La Cuesta de Moyano, un lugar donde los libros son sagrados

Es el lugar para buscar libros que esperan nuevos dueños. Autores como Javier Sierra se convirtieron ayer en libreros como dique de contención a su declive

Un lector curiosea libros en una de las librerías de la Cuesta de Moyano CONNIE G. SANTOSLA RAZON

Romanticismo y casticismo. Puede que no haya palabras mejores para calificar lo que significa la Cuesta de Moyano para miles de madrileños que, desde 1925, pasean por sus casetas de madera cual excursión urbana para encontrar «el libro», o varios, con los que alimentar el conocimiento. Publicaciones que acaban de salir del horno de la imprenta o volúmenes que han conocido más de un dueño y que ahora esperan a otros. El paisaje físico y emocional de la Cuesta de Moyano son sus libreros, y los golosos –que aún quedan, y muchos– de los libros en papel.

Ayer se celebró el Día de las Librerías. La asociación Soy de la Cuesta y el Ayuntamiento unieron sus fuerzas para apoyar «Librero por un día». A ella se sumaron muchos autores que ejercieron el oficio de azuzar a los lectores para comprar un ejemplar y asesorarles, si se necesitaba, en sus compras en el marco de #MadridSubeLaCuesta, una propuesta del Consistorio –estuvo presente la delegada de Cultura, Turismo y Deporte, Andrea Levy– para apuntalar un sector que, como otros muchos, se marchita y más aún en la Cuesta de Moyano, a la que se pretende darle su sitio y no convertirse en un monumento inerte de Madrid. Entre los autores estaban Javier Sierra, Rosa Montero, Eloy Tizón, Carlos del Amor, Javier Santamaría y Nagore Suárez.

Curiosos y clientes de toda la vida pasearon ayer por esta cuesta del saber, mientras que los propietarios y empleados de las casetas observaban el trajín de periodistas y escritores con ese sosiego que siempre ha existido en este lugar. «Ya antes de la pandemia estábamos en crisis, pero ahora se ha agudizado y cuesta entenderlo porque son las únicas librerías que están al aire libre... Será porque la gente tiene miedo. De lunes a viernes vienen pocas personas. Es durante el fin de semana cuando se anima un poco», dice un empleado de la segunda generación de la librería Pepe Berchi.

Carmen Rivas, «La caseta de la música», señala con el dedo como culpable del declive –que es de esperar que no sea irreversible– a las compañías de comercio electrónico y, ¿por qué no? también a los compradores. «Ponlo, para que se sepa: he visto a jóvenes que hacían fotos de los libros para luego pedirlos por correo a esas empresas extranjeras». Rivas que sigue aquí por fidelidad a su marido, que falleció, insiste en la «competencia desleal». Sin embargo, todavía quedan personas que se acercan con devoción, como un extranjero, que visita Madrid una tres veces al año. «Me encanta la variedad de temáticas y autores y, sobre todo, porque aquí está poscrita la palabra temida por cualquier lector: ''Descatalogado''. Es tremenda porque significa la muerte de un libro. Aquí no existe: si no tienen el volumen que buscas lo encuentran. Son unos resistentes».

Y aquí siguen como fue el deseo de numerosos autores – entre ellos Pío Baroja, que en 1925 demandaron al Consistorio: «Construir una Feria Permanente (…) que verían con sumo gusto que la instalación fuese en un sitio bien visible y de fácil acceso». Esa es la esencia de la Cuesta de Moyano y que dure por muchos años.