Historia

Breve historia del Mediterráneo (V): el reflujo de Europa

Si vamos a bañarnos allí este verano pues qué menos que saber algún dato curioso sobre ese agua

Vista de algunos de los 119 inmigrantes que la tripulación del barco Ocean Viking, de la organización humanitaria SOS Méditerranée, rescató el pasado jueves 21 de enero.
Vista de algunos de los 119 inmigrantes que la tripulación del barco Ocean Viking, de la organización humanitaria SOS Méditerranée, rescató el pasado jueves 21 de enero. FOTO: Fabian Mondl EFE

Ahora el mar fluye como estaba previsto. Después de tantos matarifes y quebrantos, es seguro para los europeos. Porque si hiciéramos una breve radiografía al Mediterráneo en la actualidad tampoco nos sorprenderíamos demasiado. Nos cruzaríamos en las olas con barcos mercantes que atraviesan el Canal de Suez, enormes cruceros a rebosar de turistas pasándolo pipa, pescadores, maniobras militares, pateras y una o dos lanchas de Open Arms o de cualquier medio de comunicación con presupuesto. Los yates de tipos ricos, veleros desbocados por marineros amateurs. Hace doscientos años se hundían los añicos de los barcos de Napoleón pero hace mil, solo mil, se bendecían las barcazas de transporte de los cruzados. Ahora el mundo ha cambiado dramáticamente, ya queda lejos de la influencia agotada del Mediterráneo. El que antes fue una bestia peligrosa se ha empachado de hierros y de sacrificios, le hemos amansado, y los europeos de hoy lo miramos como un mar bondadoso, como chiquitos que no saben que ese perro es grande y malo.

Seguimos alimentándole, pese a todo. Y, como ha sido siempre, desde que cortó su espuma la primera quilla, desde el dominio de Creta y las historias incrédulas sobre minotauros, somos los europeos quienes lo alimentamos, aunque hoy lo hagamos con los ojos vendados y sin perder una oportunidad para ladrar. Según datos de la OIM, en 2018 fallecieron 769 inmigrantes procurando arribar a nuestro lado de la costa, entre los que se perdieron en el Atlántico y los ahogados del Mediterráneo. Incluso hay noticias de pateras que se desviaron 3.000 kilómetros (es todo culpa de las corrientes) desde Senegal hasta encallar en las costas de Gabón, y el espectáculo de estas pateras repletas de fantasmas es horrible.

El mito que se esfuma

Nada sale gratis con este mar. Solo se mantendrá manso si lo alimentamos. El avión se ha popularizado y ya nadie suele tomar un barco para hacer turismo, como no sea para disfrutar de un crucero desde Tarragona hasta las islas griegas o por la costa italiana o cualquier crucero poco original. Hemos crecido, ahora tocamos el cielo, el pelotudo espacio, el Mediterráneo se ha transformado en un misterio desfasado en el que nadie tiene tiempo para buscar, es un campo de juegos obsoleto. ¿O será que ya hemos encontrado todo lo que podía dar? En Tarragona hay una piscina en alta mar donde puedes bañarte con atunes, dicen que es un espectáculo. Las islas griegas de Santorini (fundada precisamente por el hermano de la princesa fenicia Europa), Corfú (donde Poseidón violó a una de las hijas del dios Asopo) y Miconos (se dice que aquí enterró Hércules a los gigantes que mató) son para nosotros un parque de atracciones salvavidas, una evasión, vacaciones.

El crucero Costa Luminosa se prepara para entrar en el puerto de Corfú.
El crucero Costa Luminosa se prepara para entrar en el puerto de Corfú. FOTO: ADONIS SKORDILIS REUTERS

Cuando vamos de visita merece la pena ser viajero y recordar que por esos mismos nombres se han peleado venecianos, sicilianos, napolitanos, turcos, ingleses, franceses, romanos, griegos, fenicios, egipcios, hititas, aqueos, alemanes, quizá españoles o dioses. Son tantas batallas y tantos nombres con ambiciones y tantas olas que han chocado una y otra vez, una y otra vez sin un puñetero descanso desde el inicio de los tiempos hasta que terminen.

41.861

Aunque parecería que el aspecto más característico de nuestra época en el Mediterráneo es el reflujo. Europa tiene un reflujo ardiente y salado que viene desde África por el Mediterráneo, y todo esto porque se pegó una comilona en el siglo pasado y todavía no es capaz de digerirla. A los africanos no les han servido los inteligentes discursos de Rousseau o de Aristóteles, curiosamente, y ahora que consiguieron su preciada libertad van a la casa del hombre blanco para exprimirla, todo porque el hombre blanco, vanidoso y acomplejado, fardó y se contoneó en las colonias para cegar al pobrecito negro, y el hijo del esclavo también quiere vestidos blancos y casas con jardines llenos de orquídeas en Sussex, claro que sí, es esclavo pero no es idiota.

En el año 2020, un total de 41.861 inmigrantes en situación irregular llegaron a España por vía terrestre y marítima, en busca de estos sueños sin sentido. El único obstáculo entre ellos y sus sueños, aparentemente, es el Mediterráneo. Un mar engañoso. Como una criatura glotona y arrinconada se ceba en sus momentos de valentía con los débiles, y de aquí sacia su sed mientras sirve al hombre blanco. ¡Pobre, pobrecito africano cuando cruza el Mediterráneo! No sabe todavía que la bestia que más teme, esta masa voluble a rebosar de mitos y de armaduras vacías de anteriores sacrificios, el terror de todos los animales de tierra, en su lugar le tiene miedo (y sobrevive a duras penas) al espectacular hombre blanco.

Dos pateras abandonan la costa de Marruecos en su intento de alcanzar la playa ceutí de El Tarajal.
Dos pateras abandonan la costa de Marruecos en su intento de alcanzar la playa ceutí de El Tarajal. FOTO: Brais Lorenzo EFE

Una vez que miré por la ventana volando de Frankfurt a Turquía, vi un punto minúsculo que refulgía en las aguas, como una única estrella en un cielo emborronado, una lucecita que desde tan arriba me pareció un farolillo. Casi podía taparla con un pelo. A su alrededor no había nada, un abismo, el mar, y varios kilómetros al norte surgían otras estrellas, igual de minúsculas y graciosas. Como un hechizo se escuchó la voz del capitán por megafonía, hipnótica, un dardo del destino, y nos informó a todos los pasajeros (a los que estaban dormidos y a los que no) de que aquello que veíamos era la isla de Creta que ya hacía horas que dormía.

Luego apareció Estambul, la bastarda de Roma, la vieja capital milenaria abierta de piernas y llamándonos a la oración de la mañana desde el horizonte. Ensortijados con el runrún del avión podían escucharse los bocinazos y las conversaciones que brotan de ella. Inmediatamente la visión pálida de Creta se nos hizo a todos insignificante, una viruta. El mono cocotero cae del árbol, roza las nubes, se aprovecha del viento, y cuando el avión ya está a pocos metros de tocar tierra puedo distinguir entre los edificios las tumbas de los grandes santos de Turquía. Mi compañero de fila en el avión era un argelino que se fijó en cómo miraba aquellos monumentos, y, inclinándose hacia mí, mirando a su vez las mismas cúpulas, me susurró: pero no te olvides de que tus antepasados también derrotaron a los míos.