Olafur Eliasson: una nueva (y mejor) forma de percibir el mundo en Bilbao

El artista danés-islandés traslada al Guggenheim Bilbao una excelente exposición de su obra, derribando las barreras que separan al hombre de la naturaleza para enarbolar una bandera contra el cambio climático

Los que intentamos plasmar ideas mediante palabras miramos en ocasiones con cierta envidia a quienes lo hacen a través de imágenes. Envidia sana. A veces pensamos que es más fácil llegar a tocar las partes sensibles del espectador mediante colores y formas, flashes de luz y movimiento. Nos decimos, así cualquiera transmite esta u otra idea. Refunfuñamos. Refunfuñamos bastante. Pero basta acceder a la obra de un gran artista, uno de los genios creadores que merodean en nuestro mundo vestidos con piel humana y portadores de mentes imposibles de descifrar por los neurólogos más reconocidos, para reconocer que plasmar ideas mediante objetos visuales, y hacerlo de forma que cause un impacto real, es tremendamente complicado. Más que la mezcla, mitad calculada y la otra mitad azar de la inspiración, de sílabas y letras creadas por otros.

Este reconocimiento al arte visual encuentra uno de sus éxtasis más hilarantes en la obra de Olafur Eliasson: en la vida real, que el Museo Guggenheim Bilbao expone hasta el 4 de abril de 2021. Ahora voy yo, e intento explicártela con palabras.

Temática de la obra

Ninguna obra puede escapar de su concepto. Aunque el concepto sea que carece de él. En lo que respecta a las obras de Eliasson, estas parten de la idea de que la frontera que divide el mundo natural y el mundo de los humanos es una inventada. No hay real nada que nos separe del agua, la vegetación o la propia luz, más allá de lo que nosotros mismos hemos querido desvincularnos. Y es posible romper esa barrera de apariencia infranqueable.

Al hablar de Olafur Eliasson, artista danés-islandés nacido en 1967, nos referimos a un hombre dedicado a desafiar nuestra forma de percibir el entorno, buscando, a través de la escultura y las imágenes y los juegos de luces, la manera de arrancarnos del cuerpo el método que seguimos para sentir la naturaleza. Entre sus técnicas cuenta con la geometría. Aquí cabe un aspecto interesante. Sabemos que la naturaleza es pura matemática, cada uno de sus elementos está calculado al milímetro por una serie de leyes o dioses (cada cual con sus ideas), y la forma que esa matemática escoge para mostrarse ante nosotros es a su vez la forma en que la percibimos. Pero, ¿sería viable mantener el contenido, por así decirlo, cambiando la forma? Parece ser que Eliasson lo considera posible y, lo que es más excitante, consigue este cambio en mayor o menor medida a lo largo de prácticamente toda su obra.

Es revolucionario, piénsalo, incluso aterra un poquito. Dedicas tu vida a tragar una serie de ideas que te permitan comprender los misterios de apariencia inexplicable que guarda nuestro mundo, filósofos de renombre ayudaron a elaborarlas, llegas a la puerta de la exposición con esas ideas bien arraigadas dentro de ti. No dudas. Cruzas la puerta y retumba un estallido de luz en una habitación oscura, tu sombra se descompone en diez colores, el agua parece sometida a algún tipo de embrujo y fluye de forma antinatural, o eso piensas. Dudas. Dudar es horroroso las primeras veces, muy sufrido, marea, pero la mente termina por acoplarse a esta nueva metodología de la percepción. Disfrutas cada duda en cada sala de la exposición y, si eres del tipo sensorial, casi sientes tu cerebro expandirse bajo el hechizo de Eliasson.

La importancia del cambio climático

Uno de los mensajes más arraigados en la obra del artista es el innegable cambio climático. El fin de los tiempos a cámara lenta, que dicen algunos. Sin estruendo, ni meteoritos ni grandes ríos de lava. Esto hace comprensible que parte de la exposición vaya dirigida a este grave problema, y la vida de Eliasson en general. No solo ha conseguido abastecer de electricidad, mediante placas solares, a comunidades que no tenían siquiera luz en sus casas, u organizado talleres dirigidos a la concienciación del cambio climático, también fue nombrado en 2019 Embajador de Buena Voluntad del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Según Olafur Eliasson, “el arte no es el objeto, sino lo que el objeto hace al mundo”. Y dígame el lector qué mundo habrá sin objeto.

Con la ayuda de artesanos, arquitectos, archiveros, investigadores, administradores, cocineros, programadores, historiadores del arte y técnicos especializados, nuestro genio creador busca nuevos métodos para percibir el mundo. Y por qué no. Está claro que nuestra percepción actual nos empuja a destruirlo, desvinculando al hombre y la naturaleza en dos bandos casi opuestos, convirtiendo lo que debió ser convivencia en un duro enfrentamiento. Los huracanes son castigos como las enfermedades y las inundaciones por lluvias. Por su lado, el hombre construye embalses, tala los bosques, se cuelga carteles apocalípiticos en el ojo del huracán. Un cambio de percepción quizá consiga unir ambos bandos bajo uno solo, o eso opina Eliasson.

La exposición

Se divide en diferentes salas, cada una con un hechizo diferente. Estos hechizos impactan en nuestros ojos y nuestros oídos para dirigirlos hacia nuevos métodos de percepción. La primera sala es pequeña, a oscuras. Coloreada de un silencio ensordecedor. Luego, una gota, un destello, y con ese destello de luz blanca conseguimos apreciar la forma que ha adoptado un chorro de agua que sale de una fuente. No la vimos al entrar. Apenas dura una milésima de segundo, cada chorro de agua aparece con formas diferentes. Eliasson rompe la geometría de la naturaleza y recrea nuevas formas con los pedazos.

No te voy a explicar todas las salas de la exposición porque creo que sería un insulto al trabajo del artista, pero sí las suficientes como para darte el gusanillo.

Otra de las salas me recordó a una vez que estuve en Nueva Delhi. En mi visita a la capital india se encontraban en pleno estado de emergencia, debido a que la contaminación de la ciudad y los miles de fuegos artificiales lanzados por la festividad de Diwali habían vuelto tóxico el aire. Tóxico de que los hospitales se llenaron de enfermos. Tóxico de que no era el año 2030 y el fin del mundo como sale en las películas, era el 2019 y el aire de la ciudad se veía pintarrajeado por una bruma amarillenta. En esta sala, los colores de la bruma van variando pero el resultado es el mismo, cuesta ver más allá de nuestras narices, es agobiante como ese aire contaminado de Delhi. Una imagen de película hace pocos años y actual mientras escribo. Eliasson plasma este agobio con una fuerza sobrecogedora.

Solo una más. En su genialidad, Eliasson cogió unos bloques de iceberg para tintarlos y dejar que se derritiesen sobre los lienzos. El resultado han sido increíbles formas, completamente aleatorias (o eso pensamos) y teñidas de colores naranjas, rojos y amarillos. Es el deshielo, esto es evidente. Pero lo magistral de sus movimientos pasa por que, mientras que en la sala de la niebla utilizó métodos artificiales para general un ambiente natural - o que será natural dentro de unos años - aquí ha utilizado métodos naturales para crear una imagen artificial en estos lienzos. Asombroso. Salta de lo natural a lo artificial y vuelta al comienzo, derriba la barrera que nos separa, no tiene limitaciones a la hora de demostrar sus ideas. Una vez superada la frontera construida por las ideas del hombre, descubrimos, en la brevedad de su exposición, que humanos y naturaleza somos capaces de encajar sin roces dolorosos, que una fusión - no sumisión - de unos con la otra da pie a maravillas todavía desconocidas.

Si estás en Bilbao, no dudes en visitarla. Si no sabes qué hacer un fin de semana, pasa por Bilbao y sumérgete en este mundo nuevo. Cuando vuelvas a casa y mires el paisaje por la ventanilla del coche, descubrirás que tu percepción del mismo ha cambiado, aunque apenas sean unas décimas. Lo que en el viaje de ida fueron plantas, rocas y llanuras, cobran vida ante tus ojos y suponen un continuo movimiento de formas, pura vida, tan fuerte como la que palpita en tu interior. Y en este momento las fronteras se derrumban.