Ucrania: ¿tu 2 de mayo?

En la primavera de 1808 las gentes del común saltaron a las calles para lavar su orgullo de los abominables soldados imperiales

Los fusilamientos 
del 3 de mayo en el 
Madrid de 1808, de 
Francisco de Goya
Los fusilamientos del 3 de mayo en el Madrid de 1808, de Francisco de Goya FOTO: La Razón La Razón

Vuelvo a tener los mismos rechazos emocionales que hace unos meses: ni ver las noticias, ni escucharlas. Compungido por tantas lágrimas de niños, admirado por el esfuerzo de unas madres que han de explicarles lo inexplicable, y arrobado ante los varones que van a la guerra para defender su patria (y todo lo que eso implica), vuelvo a vivir absorto otra vez ante la realidad en que vivo. No quiero ni pensar qué sería de mí si me hubiera de enfrentar a la ignorancia de saber el paradero de mis hijos, en medio de unos bombardeos «quirúrgicos» y de «precisión».

Avanzaban las últimas décadas del siglo XVIII cuando corrieron las noticias que venían de Francia contando que había una revolución que se llevaba por delante todo. Hasta el cuello de los reyes. A este lado del Pirineo, el pobre Carlos IV (fácil de juzgar, sí; imposible de saber qué podría haber hecho cada cual en su lugar), se veía involucrado en el natural cierre de fronteras dejando en manos de la Inquisición la persecución de lo revolucionario, o la declaración de la Guerra a la Convención (1793-1795) en cuya paz de Basilea se cedió parte de la Isla Española a cambio de mantener la unidad peninsular de las Vascongadas.

La galofobia anidó entre los españoles. Sin embargo, también acampó la galofilia. En cualquier caso, aquella España de fi nales del siglo XVIII siguió con sus asuntos, con sus exploraciones científi cas, con su desarrollo cultural, con tibios avances técnicos. Aun a pesar del primer ministro y la vida cortesana. Corrían voces por España de novedad.

La Independencia de los Estados Unidos se había iniciado en 1775 y consumado en 1783. En 1789 había tenido lugar el inicio de la Revolución Francesa y el 3 de mayo de 1791, aunque con escasa repercusión en España, Polonia había proclamado su primera Constitución.

Al son de ese ambiente del que se hacía eco el Consejo Real, el pueblo escribía. La proliferación de pasquines y obras de mayor extensión, de baja calidad intelectual, pero de alta capacidad de movilización sentimental, proliferaron por España. También encendidos sermones desde los púlpitos y palabras enardecidas expresadas en tertulias culturales, pero palabras al fin.

Para los más cortopensadores, lo de la Revolución no sería más allá de un aviso divino para reconducir las cosas a su ser, de tal forma que con ella y su violencia, se expiarían no pocos pecados. Para los jesuitas, la Revolución era producto de las desviaciones jansenistas.

Sin embargo, otros conocieron el sabor del escarmiento. Fue el caso de Pablo de Olavide. Nueve meses de cárcel en Francia, le sirvieron para reflexionar sobre sus ideas más recientes y extremas e implorar una suerte de perdón nacional en España con la edición de su El Evangelio en triunfo, o la historia de un filósofo desengañado (4 vols., Madrid, 1797). En el Evangelio en triunfo, se recogen los principios argumentales de un converso militante.

Lo fascinante de aquel movimiento cultural, la Ilustración, que no fue solo español naturalmente, ni originario de España, radica en cómo se expandió por todas las capas sociales con capacidad de leer.

Antes pues de la Revolución, vientos de cambio soplaban con entusiasmo por España. ¿Era necesaria, para el cambio social, una revolución?

Lo que podría haber sido un pausado camino de renovación, lo que estaba siendo durante los reinados de Carlos III y Carlos IV, un pausado camino de renovación, se fue al garete gracias a los sucesos de abril de 1808, la imagen de España para Napoleón y los acontecimientos de mayo –en adelante- de ese mismo año.

¡Pero no por ser ilustrados, o aspirantes a ilustrados, se tenía que ser afrancesado!, si afrancesado era el colaboracionista con el gobierno de José I tras el 2 de mayo. Esa primavera y ese verano (¡19 de julio, Bailén!) marcaron el cambio de mentalidad de muchos. De esos que habían seguido sumisamente al «gobierno intruso», que habían rendido pleitesía por mor de las mil razones que nos podemos imaginar, pero que ante las matanzas y la guerra, optaron por defender su nación. Ilustrados, pues; no afrancesados hasta el final.

Los invasores saquearon el patrimonio histórico artístico, fusilaron, arrasaron, despreciaron.

En aquellos días de la primavera y el verano de 1808, las gentes del común, que aún no constituían nación-soberana-democrático-liberal, saltaron a las calles para lavar su orgullo mancillado por los abominables soldados imperiales, que abusaban cuanto podían.

Alfredo Alvar Ezquerra es profesor de Investigación del CSIC