ERC no da por zanjada la crisis y exige una reunión con Sánchez

Entre las reclamaciones de los independentistas, crecidos por el espionaje, está la reactivación de la Mesa de Diálogo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el de Cataluña, Pere Aragónes en el Palau de la Generalitat
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el de Cataluña, Pere Aragónes en el Palau de la Generalitat FOTO: ADRIAN QUIROGA/SHOOTING

El ruido mediático ha amainado con respecto al «caso Pegasus» por la presentación de la nueva Ley del aborto. Polémica servida con la oposición y con los socios de Gobierno, pero polémica que ha sido un bálsamo para las grietas que se han abierto en el seno del Ejecutivo y con los socios de investidura. Sin embargo, el caso del espionaje no ha pasado página. Las continuas informaciones publicadas están debilitando al Gobierno, la gestión ha sido errática, lo que ha servido a ERC para hacerse valer ante Sánchez y ante su enemigo íntimo, Junts per Catalunya, a la que ha arrebatado todo el protagonismo.

Por eso, a pesar de que se ha dejado de pedir en público la dimisión de la ministra de Defensa, Margarita Robles –que esta semana para hacerse valer se reúne con el secretario de Estado de Seguridad norteamericano, antes de la cumbre de la OTAN–, Aragonés mantiene en pie sus exigencias. Quiere reunirse con Pedro Sánchez, pero no solo una foto. Quiere cosas concretas como la desclasificación de las investigaciones del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), una comisión de investigación en el Congreso de los Diputados para dilucidar quién dio la orden, ser oídos en la tramitación de la Ley de Seguridad –ERC presentó una enmienda a la totalidad la pasada semana, rechazada gracias a los votos del PP–, y activar una modificación del plan de actuación del CNI para que no se repitan casos como los conocidos de espionaje al independentismo catalán.

El próximo día 25, el presidente comparece en el Congreso para dar explicaciones sobre el espionaje a los independentistas y sobre el ataque recibido por algunos miembros del Gobierno, incluido él mismo, y debe dilucidar si se reúne con Pere Aragonés antes del pleno. Sánchez sabe que, además de Pegasus, Aragonés planteará una reactivación de la aletargada Mesa de Diálogo, un escenario envenenado para la precampaña andaluza porque PP y Vox utilizarán el encuentro para erosionar al PSOE andaluz, que ya de por sí anda renqueante.

ERC es consciente de la inestabilidad política española y aprietan pero no ahogan. Son partidarios de una reunión cuánto antes «siempre que Sánchez tenga alguna propuesta». Seguirán presionando pero no parece que quieran hacer caer el Gobierno porque un ejecutivo PP-Vox no es deseable. «A ellos les interesa que tenga lugar cuanto antes», rubrican, porque en Cataluña se avecinan momentos complejos. El 4 de junio, Junts elegirá a Laura Borràs como presidenta que someterá a consulta de las bases la continuidad del Govern. Su objetivo: agitar las aguas ante la inminencia de la apertura de su juicio por corrupción, aunque ella se presenta como víctima de las cloacas del Estado al independentismo. ERC y CUP no garantizan su continuidad como presidenta del Parlament. Su pulso, no garantizar la continuidad de Aragonés con un no al Govern de sus bases. La ruptura del Govern dejaría a Aragonés en manos del PSC, su principal adversario, para evitar unas elecciones anticipadas. No es un apoyo deseado por los republicanos, pero es el único y no se produciría si ERC hace caer al Gobierno.

Sánchez tiene que tomar esta semana decisiones, consciente de que el próximo mes la situación política será más inestable por los resultados de Andalucía, porque las relaciones con Podemos van a empeorar y la inestabilidad parlamentaria, siempre con acuerdos de última hora, se puede agudizar. Nadie menta la bicha, pero la crisis de Gobierno planea en el ambiente. Tampoco lo hacen los barones del partido, que contemplan con preocupación el horizonte de municipales y autonómicas, pero que tras las andaluzas harán oír su voz.

Pedro Sánchez siempre las toma aunque se deje a gente por el camino. Corría el año convulso de 2016, había sido desalojado de la Secretaría General del PSOE y se preparaban las primarias. Solo un grupo de irreductibles estuvo a su lado en el Congreso. Eran los 10 apóstoles. Hoy en primera línea solo dos sobreviven en primera línea: Adriana Lastra, como vicesecretaria general del PSOE, que más parece un cero a la izquierda, y Margarita Robles, como ministra de Defensa, que en estos días ha comprobado que para Pedro Sánchez la política no es un deporte de equipo cediendo a cesar a Paz Esteban en el CNI. Ha sido disciplinada pero ha marcado su impronta frente al propio Sánchez y frente a Félix Bolaños, el ministro plenipotenciario que «empieza a contar sus actuaciones como fracasos», señala un dirigente socialista que prefiere el anonimato.

Hace un año, el presidente hizo una crisis de Gobierno. Se dijo entonces que «el PSOE ha vuelto» y que las cosas se harían mejor sin Iván Redondo. De hecho, las crónicas dominicales en los medios de comunicación ponían en valor al «nuevo equipo plural» del presidente. «Solo han pasado 10 meses y los errores se acumulan y los aciertos no cuajan en los ciudadanos», comentan fuentes socialistas. De Murcia al hackeo del teléfono del presidente, pasando por la reforma laboral, el decreto de medidas contra la guerra o la ley de seguridad nacional, son ejemplos. Sánchez, no lo duden, tomará medidas porque es evidente que algunos recuerdan al principio de Peter: un buen empleado cuando asciende en la jerarquía llega a su máximo nivel de competencia.