La UCI de los sanitarios “quemados”: “Estuve cinco semanas ingresada, sin móvil, me sentía desesperanzada”

La doctora Elena Bartolozzi desarrolló un trastorno mental causado por el exceso de trabajo y la falta de recursos de la primera ola de covid

Elena Bartolozzi fotografiada esta semana en Barcelona
Elena Bartolozzi fotografiada esta semana en Barcelona FOTO: Miquel Gonzalez Shooting

Todos los lunes, de cinco a seis de la tarde, la doctora Elena Bartolozzi se viste de paciente. Esta hora la tiene reservada para una terapia con otros nueve sanitarios y no se la pierde por nada del mundo. Es el momento de comentar con el resto cómo ha ido la semana, cómo va manejando cada uno lo suyo. Se trata de no volver nunca a aquel punto de angustia que llevó a esta médico de 53 años, fajada en mil batallas, a ingresar en una clínica cinco semanas para reconstruirse por dentro.

Elena habla con este periódico nada más terminar la sesión con su grupo de apoyo. Se esfuerza por explicarse con honestidad, sin protagonismo. Empieza a rebobinar hasta aquel día de noviembre de 2020, cuando el ingreso en la clínica de la Fundación Galatea, dedicada a la salud mental de los sanitarios, fue la única solución: « La situación acabó con mi resistencia de manera total y absoluta. Ya no me veía capaz de seguir con mi trabajo nunca más. Me sentía impotente, desesperanzada, frustrada».

Los meses previos había vivido emparedada. Entre la terrible saturación de sus colegas, que conocía en tiempo real por su labor en el mayor sindicato catalán de médicos (Metges de Catalunya), y su propia carga de trabajo en un centro de salud de Barcelona. Durante las vacaciones de agosto de ese año, se dio cuenta de la dimensión del malestar. Le resultaba imposible desconectar de los chats de compañeros, de los miles de problemas a solucionar, de las decenas de radiografías de tórax reenviadas y los protocolos que debían ponerse en marcha. Todo urgente, todo grave, todo para ya.

Aunque se barruntaba la tormenta, se incorporó en otoño con la vista puesta en un cambio en la Administración y una huelga en octubre que igual contribuían a despejar el horizonte. No ocurrió nada. «Ya en verano vi que no iba a poder, pensaba en volver y sentía una angustia muy acentuada. Me planteé jubilarme, dedicarme a otra cosa, pero, ¿a qué? A la vuelta, pedí varias citas de psicología y psiquiatría. No remontaba, seguía en bucle». Fueron los últimos días en consulta los que le señalaron el camino: «Era evidente que no podía sostener el malestar de otra persona si no podía con el mío propio. Para eso hace falta una energía mental mínima y, si no la tienes, no puedes ofrecer nada a los pacientes. Es mejor marcharse».

Lo primero que hicieron cuando ingresó fue quitarle el móvil. Estuvo cinco semanas sin contacto con el exterior por prescripción facultativa. Se acabaron los grupos de whatsapp, las llamadas de auxilio de compañeros, los chats interminables. La emergencia, por una vez, pasó a ser ella. Una desintoxicación de manual, con terapia psicológica, medicación para el ánimo bajo y la angustia alta, mucho descanso.

«Fue un descubrimiento, que alguien cuide de ti, empezar a obedecer. Es increíble, los médicos no estamos nada acostumbrados a eso, ni a dejarnos aconsejar. Creemos que podemos con todo». Tras el brutal esfuerzo de los primeros meses de la pandemia, pudo volver a dormir, a comer en condiciones. Hizo todo lo necesario para remontar el «burnout» causado por un estrés extremo que, asegura, «han sufrido por igual todos mis compañeros; la falta de recursos y la inabarcable carga de trabajo cayeron en una trinchera, la de la Atención Primaria, que ya estaba muy castigada». Una de sus compañeras, consumida hasta los huesos, le decía con alegría que había cogido la covid y «por fin iba a poder descansar».

Bartolozzi insiste a cada momento de la conversación telefónica en que ella no es la única, que muchísimos colegas malviven con los nervios de punta. Las cifras dadas a conocer esta semana apuntalan sus palabras. El número de médicos atendidos por patología psiquiátrica creció un 75% en 2021, según datos del Colegio Oficial de Médicos de Madrid. Depresión, ansiedad, trastorno bipolar, adicciones, intentos de suicidio. Todas las patologías imaginables se han agudizado en un sector con tendencia a automedicarse y pedir ayuda muy tarde (hasta siete años después de la aparición de los síntomas).

En la Fundación Galatea, única en su especie, Elena se encontró arropada por sanitarios que viven el mismo infierno. Solo en la clínica, reservada para casos más severos, han atendido a un 30% más de pacientes entre 2020 y 2021; 500 profesionales de distintos lugares de España acudieron a consultas externas o fueron hospitalizados. Según el director de la institución, Toni Calvo, «la demanda de ayuda no deja de aumentar y la complejidad de los problemas, también». Lo que en el primer año fueron, sobre todo, trastornos ansiosos y obsesivos «por el miedo a enfermar y contagiar a la familia», se transformó después en cuadros de estrés postraumático por lo visto y vivido. En la primera quincena de la pandemia, el servicio de teleapoyo ayudó a más de 2.000 profesionales, el 86% de ellos mujeres.

La unidad de hospitalización ha visto un incremento del 15% de ingresos. Personas que, como Elena, nunca pensaron que iban a vivir esta experiencia desde el otro lado. Sanitarios que habían gozado de una salud mental totalmente funcional para los tiempos que vivimos, que nunca habían cogido una baja por ansiedad o depresión. Que se apañaban e iban tirando como hacemos todos.

Bartolozzi estuvo fuera de juego seis meses. Después de verse con las fuerzas suficientes para volver a casa, continuó con seguimiento ambulatorio. «Hubo un día que mi marido le dijo a mi hija; ‘’Mira, te presento a mamá'’. Había estado meses completamente al margen, volcada en el trabajo», recuerda. Sabe que hay cosas por las que no puede volver a pasar porque está en riesgo su integridad. Sigue dando el 100%, pero ha aprendido a «poner límites», eso que tan bien suena y tan difícil es de aterrizar. Ha soltado algo de lastre en el sindicato y su psicóloga le ha escrito incluso un informe para que «al menos» esté 15 minutos con cada paciente. Esto le evita que su agenda se estire hasta límites insostenibles y le permite «sobrevivir».

Como ocurre con las adicciones, las recaídas son parte del camino. Significa, en clave de médico ultrarresponsable, que aún sufre por el trabajo que asumen otros o que le atenaza la angustia cuando piensa en todas las enfermedades «no covid» que está dejando de detectar en sus pacientes por esta maldita sexta ola. Es verdad que la gravedad de los casos que ven ahora es menor, pero la carga burocrática que ha caído en Atención Primaria les entierra en papeleo y empeora notablemente la relación con el ciudadano, que vuelca en ellos su frustración. No estaría de más que nos acordáramos de Elena cuando nos hierva la sangre como usuarios. A ella le quemó de tal manera que acabó ingresada cinco semanas en esta UCI para médicos al límite.