Breve historia del Mediterráneo: el Minotauro

Si vamos a bañarnos allí este verano pues qué menos que saber algún dato curioso sobre ese agua

Ulises y las sirenas (1891). Historias de marineros del Mediterráneo como Ulises sirvieron para moldear la cultura de nuestro mar.
Ulises y las sirenas (1891). Historias de marineros del Mediterráneo como Ulises sirvieron para moldear la cultura de nuestro mar.John William Waterhouse

Podríamos considerar que cada avance del ser humano ha supuesto a la vez una victoria sobre sus propios miedos. Controlar el fuego y escabullirnos del terror que provoca a los simios, templar el hierro para salir en busca de una muerte violenta, escapar de la tibieza del hogar maternal con la intención de zambullirnos en el caos de la ciudad…

Cada vez que la humanidad pierde un miedo, consigue avanzar un paso más hacia delante y sale más allá, creo. Sale de la naturaleza, de la vida, del hogar, de sí mismo. Entonces podemos imaginar que hasta que llegó el momento en que el Mediterráneo dejó de dar miedo a los humanos (que pese a todo lo aderezarían durante siglos con cualquier clase de mitos y criaturas espantosas), esa bandeja de plata nos parecía algo casi apocalíptico a nosotros, un misterio abisal que nadie se atrevía a cruzar. Algo así como el océano Atlántico para los europeos antes de 1492.

Los primeros marineros

El Mediterráneo nos era aterrador pero pronto se convirtió una traba. En torno a doscientos siglos después de nacer el primer sapiens vivió un primer valiente que se enfrentó al agua y comenzaron a pulular algunos navegantes. Intrépidos, canallas, héroes. Hablamos de hace mucho, en torno al Paleolítico. Los primeros valientes se encontraron a uno y otro lado del mar Mediterráneo con larguísimas costas y tribus de piel extraña y costumbres que no entendían. Cada uno volvió cagando leches por su lado y dijeron a sus mujeres que al final habría sido mejor creerse los mitos, que vaya cacao había montado y que qué grande era nuestro mundo, y qué peligroso.

Con tantos sustos el Mediterráneo permaneció casi intacto, a excepción de los inocentes pescadores que navegaban próximos a la costa, hasta que los dioses depositaron su dedo en la isla de Creta. Dice la leyenda que Zeus tuvo uno de sus ataques de deseo (para variar) y raptó transformado en toro a la princesa fenicia Europa, que luego se puso a cuatro patas entre los helechos y la penetró.

Cuando Creta fue muy importante

Imagen del barco fenicio Mazarrón II, en el fondo de las aguas de Murcia. FOTO: Ministerio de Cultura

De esa fogosidad divina nació en la misma isla el rey Minos. En el fondo y en el frente fue un rey estupendo que lo pasaba en grande levantando importantes monumentos donde vivir y para ofrecer a los dioses. Se inició así la civilización minoica en el Mediterráneo: rondando el siglo XVIII antes de Cristo iniciaron los primeros contactos con los egipcios, Creta sometió a un puñado de islas del mar Egeo y comenzó a correr un nuevo rumor en diferido, un viejo mito que todavía andamos contando. Parece ser que cada isla debía entregar catorce jóvenes a Minos, una vez al año. Sin discusiones, había que alimentar a la abominable criatura que había parido la esposa del rey cretense, todo porque Poseidón se enrabietó y la hechizó para que se revolcase con (sorpresa) un toro blanco.

Ocurriera o no la fábula de Teseo y el Minotauro, sí es cierto que la ciudadela de Micenas se transformó en el reducto más importante de Creta por un periodo de tiempo, y, valga la redundancia, de Grecia también, además de un serio contrincante para las orillas del Mediterráneo. Las relaciones comerciales entre minoicos, egipcios e hititas comenzaron amistosas y con un intercambio cultural apasionante, yo te doy dioses tú a mí grano y cobre, algo así, supuso un firme trazo para asentar las bases de nuestra cultura. Luego ocurrió algo grave, estalló el volcán de Tera y devastó Micenas, hubo un maremoto, toda la fuerza de la civilización minoica se derrumbó y surgieron nuevos rivales, hasta entonces ocultos: los archiconocidos egipcios y decenas de pueblos hambrientos de Asia Menor. Ellos también habían practicado el oficio de la guerra y estrenaron barcos, todos a una, hititas y fenicios y asirios y sicilianos y griegos y los curtidos y apaleados minoicos.

El cuento del ciego

Más o menos por esta fecha comenzaron a existir los primeros piratas. Los chulos del mar, el segundo oficio del marinero. El lector quizá no lo imagine hoy pero la piratería ha asolado el Mediterráneo durante muchísimo más tiempo que los archipiélagos del Caribe, véanse los tebeos de Astérix y Obélix (aunque aquí nadie se ve llorando por eso más), hasta el punto de conquistar los piratas varias islas, hubo guerras, supongo que existiría una especie de pirata Morgan espartano que atacaba a los trirremes de Tebas. ¡Es esta puñetera historia que se quiere repetir! Porque poco después los griegos (conocidos entonces como aqueos) se liaron a tiros con la ciudad de Troya en el mar vecino, las costas de la actual Turquía con el mar Egeo, y la historieta que escribió Homero a propósito de esta guerra comenzó una cultura panhelénica con buenos y malos, héroes, dioses villanos, y la cultura griega se unificó finalmente en el Peloponeso con un resultado encantador. Pero Heródoto lo explica mejor.

Cuadro de Giovanni Domenico Tiepolo: La procesión del caballo de Troya en Troya (1760). FOTO: Giovanni Domenico Tiepolo

Los griegos siguieron combatiendo contra ciudades de Anatolia (si dicen que los palestinos y los israelíes se llevan mal, por favor pasen y vean las relaciones entre turcos y griegos) y absorbieron en los tiempos de paz valiosos conocimientos de la tribu de Ramsés, se enfrentaron los griegos contra los persas en las Guerras Médicas (una versión helénica de las Guerras Mundiales) y tantas aventuras más, siempre manteniendo la hegemonía en el Mediterráneo, que ellos conocían como Mesogeios Thalassa, el mar entre tierras. Incluso establecieron colonias en la Península Itálica y en Iberia. Imagino que serían los estadounidenses de la época.

Un paso por detrás de otro, el Mediterráneo absorbió a los hombres valientes hasta que nació un hombre nuevo por otro empalme de Zeus, esta vez en Macedonia, una tribu de cabreros al norte de Grecia que vivía obsesionada con imitar a sus primos griegos: era enorme, magnífico, muy bello, Alejandro Magno. El penúltimo hombre que un dios quiso engendrar. Pero él y sus macedonios valientes desecharon confiar sus victorias al terreno inestable del Mediterráneo y, muy listos, conquistaron el mundo desde Atenas hasta la India fijándose en pisar tierra firme. El mar, mordiéndose las olas de rabia, apenas alcanzó a ver cómo su escenario cambiaba para siempre con ese héroe.

Alejandro Magno murió de unas fiebres, puede que envenenado por sus generales, puede que de malaria o dengue, y tras su muerte ocurrieron otras guerras, las chinchetas marcaron nuevos jugadores en el mapa azul (los míticos Diádocos y luego Cartago, Iberia, Roma, Alejandría) y el mar se embarulló todavía más, insaciable. Porque, ¿sabe el lector cuántas naves con cuántos cuerpos se han hundido en sus aguas libidinosas que hoy bañan nuestros pies sin que nadie haya ido y las haya lavado? Deben de ser miles, por ambos lados. Desde los valientes argonautas de Jasón hasta esta clase nueva de héroes que casi flotan en la patera.