El calendario de la ATP es un matahombres. Pruebas irrefutables: las lesiones, de Djokovic, de Murray, de Wawrinka, de Nadal..., o los periodos de asueto que disfruta Federer, para alargar su carrera, o los que empieza a sopesar Rafa para no terminar la suya antes de tiempo. Consecuencia de ese calendario agotador que exige esfuerzos descomunales es que en la Davis la implicación de los «top 10» apenas roza los mínimos. Al problema de la superficie, que el anfitrión elige tanto en beneficio propio como en perjuicio del contrario, se añade el escaso atractivo económico de esta competición frente a los «Masters». En éstas surge la idea de Gerard Piqué, que propone convertir el viejo, incomprendido y denostado torneo en un Mundial sin cambiarlo de nombre. Dieciséis países concentrados en una sede neutral para dirimir el triunfador mediante eliminatorias. Becker o Corretja no condenan el proyecto, pero se agarran a la nostalgia para defender el actual al afirmar que con el nuevo formato la afición (local) dejará de disfrutar de sus ídolos, y ponen como ejemplo esta eliminatoria entre España y Alemania en Valencia, donde el ambiente en el coso taurino resulta colosal. Pues Piqué estaba allí, cerca de Santana, de Arilla, las viejas glorias, y próximo a Nadal y a Zverev, voces autorizadas en el desarrollo de los planes de futuro a partir de 2019. Están por el cambio. Mientras tanto, Ferrer no tuvo opción frente a Zverev, que le derrotó en tres sets, y Rafa, que volvía al equipo de Copa Davis después de una ausencia muy prolongada, se deshizo de Kohlschreiber también en tres sets. Regresa pletórico tras la enésima lesión y suma 24 partidos de Davis sin conocer la derrota. España está en sus manos; la Davis, en las de Piqué.