Andalucía: 100 días de muerte y ERTE

La comunidad autónoma, con la menor incidencia de España, afronta “la nueva normalidad” ante el temor de un rebrote y la certeza de que la economía “no aguantará un segundo confinamiento”

El aleteo de un murciélago en Wuhan puede cambiar el curso de la historia del mundo en todo el planeta. Cien días después del estado de alarma, Andalucía registra en torno -Ministerio y Junta difieren en las cifras- a 1.425 fallecidos por Covid-19. El volantazo a los hábitos de vida de los ciudadanos en todo el mundo ha sido de siniestro total, salvo en una serie de pueblos de la llamada España vaciada, que se resisten a cambiar sus hábitos de vida. “Yo me entretengo buscando espárragos”, afirma Fructuoso, vecino de Zufre, en la Sierra de Huelva, antigua sede de la Inquisición, pueblo de paredes encaladas, donde hasta no hace mucho se podía ver de vez en cuando al ex presidente de la Junta José Antonio Griñán hacer alguna visita y tomar alguna tapa en el bar de El Paseo de los alcaldes, un mirador con vistas a uno de los pantanos que levantó Franco y cuyas aguas llegan hasta la red de abastecimiento de Sevilla. Griñán, confinado en Mairena del Aljarafe (Sevilla), con permiso de los manantiales, bebe agua de Zufre, donde las calles son estrechas pero la concentración de habitantes es muy inferior a la de la capital de la provincia hispalense, donde en los años 60 y 70 emigraron cientos de vecinos en el ferrocarril de Cala que tenía como parada final San Juan de Aznalfarache. En la residencia Joaquín Rosillo de San Juan de Aznalfarache el coronavirus se cebó a destajo, con una treintena de fallecidos. Uno de los grandes cambios del coronavirus, aún por concretarse, es el de la gestión de las residencias.

La estación de San Juan fue reconvertida hace unos años, previa remodelación, en casa de oficios y de usos múltiples, testigo silente de los numerosos baldeos llevados a cabo en el municipio del Aljarafe para desinfectar las calles. El empleo es el otro gran damnificado de la crisis del Covid-19, al punto que el más de millón de parados que dejó la crisis del ladrillo se antojan como una buena cifra y el temor de que los cerca de 90.000 ERTE se conviertan en ERE.

El coronavirus no ha golpeado por igual en toda España. Andalucía, dentro de lo malo, presenta los menores ratios de propaganción del país. El portavoz del Gobierno andaluz, Elías Bendodo, resumió que “casi 100 días después” la comunidad cerrará una etapa y abrirá una nueva. El primer caso de coronavirus registrado en Andalucía data del 26 de febrero. La Junta ha defendido que “la anticipación” del Gobierno andaluz ha sido la clave para el control de la pandemia. “Un mes antes se reunió el grupo asesor de seguimiento del coronavirus y activamos el nivel 2 de emergencia antes del estado de alarma”. El 3 de marzo se actuó en residencias: “Ganamos 11 días respecto al Estado”, concretó Bendodo. Mañana, con el fin del estado de alarma, Andalucía “mantiene el nivel 2 de emergencia sanitaria” y “entrará en marcha el comité de operaciones”. La actual tasa de inciencia es del 0,37 por 100.000 habitantes. El objetivo ahora “es mantener esta situación y responder a focos de contagio”. La llamada a la “prudencia” es continua. " Si hubiera rebrotes, el Servicio Andaluz de Salud está preparado, con material y personas”. “La que no está preparada es España, ni Andalucía, si hay que volver muchos pasos atrás desde el punto de vista económico”, advierte el portavoz del Gobierno andaluz Ante la hipótesis de “un nuevo confinamiento, ni Andalucía ni España están preparadas”. “Las consecuencias para la economía si damos pasos atrás pueden ser letales”, subrayó. La Andalucía postcoronavirus: paro del 30%, una caída del PIB del 13% y 10.000 millones perdidos en el Turismo. Se reza por el rebote en V. Estos 100 días han dejado la imagen inédita de los grandes centros turísticos andaluces desiertos en contraposición a las plantas de hospitales llenas.

San Juan de Aznalfarache es una ciudad dormitorio del Aljarafe sevillano, precursora del boom en la zona en los años 70-80 y cuyo urbanismo infame la dejó a la sombra de municipios como Tomares o Mairena del Aljarafe, ha sido una de las localidades más castigadas de la provincia de Sevilla por el coronavirus. La citada residencia Joaquín Sotillo fue medicalizada y multitud de pacientes fueron trasladados al Hotel Ilunion, el Alcora de toda la vida, convertido en hospital por la Junta. Esa imagen resumen también el cambio de paradigma durante 100 días. Los hoteles, centro neurálgico de la gran industria del turismo andaluz, donde la comunidad es potencia mundial como demuestra que se colocó líder en reservas en cuanto han aparecido los primeros brotes verdes aún sin cuajar, transformados en hospitales de campaña. Del turista aferrado al “carpe diem” vacacional a “nuestros abueletes” -en expresión del consejero de Salud, Jesús Aguirre- aferrados a la vida frente al coronavirus. La Semana Santa, la Feria de Abril, los Patios de Córdoba, el Corpus de Granada, el Rocío... el balance de fiestas caídas -con el empleo que conlleva- es inmenso. Más que nunca, la procesión fue por dentro.

En Zufre las calles son estrechas y blancas. Las paredes de las casas, gruesas encaladas, frescas en verano y calientes en invierno. Las calles son estrechas y hay mucha cuesta, pero cuesta encontrar algún vecino aún con el desconfinamiento. A pocos kilómetros está Aracena, cabeza de jurisdicción, donde el ex coordinador general de IU en Andalucía Antonio Maíllo da clases de latín en un instituto. Las pestes y las enfermedades bíblicas son históricas desde antes de Roma. Algunos vecinos todavía recuerdan las historias de la guerra que les contaron sus abuelos, las fiebres. En estos pueblos, el confinamiento no evitó la válvula de escape de los paseos. Los caminos agrícolas han servido de senderos libres de virus. El cuidado de “las bestias” ha sido otra vía de escape. Los caballos, los cerdos. “Este año la matanza se ha ido a tomar por culo”, relatan en el Bar Los Benitos que regenta Santiago Montero. En la Sierra de Zufre, conociendo los caminos, es fácil no tropezar con nadie. Quizás algún ciervo o un venado. Poco más. El confinamiento fue a coincidir con el tiempo de los espárragos y en los pueblso no se han quedado en el campo. Los vecinos confían en que no se pierdan “los gurumelos” si ha rebrote. La que se perdió prácticamente fue la campaña de los frutos rojos en Huelva, por falta de mano de obra y ante la imposibIlidad de llevar a cabo las medidas de seguridad.

En el pueblo no hay médico. Lo más cercano está a varios kilómetros. La dispersión rural paró el coronavirus en la Andalucía rural. La España vaciada ha dejado seco al coronavirus. En las capitales, la acumulación de efectivos para el coronavirus también cerró consultas y paró las operaciones, que ahora se tratan de recuperar a contratiempo.

Lo que no evitó la periferia es el miedo. Internet llega a los pueblos, algunos con internet rural, y los informativos, los programas matutinos “que parecen velatorios”, apuntan. “Eso ha hecho más daño que el coronavirus aquí”, señala Pepi Toscano, de mediana edad, emigrante a la capital y que vuelve los fines de semana una vez que la desescalada permitió el cambio de provincia a Zufre.

Quedan atrás 100 días en los que los abuelos apenas salían a por el pan, si es que salían. “De esto saldrán ricos los psicólogos y los abogados, por los divorcios”, atina José Ramón Fernández Labrador, vecino del pueblo de Curro Romero y Sergio Ramos, Camas (Sevilla), que emigró a Nueva Jarilla, pedanía de Jerez de la Frontera (Cádiz) cuando conoció a Estefi en una feria y se convirtió en el amor de su vida. José Ramón, que sufrió como una postpandemia la derrota del Betis en el derbi en el que supuso la vuelta de la competición liguera, trabaja en un centro comercial y ha sido uno de los denominados empleados básicos durante los 100 días del Covid-19. Manuel García Hidalgo, cuya familia procede de Santa Olalla del Cala (Huelva), residente en San Juan de Aznalfarache y trabajador afectado por un ERTE en el municipio camero, se ha quedado sin ir al Circuito de Jerez, que celebra próximamente las carreras a puerta cerrada. Un pequeño paso para las motos, pero un inicio para la economía.

Otro de los grandes riesgos de los 100 días de coronavirus ha sido el síndrome de la segunda residencia. Cientos de ciudadanos allende Despeñaperros tienen casa en Cádiz o Huelva, por ejemplo. “Esas casas se miraban de reojo”, apunta una vecina de Islantilla. La tentación de venir a pasar el confinamiento a un lugar con clima amable, aire limpio, patio o jardín se unía, en el caso de capitales como Madrid, a la sensación de que “había que huír de aquí”. La tasa de incidencia del coronavirus en la capital de España sigue siendo peligrosa. Almería y Huelva han supuesto el “milagro andaluz”, con una baja incidencia. “No hay distancia de seguridad” ante el pánico.

Cien días después, con el pico en marzo de la pandemia en marzo en la región, los lugares con baja densidad de población, con menos comunicaciones con el exterior, han entrado en valor. De hecho, un estudio de la Universidad de Huelva explica las buenas cifras de Huelva y Almería en su escasa conexión con las grandes capitales. El aislamiento las puede haber salvado, por más que quedaran en el aire cosechas enteras en las provincias onubenses y almeriense.

“El coronavirus ha cambiado las prioridades de los consumidores. Ahora las familias están preocupadas en ir lo menos posible al super para exponerse poco. Compran productos baratos y que se puedan conservar”, señalaron las patronales del sector.

El coronavirus ha desnudado las mentiras del mercado ante las necesidades reales y puesto en valor el papel prioritario de esos agricultores que justo antes de la crisis sanitaria salían a las carreteras para pedir mejores precios en origen. Las reinvidicaciones laborales que también se llevó el coronavirus. “Al final, aunque hemos aguantado el primer envite, vamos todos pa’lante si la economía no echa a andar”, señalan. “¿Te acuerdas cuándo el debate era si se regulan los piropos”?, comenta en la recién reabierta barra de un bar de Mairena del Aljarafe José Manuel Quintero, natural también de San Juan y que pasó el confinamiento “en un piso de 50 metros con dos niños” porque le dieron “vacaciones” en el trabajo y su pareja, Eva González, era trabajadora esencial en un hipermercado. Algo más de medio año han pasado desde las campanadas al campanazo del coronavirus, y parece que ha sido un siglo de acontecimientos y muertes en cadena. El leviatán del sistema metió la cabeza en la gatera durante más de tres meses, aferrado a los aplausos a los sanitarios a las 20:00 y mostrando ya síntomas de malestar con protestas en diversos ámbitos (de las caceroladas a los toros) y ahora poco a poco toca desperezar, con mascarilla, limitando abrazos, con soluciones hidroalcohólicas, mientras la crisis sanitaria rompe a caminar con andador y respiración asistida.