de acantilados altísimos. Hay una vegetación de un verde intenso como esmeraldas y, si miras hacia abajo, un mar azul total. Para que el viaje sea único, te ofrecen el gran espectáculo. «En coche y a lo loco», que consiste en que la intrincada carretera tiene un solo carril de ida y vuelta, y no precisamente ancho. Ningún tipo de arcén, al centro línea continua que prohíbe cualquier adelantamiento, las curvas son continuas y por ahí transitan todo tipo de coches, autobuses y motos que pasan milagrosamente a toda velocidad entre el pequeño espacio que queda. El más difícil todavía: te vas encontrando vehículos aparcados que dejan la carretera con un solo carril. Tampoco es raro que un coche adelante en plena curva, teniendo que frenar al borde del infarto. Una vez que llevas unos kilómetros recorridos y has comprobado que alguna protección celestial tiene el lugar, te relajas y disfrutas de tantas emociones. Mañana más.

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