La enfermedad imaginaria de Flotats: mascarillas en el escenario

El dramaturgo catalán de 81 años se sube a las tablas del Teatro de la Comedia de Madrid con la mitad del rostro cubierto por protectores sanitarios para representar la última comedia de Molière

Anabel Alonso y Josep Maria Flotats, durante un ensayo de la obra "El enfermo imaginario"Sergio ParraCNTC

Con esa vaga prudencia de caballo de cartón en el baño de la que hablaba Luis Rosales, escribió Molière su última comedia. Retirado involuntariamente del espíritu crítico que salpicaba sin contención sus primeras obras (basta recordar la figura de un exagerado de la devoción como Tartufo o la piadosa mezquindad de “El avaro”) y empujado a la genuflexión moral y al abandono de temáticas polémicas como método preventivo de futuras nuevas censuras, el dramaturgo francés estrenó “El enfermo imaginario” en 1673 sin ser consciente de la naturaleza predictiva de sus bases. Tampoco de lo extemporáneo que le hubiera parecido la introducción de mascarillas en un atuendo, el del siglo XVII, lo suficientemente recargado como para precisar de más adornos.

Flotats, Molière y la enfermedad -entendida como deficiencia del alma pero también del cuerpo- fusionándose en tiempos de coronavirus. Cualquiera diría que se trata de la descripción de un cóctel perfecto para preparar la columna autoral de una comedia con tintes de drama. El director y actor catalán de 81 años antepone su salud a las tablas, su seguridad a la estética, su tranquilidad a la coherencia de la vestimenta y ha decidido que los doce actores que salen junto a él a escena lo hagan protegidos con sus respectivas mascarillas. “Somos doce en el escenario y soy una persona de riesgo”.

El dramaturgo ha lanzado su particular manifiesto dreyfusiano y los receptores de dicha advertencia no son otros que Sanidad y Cultura. Los cuáles, claro, no han tardado en responderle. No se preocupe, está usted seguro, señor comediante, han venido a decir. “Respetamos la decisión artística –no sanitaria– del señor Flotats. Se ha demostrado que la cultura está siendo un espacio seguro tanto para nuestros intérpretes como para el público”. Suena a hormigueo de estreno. ¿Quién es el enfermo? ¿Acaso no hemos empezado estarlo un poco todos? ¿Qué enfermedad debería preocuparnos más? ¿La evidente? ¿Aquella que mata, arrasa y extermina? ¿O esa otra que tiene que ver con un sentido narcisista del espectáculo y la promoción?

Incapaz de adivinar la marisma de patologías que invaden las sociedades actuales, Molièr analiza certero la necedad, la torpeza y la maldad del ser humano de la mano de un hipocondríaco cuyo nombre es Argán. Para volver a mirarse en el espejo de una sociedad enferma llena de enfermos, el autor Josep María Flotats bucea ahora en las aristas de una joya del teatro universal como ésta para llevarla a las tablas del Teatro de la Comedia de Madrid. Y es aquí cuando estalla la polémica.

Flotats denunció durante la presentación el desamparo que sufren los actores tras considerar que su profesión es la única que “necesita desprenderse” de medidas de protección para realizar su trabajo: “Quiero hacer este espectáculo, lo llevo preparando un año, pero no quiero poner en riesgo mi vida. Quiero hacer alguna obra más”, declaró. Entre las peticiones más explícitas pronunciadas por el actor, se encontraba la de la realización de pruebas diarias de detección del virus a los actores. También se preguntaba por qué sendos ministerios (mencionados con anterioridad) no han llegado todavía a un acuerdo para “proteger a los artistas”. En cualquier caso, la función debe continuar y si Molièr demostró con “El enfermo imaginario” que tenía las herramientas necesarias para descorrer el telón y elevar las frustraciones, tristezas y desesperanzas hasta convertirlas en arte, ahora es Flotats quien debe demostrar lo propio. Con o sin necesidad de cubrirse la boca.