Breve guía práctica para amotinarte en el mar Caspio

Si te encuentras alguna vez en esta situación desesperante, recurre a este artículo

Barcos anclados en el Caspio.
Barcos anclados en el Caspio. FOTO: Alfonso Masoliver

Espero que esta pieza nunca te haga falta. Nadie quiere complicarse más de la cuenta cuando organiza un viaje pero, quién sabe, quién sabe, quizá llegue un día en que tengas que cruzar el mar Caspio subido en uno de los infames ferris que rebotan de una orilla a otra y te encuentres perdido donde nadie habla tu idioma, entonces puede que esta pieza te sirva. Ahora contaré mi experiencia en el Bagtyyar, una bestia revoltosa, un amasijo de hierros crujientes y con olores a lubricante y gasolina, una criatura con labios y estómago que funciona como las ballenas del océano, suelta enormes mugidos y no existe criatura en ese mar que le supere en tamaño. Por el momento no olvides su nombre, no vaya a ser que te lo encuentres de sopetón: es el Bagtyyar.

Estoicismo clásico

Los filósofos antiguos nos acompañaron a mis camaradas y a mí en esta aventura sin paliativos. Los filósofos modernos y contemporáneos no sirven en este rincón del mundo porque ellos nos hablan de ideas tan complicadas como rebuscadas mientras que todo aquí es puramente humano y natural, rozando lo irracional, y cuando nuestro cuerpecillo de carne en proceso de putrefacción se sumerge en el puerto nuevo de Bakú (Azerbaiyán) únicamente nos servirá el estoicismo que promulgaban Séneca y Marco Aurelio para salir al paso. Quiero decir que hace falta mucha, mucha paciencia. Porque, piénselo el lector. Nos dicen que esta tarde saldrá el Bagtyyar con destino a Turkmenbashi y que nos demos prisa, que no hay tiempo que perder, que arañemos el asfalto con los neumáticos y que juguemos a los piratas si hace falta, todo para subirnos al barco que nos llevará al desierto.

Bodega del Bagtyyar.
Bodega del Bagtyyar. FOTO: Alfonso Masoliver

Llegamos jadeando a la taquilla donde venden los billetes y hablando en una mezcla de árabe (que chapurrea Alejandro), inglés (que hablo yo) y gestos elocuentes (que mide Pacho a la perfección, el lenguaje más útil aquí) conseguimos entender que para qué tanta prisa, que somos unos chalados y unos impacientes, que nos informaron mal. Porque el Bagtyyar saldrá rumbo a Turkmenbashi, indudablemente, pero, ¿esta tarde? Es poco probable. ¿Y mañana? Mañana puede ser, puede que no. ¿Y pasado mañana? Insha´Allah, amigo europeo, insha´Allah. Hace falta ser un poquito más estoicos y mordernos los puños sin salpimentar.

Estoicismo, qué palabra maravillosa. Procede del vocablo griego “stoa”, que era el pórtico bajo el cual predicaba el filósofo Zenón de Citio a sus discípulos. Desvariamos y lamemos la botella de agua mientras hacemos tiempo en el puerto nuevo de Bakú. Pasamos tres días y dos noches contando las piedritas del asfalto. De vez en cuando corre la voz de que han salido a la venta los billetes para el Bagtyyar y allá corremos en tropel los aventureros, los descarriados, los camioneros, los expatriados y los fugados de cualquier rincón imaginable de nuestro planeta diminuto. Un batiburrillo de lenguas se enreda en el aire cuando nos codeamos y nos pisoteamos para ser los primeros en conseguir el billete codiciado, cotizado al precio del petróleo en esta tierra.

¿Un billete para el Bagtyyar? Pero amigo europeo, cómo puedes ser tan impaciente… ¿No te dije ayer…? ¿Si saldrá hoy? No lo creo, no lo creo. ¿Mañana? Mañana será otro día, vuelve a preguntar mañana.

El golpe

Rebobinamos un pedazo de la vida y ya estamos subidos en el viejo barco (conseguimos los billetes a un precio que parece el doble de lo habitual, a juzgar por la sonrisita del funcionario del puerto) y nos apoyamos en la barandilla de este animal rebosante de coches, camiones, camionetas.... Una voz estridente nos anuncia por el megáfono de popa que el trayecto durará exactamente dieciséis horas y treinta minutos. Hace una noche cerrada, se respira una humedad fresca y esperanzadora. El agua se ha teñido de bruma y estrellas y levanta las manos para manosear el casco del Bagtyyar, las olas juegan a ser yonquis del acero y de la sal. Dieciséis horas y media nos separan del segundo país más autoritario del mundo. El destino perfecto para cualquier aventurero.

Rancho de dudosa procedencia por el que cobraban alegremente 15 dólares.
Rancho de dudosa procedencia por el que cobraban alegremente 15 dólares. FOTO: Alfonso Masoliver

Cuando arrancan los motores y el agua se revuelve a borbotones, salimos todos a cubierta para escenificar la misma imagen que ocurre en absolutamente todos los barcos del planeta cuando abandonan puerto: nos apiñamos para observar a una misma vez el mar (la incertidumbre) y la tierra que dejamos (lo conocido), nos despedimos de los fantasmas. Y cuatro horas después comenzará la aventura de verdad. Hasta ahora solo habíamos completado una prueba sencilla, digamos que se trataba de un tutorial del estoicismo para comprobar si estamos realmente preparados para la aventura que acontecerá. Si la vida te pega una somanta de leches y te zarandea de un lado a otro y te divorcias y decides lanzarte de cabeza al mar Caspio y el Bagtyyar ya lleva cuatro horas en marcha, y sin más paran los motores por completo mientras la voz de megafonía anuncia que hace demasiado viento y que lo más sensato es detener el barco hasta que amaine, entonces debes saber que no verás tierra hasta dentro de una semana. Que vas a pasar una semana en el mar Caspio y que tus planes le importan un carajo a todo el mundo.

Yo sospecho que la tripulación del barco era en realidad una familia enorme: la cocinera tenía toda la pinta de ser la abuela, el tropel de camareros debían ser sus nietos, el capitán sería algún hijo espabilado, los marineros eran cuñados o algún primo lejano… Porque durante los siguientes siete días que tengas que dormir en este barco sin camas e ideado para trayectos de dieciséis horas y media, esta familia de… harán todo lo posible por exprimirte hasta el último dólar que lleves contigo. Fíjese que le dirán que usted pagó dos comidas con el billete y que si no quiere morir de inanición tendrá que pagar el resto de las comidas; que si quiere ducharse porque apesta, pues ese no es su problema; que quizá levemos anclas mañana o pasado, que quizá no. Insha´Allah, amigo mío. ¡Pero oiga que estamos viendo a todos esos barcos navegando sin problemas y el oleaje es mínimo, qué estafa es esta! Tranquilo, amigo, tranquilo.

El motín

Ningún motín empieza de sopetón. Cuando los pasajeros dependen absolutamente de la tripulación para llegar a su destino, los motines son del todo impremeditados y se suceden con una lentitud que roza lo empalagoso. A continuación daré al lector una breve guía práctica para amotinarse con éxito en el Bagtyyar.

En primer lugar habrá que perder el miedo a la bestia y tendremos que hacer como Jonás e introducirnos sin remilgos en las entrañas de la ballena. Así accederemos a nuestro vehículo que está aparcado en la bodega, aguantaremos el mareo que provoca el olor a combustible, vomitaremos sobre la rueda de un camión y conseguiremos algunas latas de comida que llevábamos en el maletero. Esta primera rebelión, una pequeña victoria, cuando accedemos a una zona aparentemente restringida a los pasajeros, nos concederá la motivación necesaria para dar un paso más en nuestro amotinamiento.

Amotinados satisfechos tras conferenciar con el capitán.
Amotinados satisfechos tras conferenciar con el capitán. FOTO: Alfonso Masoliver

Segundo paso: ocupar el cuarto de baño. En el Bagtyyar únicamente la tripulación cuenta con duchas en su cuarto de baño, y solo es una suerte que no las utilicen demasiado. Un grupito de valientes (en este punto de la aventura ya nos habremos ganado a los pasajeros para nuestra causa) deberá acceder al baño y ocuparlo permanentemente. Nadie entrará ni saldrá de las duchas sin el permiso de los nuevos ocupantes. Una vez ocupadas las bodegas y el cuarto de baño, el capitán del Bagtyyar sabrá que el amotinamiento es inevitable. Como recogieron todos nuestros pasaportes al subir al barco, y no nos los devolverán hasta que toquemos puerto, el capitán escogerá al fulano que tenga más pinta de pardillo en su fotografía y lo hará llamar al puesto de mando. Allí le amenazará con todo tipo de castigos dantescos para que se acobarde y pida a sus camaradas que terminen el motín, en cuyo caso nuestro amigo pardillo deberá ser fuerte por primera vez en su torpe existencia y sacar a relucir, si hace falta, la Convención de Ginebra sobre los derechos de los prisioneros de guerra. Porque no se engañe. El tiempo para filosofar ha terminado. Esto de aquí es una guerra por el control del Bagtyyar.

Paso número tres: una vez el capitán se cerciora de nuestra determinación, cuando el pardillo queda libre, podremos negociar que una comida al día (o incluso dos) nos salga gratis, y accederemos a compartir el cuarto de baño siempre y cuando nosotros, los que pagamos un billete para llegar a Turkmenbashi en exactamente dieciséis horas y media, tengamos preferencia en las duchas. Obligaremos a la abuela a trabajar en las cocinas como jamás imaginó que iba a trabajar. Con el fin de mantener a la tripulación a raya, sobornaremos a los marineros con botellas de vodka y ginebra, así pasarán las noches borrachos y no podrán contraatacar.

Todo esto parecerá una broma. Pero no lo es. Durante el verano de 2019 un puñado de españoles organizaron un amotinamiento en el Bagtyyar y consiguieron duchas y rancho caliente para todos los pasajeros. Al estilo de las viejas glorias. Con precisión militar. Y una vez el capitán supo que había perdido definitivamente el control de su navío pudimos asomarnos a la barandilla y aspirar el olor concentrado de las olas, tomamos puñados de sol y embadurnamos nuestra piel de amotinados. Allí a lo lejos vimos una columna de fuego que salía como un escupitajo rojo del desierto. Regurgitamos todo lo que antes era polvo y suciedad y conseguimos que las sensaciones se transformen en alimento, proteínas e hidratos de carbono que confluyen en nuestro sistema circulatorio y nos conceden la energía necesaria para sobrevivir la próxima aventura: entrar, recorrer y salir de una pieza de Turkmenistán.