América

Breve historia del Mediterráneo (III): la muerte del Kraken

Si vamos a bañarnos allí este verano pues qué menos que saber algún dato curioso sobre ese agua

El Kraken visto por la imaginación.
El Kraken visto por la imaginación. FOTO: John Gibson

El profeta Mahoma dijo a sus seguidores que “Estambul será conquistada; qué buen comandante será el conquistador, qué buen soldado será el conquistador”. Estambul, Bizancio, Constantinopla, la ciudad de los tres nombres, la puerta dorada del Mediterráneo, luz y color, sudor, iglesias que brillan, ambición desde su primer ladrillo. Pero los bizantinos aseguraban a quién los escuchase que si la profecía de Mahoma se cumpliera, ambos extremos del Mediterráneo caerían en manos musulmanas y entonces solo Dios sabrá qué ocurrirá con el comercio, ¡el comercio!, si los musulmanes deciden cerrar las dos puertas del Mediterráneo (Constantinopla y Gibraltar) no tendremos salida.

Año 1453: los turcos de Mehmet II han tomado la ciudad eterna de Constantinopla, la nueva Babilonia, la profecía se ha cumplido, y el magnífico sultán ha dado permiso a sus soldados para robar, matar y violar durante tres días seguidos a los inocentes bizantinos, herederos de tantas masacres. Se toma su tiempo porque tres días después de conquistar el último estertor de la vieja Roma cruza sus muros por primera vez a través de la puerta de San Romano, consciente de este momento histórico, fue su último paso hacia la inmortalidad y lo hizo seguido por todos sus estandartes e imbuido con la luz del Sublime. A su alrededor la vieja ciudad ardía en llamas. La cristiandad entera vio a Bizancio que había perdido como veríamos hoy que conquistasen Londres o Damasco o Estados Unidos, muy importante y todo lo que quieras pero al final fue una ciudad más a añadir en la masacre y la vida sigue, hay nuevas guerras que ganar. Cuando terminó el salvaje medievo ya hacía tiempo que el mundo no se estremecía. Constantinopla se sumó a la lista y pagó su moneda al salir.

Año 1492: Isabel y Fernando cabalgan plácidamente hacia las puertas de Granada. La ciudad resplandece con una luz de oro porque ya es mediodía, huele a jazmines, almendros, olivas y naranjos. Ellos tampoco tienen prisa. Al alcanzar la puerta de Elvira se detienen, cruzan unas palabras y miran sonriendo a sus enemigos. El sultán Boabdil entrega mediante una breve ceremonia las llaves de la ciudad a los reyes de Castilla y Aragón, y se marcha para siempre de su ciudad dorada, ileso y sollozante. Solo se da la vuelta una vez para soltar el suspiro del moro que su madre le reprochó tanto. Las gallinas que salen por las que entran, le susurraría Isabel a Fernando: si los musulmanes toman Constantinopla y cortan la Ruta de la Seda pues nosotros les quitamos Granada y buscamos una nueva ruta por el Atlántico, querido esposo, y el equilibrio se volverá a mantener.

Cambio de mares, cambio de roles

Y de verdad que me gusta pensar sobre qué habría ocurrido si Colón hubiese querido ofrecer su viaje a los musulmanes. Supongo que ese cisne negro cambiaría la Historia del Mediterráneo de manera radical, y me imagino guerras de religión comandadas por los musulmanes en, yo que sé, en Flandes o Nápoles, guerras fortísimas, espantosas. Me imagino a un Alatriste de tez morena y turbante en lugar de capa, sujetando con agilidad una daga en vez de la espada. Pero Colón acudió a Isabel e Isabel confió en él, y fíjense en el prodigio que se sacó el genovés de la manga: un enorme espacio verde al oeste del mapa que estoy mirando, las conquistas, gloria y riquezas, el Imperio Español. Un Nuevo Mundo.

Primer desembarco de Cristobal Colón en América
Primer desembarco de Cristobal Colón en América FOTO: La Razón Museo del Prado

Y ya tocaba que fuéramos nosotros los que llevábamos la marrana. Y que digan lo que quieran los ingleses y los holandeses porque la llevamos a lo grande. Porque si los prehistóricos temían la apariencia del Mediterráneo, no digo ya los medievales la del Atlántico, podemos imaginarlo. Se hablaba de que al otro lado había ciudades hundidas, krakens, apocalipsis, sirenas, torbellinos, cascadas, las pestañas de un gigante, nadie había sido tan loco como para buscar qué había más allá del oeste (a excepción de los vikingos y un rey senegalés que jamás regresó y que no hicieron la propaganda adecuada) hasta que llegó un tal Cristóbal Colón. Ochenta y siete españoles entre extremeños, andaluces, cántabros, vascos, aragoneses y castellanos fueron los primeros que, probadamente, se atrevieron a saltar de un lado a otro del mar, ¡y eso que en ambos lados tenemos peligrosas tribus de siux, franceses, mayas, portugueses, apaches, magrebíes y cheroquis y varios cientos más!

Ahora pensaremos que con Estambul taponada por el turco y la vía del Atlántico abierta se desviaría la atención del maltrecho Mediterráneo, que le darían al viejo mar un respiro. Pero no caerá esa breva. Aunque es cierto que el flujo del comercio se redujo notablemente, no ocurrió así con todo lo que se refiere a cañonazos, estrategias, espadas y sangre, y aunque parezca increíble la Edad Moderna fue incluso más violenta que el medievo en el Mediterráneo; su uso principal desde que los turcos cortaron la Ruta de la Seda era sistemáticamente bélico. Sazonado con apacibles barcos mercantes valencianos o venecianos armados hasta los dientes, transportando venenos, pergaminos, sedas, especias y suculentos tratos políticos con las potencias asiáticas.

Más madera

Se sucedieron las batallas navales en Zonchio (1499), Préveza (1538), Ragusa (1617), Orbetello (1646), Cartagena (ocho batallas en total durante la Edad Moderna), Barcelona (1642), el cabo Corvo (1613) … que enfrentaron a los españoles, franceses, otomanos y príncipes italianos entre sí mientras España mantuvo su hegemonía en el Mediterráneo central y las aguas del Levante, para orgullo de los nuestros. Además de un colosal pedazo de tierra en el oeste que todavía hoy habla en castellano.

Pintura de la batalla de Lepanto, óleo sobre lienzo de autor desconocido, National Maritime Museum, Greenwich
Pintura de la batalla de Lepanto, óleo sobre lienzo de autor desconocido, National Maritime Museum, Greenwich

Pero ocurrió una batalla que merece la pena recordar con más detalle. Es muy famosa, es la del manco. La flota de la Santa Liga Cristiana se enfrentó en el mar Jónico contra las galeras del Imperio Otomano por el control del Mediterráneo y si estos nombres nos suenan rimbombantes pues imagínese el follón que se montó en Lepanto. Juan de Austria (hijo bastardo del emperador Carlos V, joven promesa, murió de tifus con treinta y tres años) y Álvaro de Bazán (un militar del copón que defendió durante años los galeones españoles de la piratería, ayudó a conquistar Lisboa y fue el inventor del primer cuerpo de infantería anfibio, quiero decir, de los marines de su época) hundieron 200 galeras turcas y el Mediterráneo pareció mirar expectante. ¿Acababa aquí la expansión turca? Después de todo, nadie en Europa quería perder el tiempo jugando a los santos con los otomanos. Sus miradas se perdían al oeste y al sur, por África y por América, deseosas de manosear nuevos mares.

El Mediterráneo era el campo de batallas. La madera de ochenta generaciones de pescadores y el plomo de la artillería. Solo en Cartagena se hundieron decenas de barcos y muchos cuerpos todavía están hundidos allí. El Mediterráneo dentro de cien millones de años, un campo de petróleo.

Ahora sí, tres siglos después de Lepanto, tras ocurrir todas la batallas entre españoles y portugueses, príncipes italianos, ingleses y otomanos, piratas y caudillos africanos, ocurre un hecho notorio. El 18 de mayo de 1804, Napoleón se proclamó con mucha pompa y buscando llamar toda la atención emperador de Francia, para regocijo de los franceses y para preocupación de Europa. Otra vez ocurrió un brusco cambio del mapa mediterráneo tierra adentro, lejos de las olas, aunque el mar chilló de alegría en cuanto oyó la noticia. Ya le habíamos malcriado y él solo quería comer un poco más, pobre monstruito.