Theodor Morell, el médico que recetaba cocaína a Hitler

A partir de 1936 se convirtió en el galeno personal del líder nazi, a quien jamás le informó de las sustancias que le prescribía, entre ellas opiáceos y anfetaminas

Theodor Morel, a la derecha, fue el médico de Hitler desde 1936 hasta el suicidio del líder nazi
Theodor Morel, a la derecha, fue el médico de Hitler desde 1936 hasta el suicidio del líder naziLA RAZÓNLA RAZÓN

Cuando Theodor Morell vio por primera vez a Hitler , frente a frente, fue en 1936, durante una cena. El Führer sufría unos terribles dolores estomacales. Flatulencias. El doctor, un médico que había estudiado en Grenoble y París y posteriormente Ginecología y Obstetricia, vio la oportunidad de su vida. Tendido en una cama Adolf Hitler estaba a su merced. Si conseguía aliviarle probablemente tendría en sus manos un salvoconducto de por vida. Morell, un hombre de una ambición sin límites, decidió dar el paso. Le recetó unas cápsulas de Mutaflor y sus males desaparecieron temporalmente. La mejoría fue inmediata.

A partir de ese día fue la sombra del dirigente nazi. Comenzó a acompañarlo en todo: bunkers, reuniones militares, vacaciones, caminatas e incluso reconocimiento de los territorios recién conquistados. Puede ver informes en el diario de Morell, en el que Hitler se conoce como Paciente A. Hay descripciones preciosas de la salud y la mentalidad del tirano. Con él estuvo hasta el suicidio de este en el búnker en abril de 1945. Cuando vio que la decisión estaba tomada y que él ya nada podía hacer pidió permiso para huir y ponerse a salvo. El futuro no pintaba nada bien, y eso que su esposa ya se lo había advertido. Que tuviera cuidado porque si Hitler caía él lo iba a pasar muy mal. Y así fue.

Del decaimiento a la euforia

Morell, un hombre rudo, de tez siempre sudorosa, que sufría de halitosis y ancho de cuerpo, anotaba en su diario médico todas y cada una de las medicinas que suministraba a Hitler: entre las 28 pastillas que llegó a administrarle diariamente había vitaminas, sí, y drogas que bien le inyectaba o le recetaba vía oral. La lista es prolija: testosterona, cafeína, belladona, sulfinamida, anfetaminas, manzanilla, atropina, bromato de potasio, cocaína (en gotas para los ojos)… y así hasta más de setenta. En cierta medida, Hitler le servía de conejillo de indias, con él experimentaba, dentro de unos límites y le suministraba sustancias capaces de provocarle en tiempo record desde estados de máxima euforia a otros de decaimiento, es decir, que pocas veces llegaba a dormir 3 horas seguidas.

El Vitamultin, que aunaba dosis de metanfetamina y cafeína; y el Glyconorm, un preparado a base de placenta, hígado, músculo cardíaco y testículos de toro, administrado como tónico, eran dos de los que habitualmente le recetaba, aunque su paciente jamás supo que ingería. Aunque la más común que le pinchaba era Eukodal, similar a la heroína y capaz de conseguir en el dirigente germano estados de absoluta euforia.

Por la predilección de Morell por las inyecciones se le llegó a motejar como “el doctor aguja” por Himmler y Goering, incluso por el arquitecto Albert Speer, a quien desagradaba sobremanera el aspecto del médico. Así lo recoge en sus memorias: “En 1936, cuando mi circulación y mi estómago se rebelaron... llamé a la oficina privada de Morell. Después de un examen superficial... me prescribió bacterias intestinales, dextrosa, vitaminas, y tabletas hormonales. Por seguridad, y después de eso, fui examinado por el Profesor von Bergmann, el especialista en medicina interna de la Universidad de Berlín. Concluyó que no estaba sufriendo de ningún problema en ningún órgano, y que solamente padecía de síntomas nerviosos causados por el exceso de trabajo. Disminuí el ritmo de trabajo lo más que pude y los síntomas, entonces, desaparecieron. Para no ofender a Hitler, fingí estar siguiendo las instrucciones de Morell, y como mi salud mejoró, me convertí por un tiempo en el escaparate de Morell”.

El entorno del Führer recelaba de las prácticas poco ortodoxas de Morell, un hombre con una práctica médica cuestionada, con un currículo abultado para ganarse el favor nazi y sobre el que pesaba una peligrosa losa: antes de dedicarse en cuerpo y alma a Hitler el grueso de sus pacientes eran judíos, incluso se llegó a plantear que por sus venas corriera también sangre judía dado el aspecto fuerte y la tez oscura que exhibía. No se lo pensó dos veces y decidió, para no levantar sospechas, o quizá para disiparlas, afiliarse al partido nazi, lo que hizo que rápidamente pudiera prescribir sus tratamientos a las clases alemanas más pudientes.