Un pequeño milagro en la gran explosión de Beirut

«Corrí y comencé a quitarle los cristales del cuerpo, tenía una ventana sobre ella. Por el suelo, doctores y enfermeros, algunos gravemente heridos», recuerda el padre de George

La explosión en el puerto de Beirut ha sido de tal potencia que todas las palabras para describir la devastación y la magnitud de la tragedia se quedan cortas. Se considera la mayor catástrofe no nuclear de la historia: una onda expansiva que destruyó las vidas de más de 171 personas, hirió a más de 6.000 y dejó sin hogar a 300.000 libaneses. La boyante ciudad mediterránea se hizo añicos convirtiendo en escombros los sueños y las esperanzas de sus habitantes por prosperar.

La mañana del 4 de agosto, a las 5 am, Emmanuelle, de 28 años, rompió aguas. Ella y su marido, Edmond, de 34, llegaron al hospital St. George de Beirut dos horas después. Estaban emocionados, el bebé iba a nacer un día antes de su tercer aniversario de casados. Su primer hijo. Las horas se les hacían eternas en la maternidad. Cuando por fin les avisaron de que todo estaba listo para el parto, sus familias ya aguardaban en la sala de espera. Eran las 18:07 y un orgulloso Edmond cogió su móvil para grabar el feliz momento. Mientras inmortalizaba, una explosión lo empujó de la sala y empotraba contra la pared del pasillo. En plena conmoción, lo primero que hizo fue buscar a su mujer.

«Corrí y comencé a quitarle los cristales del cuerpo, tenía una ventana sobre ella. Por el suelo, doctores y enfermeros, algunos gravemente heridos». Una vez me aseguré que mi esposa estaba bien fui a buscar a nuestras familias. Cada habitación, sala por la que pasaba era peor. Escenas propias de una cruenta batalla. Sangre por todas partes. La guerra en un hospital. Batas blancas manchadas de sangre. Mi hermana y mi madre resultaron gravemente heridas», recuerda Edmond por teléfono.

«De verdad que no te puedes imaginar lo que vi».

Pero no tuvo ni un minuto que perder. Los médicos movieron la cama de Emmanuelle hacia el pasillo y continuaron con el parto, sin electricidad, «usaban la linterna de los móviles» y sin medicamentos «ni epidural».

«El nacimiento de George, a las 19:18, fue un milagro, pero no pudimos disfrutarlo, teníamos que evacuar el hospital, al que no paraban de llegar heridos a las Urgencias en terribles condiciones. Pusieron los puntos a mi esposa, me dieron a mi bebé y anduvimos más de 600 metros. Era lo más cerca que un primo mío pudo traer el coche para desplazarnos a otro hospital, donde les ingresaron. No sabíamos qué había pasado, sólo veíamos que todo estaba destruido, no era un problema del hospital. A los dos días, miraba a George (que se llama así por su padre) y me sentía a gusto, esperanzado, pero en cuanto le quitaba la vista... No podía parar de llorar (y no había llorado en mi vida). Mi madre se rompió seis costillas y la ingresaron en la UCI, muy grave; a mi hermana le dieron 17 puntos, y mi bebé había nacido y estaba sano, pero entre toda esa destrucción... ¿qué futuro le espera? Es desolador lo que ha pasado», se emociona Edmond.

El joven libanés reconoce que la suya «es la única historia positiva que ha ocurrido en todo este sufrimiento». Por eso ha creado una cuenta de Instagram: @miraclebabygeorge, sobre su bebé, para que todos «podamos ver la luz en la oscuridad».