Nacer mujer en una tribu mandinga no es tarea fácil

Se calcula que en torno al 96% de las mujeres gambianas pertenecientes a esta etnia guerrera han sido víctimas de la mutilación genital, además de ser ellas quienes llevan toda la carga de trabajo físico en las zonas rurales

Quien haya visto la película de Django dirigida por Quentin Tarantino, recordará una escena particularmente desagradable acerca de dos esclavos de origen africano peleando entre ellos hasta la muerte, azuzados por sus amos, en el suelo tapizado de un salón. El director estadounidense, fiel a las desavenencias históricas y culturales que toda película de Hollywood que se precie debe tener, titula como luchas mandingo este tipo de bárbaros combates cuya simbología no es otra que la completa sumisión, en cuerpo y alma, del esclavo.

Si bien no se tiene constancia histórica de que existiesen este tipo de prácticas entre esclavistas, y menos aún según el nombre de lucha mandingo, sí que existe una etnia en África Occidental cuyos varones son altos, tanto como una nube, de músculos poderosos y hombros anchos, descendientes de guerreros invictos y orgullosos pese a los bandazos que sus territorios han sufrido durante los últimos siglos. Son los mandinga, también conocidos como malinké o mandé. Su cultura es apasionante y el papel de sus mujeres crucial para su supervivencia.

Breve repaso a la historia mandinga

Para encontrar los orígenes de esta etnia guerrera haría falta remontarse al medievo, a los tiempos donde el otrora glorioso Imperio de Malí comenzó a desmoronarse por la ascensión del Imperio de Bamana y las nuevas tecnologías militares que poseía Marruecos. Apaleado desde el norte y desde el sur ante la pasividad de los portugueses, que ya comenzaban a moldear estos territorios para su provecho, cayó sin remedio el que fue uno de los imperios más poderosos en África. Sus luchadores, conocidos como mandinga, terminaron por desperdigarse en las regiones que hoy conforman Gambia, Senegal, Guinea-Bissau, Costa de Marfil, Sierra Leona, Liberia, Malí y Burkina Faso.

Hoy no hablamos de etnias bosquimanas dedicadas a la caza, la recolección y la pesca como métodos de supervivencia, hablamos de mandingas, guerreros por naturaleza, lo más cercano a los famosos combatientes espartanos que pueda encontrarse en el continente africano. Fieles a su tradición sometieron cuantas regiones atravesaron en su penosa huida, apenas sin encontrar resistencia hasta toparse con los sosso de Sierra Leona, también de ascendencia mandinga y con similares técnicas militares. Guerreros y no políticos, se asentaron en poblados y ciudades independientes entre sí a lo largo del territorio. No crearon un nuevo imperio, estaban cansados. Evitaron los palacios y los despachos, conocían cuán traicioneros podían resultar estos a largo plazo. Poco después llegaron esclavistas portugueses que, mediante tratos con jefes tribales, se apropiaron del territorio mandinga y comenzaron un lento pero inexorable comercio que llevaría a centenares de miles de mandinga a arribar en las costas americanas para servir de mano esclava.

El resto es historia. Al tratarse de hombres y mujeres de constitución recia, significaban el tipo de esclavo ideal. Diferentes conflictos entre tribus llevaron a que también fueran mandingas los que ayudaban a los portugueses en esta repugnante tarea, hasta el punto de que eran ellos mismos quienes apresaban a los de su propia etnia en el interior del continente, para luego llevarlos a las costas y venderlos a comerciantes europeos. Al final, el asunto de los esclavos no era nuevo para los mandinga: ellos mismos tenían sus propios esclavos, botines de guerra en un pueblo esencialmente bélico. Cualquier traba moral estaba superada hacía siglos, nadie conocía mejor que ellos los métodos para cazar esclavos selva adentro. Su intrincado sistema de nobles y vasallos permitía que las personalidades influyentes se librasen de las cadenas, mientras los menos afortunados terminaban irremediablemente en las bodegas que cruzaban el Atlántico.

Entre el islam y el animismo

La influencia musulmana en África subsahariana se remonta al siglo XIII, podría incluso decirse que el Imperio de Malí, aquél que amamantó y luego escupió a los guerreros mandinga, era en esencia un imperio de corte islamista. Por esto no es de extrañar que los mandinga, que en la actualidad conforman un grupo que ronda los 18 millones de individuos, se consideran desde un punto de vista técnico como un pueblo musulmán. Rezan cinco veces al día, acuden a la mezquita, recitan el Corán. Aunque, curiosamente, una noche que era la celebración del Eid al-Adha y yo andaba en un poblado mandinga escuchándoles recitar versículos del Corán, al preguntar qué significaban sus rezos (en árabe), uno de ellos me contestó: “No lo sabemos. Lo recitamos y ya está”.

En esta ignorancia sobre sus oraciones encontré el hilo del que tirar hasta destapar la verdadera cultura mandinga. El 99% de ellos son musulmanes, puede ser, pero como ocurre con un amplio número de pueblos africanos, sus creencias islámicas vienen profundamente ligadas a ciertas tradiciones ancestrales imposibles de arrancar. La mezcla entre islam y animismos se hace patente en la vida diaria del mandinga. Respeta el entorno natural, a los espíritus de los árboles y cualquier animal, a los ancestros, sigue punto por punto las líneas dogmáticas del animismo, todo ello sin dejar de rezar a Alá ni de festejar el Eid al-Adha. No sería extraño aparecer en una celebración mandinga y toparse con varios hechiceros cubiertos con las clásicas máscaras africanas. Partiendo de esta mezcla entre ambos cultos, las figuras de poder en las sociedades mandinga manan del animismo y del islam en una misma medida. Mientras los morabitos (maestros del islam) sirven como guías religiosos y mediadores de conflictos, es habitual que también acudan a pedir la intercesión de los hechiceros si no llueve en sus campos todo lo que debería, o les surge cualquier duda en relación con sus ancestros.

El sistema de castas que predomina en las sociedades mandinga, esta relación entre señores y vasallos que tan significativa resultó durante los años de la esclavitud, sigue vigente en la actualidad. El estatus social es hereditario, muy difícil de superar, y aunque ya no existen esclavos como tal, sí puede considerarse que mientras algunos mandinga dedican los días al dolce farniente, otros se desloman para conseguir un puñado de pan que llevarse a la boca. Pero si hay una figura entre los mandinga que se parta la espalda a trabajar, como quien dice, estas son sus mujeres.

La mujer mandinga

La sociedad mandinga es patriarcal, sin esquinas. Patriarcal como no se imaginan Irene Montero y sus adláteres. Ya en tiempos anteriores a la influencia islámica, la poligamia fue el método de unión más habitual entre ellos. Los matrimonios eran - y siguen siéndolo en numerosas regiones - concertados entre las familias afectadas. Aunque el sistema de esposas era parecido al musulmán: cuanto más poderoso sea un hombre, mejor guerrero y más riquezas guarde, más esposas tendrá. Los jefes de cada poblado serán varones. Los jefes de la casa también. Al final, dentro de su cultura principalmente guerrera, tiene sentido que sean ellos quienes tomen las decisiones. Porque, ¿quién va a la guerra? Los hombres, responderá un mandinga. Y en ese caso, ¿cómo iban a decidir las mujeres por ellos si ir o no a la guerra? ¡Eso sería ridículo! En una sociedad cuyo sustento es la guerra, donde las decisiones se toman mirando a la guerra casi en exclusiva, poca voz tienen las mujeres. Y si son los hombres quienes deciden en el asunto de mayor importancia, se considera evidente que decidan en todo lo demás.

Esta mentalidad patriarcal, cada vez más debilitada debido a los crecientes movimientos feministas que circulan por el continente africano, no difiere en gran medida con otros ideales que se desarrollaban en España hasta hace escasos años. La diferencia, enorme, devastadora, viene a continuación. Lanzo al aire un puñado de datos.

Según un informe recogido por la Fundación Thomson Reuters en 2018, hasta el 74,9% de las mujeres de Gambia con edades comprendidas entre los 15 y 49 años han sufrido la mutilación genital, con especial predominio en las zonas rurales. Los números no mejoran en otros países donde las sociedades mandinga son mayoritarias. En Sierra Leona, el número de afectadas llega al 88%; en Malí, al 89%. Todo ello se resume a un informe de UNICEF fechado en el 2012 cuyas investigaciones afirman que las etnias mandingas en Gambia poseen un índice de incidencia que alcanza el 96%.

No acaba aquí. La mujer mandinga ha sido de forma tradicional, como en tantas otras culturas a lo largo del globo, la encargada de cultivar los productos vegetales. La división estaba clara. Los hombres guerreaban y cazaban, las mujeres sembraban. Un trato justo en tiempos de guerra y cuando la caza era abundante en África Occidental, una división de tareas lógica para garantizarse la supervivencia. ¿Y ahora? Es habitual encontrar en cualquier poblado mandinga a los hombres ociosos, reunidos bajo algún árbol, sorbiendo té y dormitando durante las horas de calor. A falta de guerras y caza, poco más podrían hacer. Mientras tanto, basta salir de las callejas de cada poblado para llegar a los arrozales, y encontrar aquí a las mujeres, inclinadas para dar la espalda al sol, con el agua embarrada llegándoles hasta las rodillas y las manos encallecidas por las horas de trabajo.

Ellas plantarán el arroz y lo cosecharán, se encargarán de que crezca fuerte, lo cocinarán y servirán a sus esposos. En previsión de que regresen los tiempos de guerra y vuelvan a ser útiles. Y cuando el marido termine su plato, satisfecho, lo que fuera que quede será para ellas. Si no hay suficiente, habrá que esperar hasta mañana para llevarse un bocado a la boca. Hasta mañana después de trabajar.