Pere Aragonés: El separatista pragmático

Es un hombre rocoso y reflexivo. Despierta la ira de los empresarios catalanes por sus teorías económicas

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Vende como todo un éxito su encuentro con Pedro Sánchez en Barcelona. El presidente de La Generalitat, Pere Aragonés, ha abierto un diálogo sin plazos a cambio de su apoyo el techo presupuestario que se aprobó un día antes en el Congreso, el más elevado de la historia democrática. Aunque en Moncloa lo nieguen, la condición impuesta por Aragonés fue que Sánchez acudiera personalmente al Palau para escenificar ante su electorado independentista una negociación de tú a tú entre dos Estados, no sólo entre gobiernos. Sin Presupuestos no hay fondos europeos, y sin éstos tampoco recuperación económica. Pero el republicano no lo tiene fácil preso de sus socios de JuntsxCat en el Govern, profundamente enfrentados que hace aguas por todas partes, y las bases de ERC muy críticas ante el acuerdo con el Ejecutivo de una España que desean romper. Para el ala radical republicana la llamada Mesa de Diálogo es una “farsa insuficiente”, mientras en el entorno del prófugo Carles Puigdemont califican a Pere Aragonés con palabras muy duras: “Es el teleñeco de Sánchez”, aseguran.

Es este un matrimonio de conveniencia para ambos. Pedro Sánchez necesita los votos de Esquerra Republicana en el Congreso para mantenerse en La Moncloa los dos años que restan de Legislatura, y Pere Aragonés deberá hacer algún guiño al PSC y los Comunes si antes no le vuelan la silla Puigdemont y los suyos. En el entorno del ex presidente subyace un enorme enfado por la negativa de Aragonés a sentarse en la Mesa con los elegidos por JuntsxCat, entre ellos los dos condenados del “procés” Jordi Sánchez y Jordi Turull. La estabilidad del actual Govern se tambalea entre agujas y finos hilos, aunque en ERC piensan que no lo romperán hasta las municipales para mantener su financiación. En todo caso, Aragonés resiste como un jabato envuelto en el discurso de la amnistía, autodeterminación y simbolismos como sacar la bandera de España del balcón de La Generalitat. Un esperpento impresentable y humillante para el presidente del Gobierno de la Nación, que lo toleró, mientras él sí se inclinaba ante la “senyera”.

Tiene Aragonés una dura piedra en su zapato llamada Carles Puigdemont. El candidato de ERC no logró en primera vuelta los votos necesarios para su investidura como presidente de La Generalitat y fue durante un tiempo un aspirante en barbecho. El fugitivo de Waterloo no piensa ponerlo fácil mientras no definan a su gusto el papel del Consell per la República, esa especie de gabinete en la sombra creado por El Puchi para liderar desde Bélgica la hoja de ruta independentista. Desde su presentación en un mitin en Peripiñán, los republicanos recelen de este organismo que ven “muy escorado” hacia el lado del ex presidente, mientras el prófugo les acusa de “banalizar su política desde el exilio”. Una prueba más de la pésima relación entre Esquerra Republicana y JuntsxCat, que deja a Aragonés en manos de la CUP. Ahora, está por ver si el republicano renuncia a sus principios separatistas en pro de una agenda más social hacia la izquierda en manos del PSC y los Comunes. Algo difícil de entender por las bases de ERC, por lo que la Mesa de Diálogo aflora como una especie de teatro con mensajes pactados de antemano por ambas partes.

Burgués, indepe y pragmático. Así le definen quienes bien le conocen. Pere Aragonés García pertenece a esa doble faz de los independentistas catalanes: nieto de un alcalde franquista y con familia millonaria. Nacido en Pineda de Mar, su abuelo paterno, Josep Aragonés i Montsant, amasó una gran fortuna durante la dictadura que le llevó a construir el hotel más grande de España en aquella época, el Taurus Park. Fundador de Alianza Popular en la comarca, fue edil del municipio y forjó un imperio hotelero y textil. Al fallecer en un accidente de tráfico, sus dos hijos, Pere, padre del dirigente de ERC, y Enric, heredaron las empresas del progenitor y todo su abultado patrimonio. Por razones de imagen política, en el entorno de Aragonés niegan su vinculación con el entramado empresarial, pero lo cierto es que su familia posee un imperio hotelero en la costa con varios establecimientos, parques acuáticos y centros de ocio en Pineda, Tossa de Mar, Salou y Calella. “Ni quiero, ni me gusta”, asegura el republicano cuando le recuerdan la fortuna familiar. Su esposa, Janina Juli Pujol, procede también de una adinerada saga del litoral en el Maresme catalán. Se casaron por todo lo alto y son padres de una niña, Claudia.

Licenciado en Derecho y máster en Historia Económica por la Universidad de Barcelona, en las aulas conoció a Oriol Junqueras. Militante de las Juventudes de ERC desde los dieciséis años amplió estudios en desarrollo económico en la Universidad norteamericana de Harvard, lo que no frenó su fervor independentista. A su regreso trabó un contacto muy estrecho con la secretaria general, Marta Rovira, y el propio Junqueras. Cuando Rovira se fugó a Suiza le llamó un día a la cárcel y le confirmó: “Ella se ha ido y tú eres el elegido”. Asumió entonces el papel de segundón en el Govern de Quim Torra como vicepresidente de Esquerra y sus desencuentros fueron sonados. La tensión entre los dos socios era patente, demostrando una vez más las malas relaciones entre neoconvergentes y republicanos desde los tiempos de Jordi Pujol, que ahora persisten. Algo que se ha visto en el último desencuentro por la delegación de Puigdemont en la Mesa de Dialogo con Pedro Sánchez.

Es un hombre flemático, reflexivo y rocoso. A pesar de que ahora se proclama ateo, su infancia está ligada a la cultura religiosa ya que estudió en la Escuela de la Madre de Dios del Roser, en Pineda. En su entorno admiten que participa junto a su mujer Janina en movimientos cristianos, que él califica de “izquierda solidaria”, y comparte con ella un Audi Q5 que conducen por las carreteras de la costa. En sus teorías económicas de izquierdas priman el gasto, el sector público y la subida de impuestos, lo que despierta las iras de los empresarios catalanes que ven cada vez más asfixiado el tejido productivo. Como vicepresidente del Govern con Quim Torra fueron polémicas muchas de sus medidas y su gestión actual como presidente “para salir corriendo”, en palabras de destacados empresarios catalanes con la última bofetada de la ampliación del aeropuerto del Prat paralizada. Bajo su pequeña estatura y sus cuadradas gafas se esconde un hombre introvertido, de absoluta fidelidad a Oriol Junqueras. “Yo no seré una marioneta de Puigdemont”, dice en su negativa a someterse a la autoridad del fugitivo de Waterloo.

Le gusta pasear en bicicleta por el Maresme, practicar senderismo y su libro de cabecera es “Atrapa la llebre”, de Lana Bastasic. Muchos históricos de ERC le critican su radicalismo de izquierdas y hacerse fotos con el filoetarra Arnaldo Otegui. La política catalana vive en un esperpéntico vodevil que amenaza con empantanar todavía más el escenario. Mientras, este hombre pequeñito, pero tozudo, no se achanta y ha logrado sentarse de igual a igual con Pedro Sánchez. Los dos se necesitan