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10 años sin «Cata», la muerte que destapó los clanes de la noche madrileña

Se cumple una década del asesinato de Catalin Stefan a las puertas de la discoteca Heaven de Madrid. Su muerte abrió la mayor operación policial contra el crimen organizado, con más de 100 detenidos

  • Catalin Stefan nació hace 41 años en Brasov (Rumanía) y llegó a España en 1999. Su asesinato dejó una mujer viuda y dos niños de sólo 5 y 3 años
    Catalin Stefan nació hace 41 años en Brasov (Rumanía) y llegó a España en 1999. Su asesinato dejó una mujer viuda y dos niños de sólo 5 y 3 años

Tiempo de lectura 8 min.

13 de enero de 2019. 11:14h

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Laura L. Álvarez 13/1/2019

Solía llevar un cuchillo de remate encima pero hacía un tiempo que también salía de casa con armas de fuego. Una semana antes de cometer el crimen que le condenaría a 23 años de prisión, Carlos Monge, «El Cuchillos», las mostraba orgulloso a un conocido. «Mira cómo voy yo, mira: una y dos», dijo abriéndose la chaqueta y mostrando la sobaquera con sendas pistolas. Puede que una fuera la Glock que el fin de semana siguiente utilizara para acabar con la vida de Catalin Stefan Craciun, un portero de discoteca rumano de 31 años a las puertas de la sala Heaven. Ocurrió un 12 de enero de 2009 y este fin de semana se cumple justo una década.

Lo que parecía un homicidio más en la turbia noche madrileña de aquellos años –cuando la lista de muertes violentas rozaba el centenar al año– supuso el punto de partida de la que calificaron como la mayor investigación contra el crimen organizado. Se dijo que aquello era, en realidad, un ajuste de cuentas entre mafias que se disputaban el control de las discotecas de la capital; un caramelo millonario: quien tenía a sus hombres en la puerta, controlaba la droga que se movía dentro. Pero lo cierto es que, diez años después, nada de esto ha quedado acreditado.

Aquella noche «El Cuchillos», que hoy tiene 46 años y disfruta ya de permisos penitenciarios, estaba celebrando el cumpleaños de un conocido en la sala Joy Eslava. Quienes trataron con él aquella época dicen que se dedicaba a dar palos a pequeños traficantes para robarles la droga, que tenía un problema con el alcohol y la cocaína y que era un «broncas», motivo por el que tenía prohibido el acceso a varias salas de Madrid, entre ellas, la Heaven, situada en la plaza de Ópera y donde trabajaba «Cata». Aunque en el juicio que se celebró por la muerte del rumano dijo que había quedado allí con una chica que se llamaba Laura, al parecer, fue un colega quien le dijo de pasarse un momento por la Heaven, muy cerca de la Joy. «No, que a mí no me dejan entrar», le dijo. Pero, pasado un rato, lo intentó. Pasó sin problemas el primer filtro de seguridad porque los porteros no le conocían. Bajó las escaleras y en la puerta de entrada al local, había un segundo filtro. Allí estaba Cata, que sí le conocía porque un año atrás ya le echó de otro local y Monge parecía que le tenía respeto desde aquello. Le recordó que tenía prohibido el acceso. «Venga, sólo una copa», replicó «El Cuchillos». «Que no», contestó el rumano. Pero Carlos trató de pasar por las bravas. Cata lo impidió a la fuerza y Monge cayó al suelo. «¿Lo entiendes ahora?», le dijo el rumano. Cuando Monge se levantó parecía que se iba y comenzó a subir las escaleras. Un escalón, dos, y, desde el tercero, sacó su Glock 19, que ya llevaba amartillada, y abrió fuego contra «Cata». Dos proyectiles atravesaron el cuello y el abdomen del portero y le produjeron un shock hipovolémico que provocaron que sus más de 100 kilos de peso se desplomaran allí mismo. El rumano falleció pero no fue el único blanco de Monge que, preso del miedo, siguió disparando sin criterio. Dio a otros dos encargados de seguridad y, al huir a la carrera del lugar, todo el que se cruzara con él, recibía una bala. Dos compañeros de «Cata» resultaron heridos pero Alejandro Rojas, un relaciones públicas de la Joy Eslava, murió. En el juicio, celebrado en 2012, nunca se pudo demostrar que fuera «El Cuchillos» por contaminación de pruebas aunque la bala que le mató salió de la misma Glock. La muerte de este chaval de 24 años quedó, por tanto, impune. Unos cuantos compañeros de Cata lograron frenar esa huida pero, antes de la llegada de la Policía, le propinaron una paliza. «Si no llega la Policía en ese momento le hubieran matado», asegura un conocido. Monge quedó detenido esa misma noche aunque tuvo que pasar unos días en el hospital.

El 2009 había empezado fuerte. Cuatro días antes del asesinato de «Cata», un sicario armado con una pistola del calibre 9 corto y silenciador había entrado en la habitación 537 del hospital 12 de Octubre para disparar contra Leónidas Vargas, un narco de 59 años considerado el jefe del cártel de Caquetá. Los agentes tenían trabajo aquellos días porque, además del narco y, aunque asunto del Heaven quedó «policialmente resuelto», acababa de arrancar la famosa «operación Edén», que acumulo más de un centenar de detenidos y puso sobre la mesa la guerra que supuestamente existía en la capital por controlar la noche. Por un lado, estaba el clan de los búlgaros, a quienes llamaban «Los rompecostillas» y «los boxeadores» –con «Ivo el búlgaro» a la cabeza– y, por el otro, «Los Miami», con Juan Carlos Peña Enano o los hermanos López Tardón a los mandos. Se dijo que el fallecido pertenecía a los primeros y el asesino a los segundos y que aquel homicidio respondía, en realidad, a un ajuste de cuentas entre ambos grupos. «Monge no trabajó nunca para “Los Miami”, que dejaron de existir en los 90 tras el enfrentamiento de los Tardón con Peña Enano. “El Cuchillos” hizo de recadero alguna vez para éste último: llévame este paquete aquí, trae un sobre de allá... Ya está», explica un conocedor de la noche.

La instrucción de «Edén» contó con el polémico juez Santiago Torres a la cabeza, hoy abogado, que no ha querido hacer declaraciones al «tratarse de un asunto de su etapa como juez». Este magistrado ya le había hincado el diente a la noche madrileña al instruir la también famosa «operación Guateque», otra macrocausa cuyo objetivo era destapar una trama de sobornos para agilizar la concesión de licencias municipales. Fue sancionado por «retraso injustificado» en el procedimiento y, cuando se celebró el juicio, finalmente, la Audiencia Provincial absolvió a los 30 acusados al anular todas las pruebas contra ellos.

Pero «Edén» corrió incluso peor suerte porque no llegó ni a juicio. Fue archivada en instrucción tras un demoledor informe en contra de la Fiscalía, aunque el juez Torres ya no estaba en ese juzgado.

«Es que metió ahí a medio Madrid. Todo el que tenía algo que ver con la noche, iba para dentro», dice uno de los implicados que recuerda cómo, con el paso del tiempo, se iban «cayendo los imputados» de la lista. La causa, finalmente, fue archivada en julio de 2017 tras un durísimo escrito de la fiscal Antonia Guijarro, que pedía al juzgado 32 (ocupado ya por Rosa María Freire) su archivo. Así, la jueza Freire, que reconoce a este diario que se encontró el caso en «una fase procesal en la que no tenía margen de maniobra», ordenó el cese de las medidas cautelares que pesaban sobre los todavía imputados que quedaban y les devolvió el pasaporte. Fueron 200.000 folios de instrucción que, a criterio de Guijarro, estaban plagados de irregularidades. El punto más criticado, la cantidad de teléfonos intervenidos «sin fundamento» por el Grupo XVI de la Udyco, simplemente por «sospechas». La representante del Minsiterio Público recordó que es necesario la presencia de «fuertes presunciones» para autorizar una medida tan invasiva. Así, todo el trabajo policial de aquellos años fue directamente a la basura. Para la jueza Freire, que heredó el juzgado de Torres en 2014, no fue ninguna sorpresa: «Era una forma de trabajar aquí», explica a este diario. Las cifras hablan solas: se encontró el juzgado con 1.200 causas y ahora tiene 150, cifra similar al resto de juzgados. «Es el problema de las macrocausas estratosféricas y por eso se cambió el sistema de reparto en los juzgados». Freire lamenta la «enorme frustración» que genera esa situación e incide en la importancia de una buena instrucción judicial porque, sino «es trabajar para nada» y pueden quedar culpables en la calle. «Cuando un policía te viene con sospechas hay que decirle: sigan trabajando y vuelvan más tarde. No se puede autorizar la interceptación de las comunicaciones para buscar indicios. Los indicios son los que tienen que motivar esa medida», señala. El precio no es sólo trabajo estéril para los funcionarios. Una empresa de seguridad que trabaja con empleados de Europa del Este asegura que la cantidad de clientes que perdió a raíz de aquello supuso enormes pérdidas económicas. «El daño que nos hicieron ya es irreparable y la etiqueta sigue ahí, por mucho que no hayan demostrado ninguna mafia búlgara en Madrid».

LOS MIAMI, A LA ESPERA DE JUICIO

Una pieza de esta causa acabó en la Audiencia Nacional. Es la llamada «operación Colapso», la instruye el juez Ismael Moreno y se encuentra pendiente de juicio. Se sentarán en el banquillo los hermanos Álvaro y Artemio López Tardón, cabecillas de «Los Miami» a quienes les encontraron 25 millones de euros en un zulo. Otros de los personajes conocidos de esta causa son Ana María Cameno, la «Reina de la coca», a quien pillaron 300 kilos, y el famoso traficante Lauro Sánchez.

«Los amigos de mi marido siguen ayudándome»

En el fragor de aquella supuesta guerra entre mafias nadie se paró entonces a mirar quién había detrás de la víctima. «Cata», que hoy tendría 41 años, dejó una mujer y dos hijos que hoy tienen 14 y 16 años. Su mujer, Elena, se emociona al recordarle y explica a LA RAZÓN la tragedia que fue para ella verse, de repente, sola en España: «Un cambio de vida muy duro de la noche a la mañana». La pareja comenzó su noviazgo en su pueblo natal, Zarnesti (provincia de Brasov, Rumanía, donde Cata fue enterrado) cuando ella tenia 15 y él 18 años. Llegaron a España en 1999 y formaron aquí una familia. Cata montó una empresa de construcción con su cuñado y comenzó a trabajar los fines de semana en la noche hasta que pasó aquello. «Ha sido el hombre de mi vida, he aprendido mucho con él. Era muy buena persona y por eso tiene los amigos que tiene». Unos amigos que, a día de hoy, siguen ayudando económicamente a esta mujer. «Era la persona más pacífica que he conocido y un trabajador excepcional. Tenía mano izquierda para resolver problemas hablando y eso que en la noche tienes que lidiar con mucha gentuza», asegura un buen amigo. «Nos hizo mucho daño que nos tacharan de matones cuando lo que evitamos, precisamente, es muchas muertes entre gente que pelea cuando bebe. Los que vimos cómo murió seguimos con estrés postraumático. Fue la mala suerte de estar en el momento y el lugar equivocado. Sólo eso. No hay mafias detrás», asegura.

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