Caperucita y el lobo “vegane”

Un colegio de Cataluña elimina varios libros infantiles de su biblioteca como Caperucita o La bella durmiente por considerarlos sexistas y repetir patrones sexistas nocivos para los niños y las niñas.

  • Ilustración cedida por su autor, Santi Orúe
    Ilustración cedida por su autor, Santi Orúe

Tiempo de lectura 8 min.

13 de abril de 2019. 15:24h

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Gema Lendoiro Madrid. 13/4/2019

Imaginaba Borges el paraíso como una biblioteca, advirtiendo, eso sí, de la existencia de los paraísos perdidos. La necesidad de conocimiento innato en el ser humano (en uso más que otros, también es verdad) ha creado a lo largo de la historia maravillas como la Biblioteca de Alejandría, a manos de Ptolomeo I en el siglo III antes de Cristo en la ciudad egipcia del mismo nombre. Aquél impresionante lugar del saber, que, dicen las crónicas, llegó a albergar hasta 900.000 manuscritos, fue destruido. Su creación se debió, en parte, para promover los valores de la cultura griega y en un intento de preservarlos dentro de la civilización egipcia.

Sabemos poco de cómo debió de ser aquel lugar de saber donde eruditos de diversas nacionalidades trabajaban, entre otros, los textos de Homero. Gracias a las excavaciones sabemos también que debió de ser un lugar de aprendizaje con capacidad hasta para 5.000 estudiantes. Sorprende imaginar cuánta acumulación de saber, cultura y amor por la verdad en una época tan lejana a la nuestra. Pero existió.

De todos es sabido el triste final de dicha biblioteca: su destrucción. Sabemos poco o muy poco sobre su historia y final. Apenas algunas referencias en Tito Livio, Séneca, Plutarco. Primero un incendio fortuito en época de Julio César, después varias incursiones en la ciudad en los siglos II y IV y, finalmente y más conocida, su destrucción final a manos del emperador Teodosio y en respuesta a una petición del patriarca Teófilo de Alejandría.

Los historiadores no se ponen de acuerdo, pero lo cierto es que la Biblioteca, con todo su magnífico saber, desapareció, privándonos a las generaciones venideras de todo lo que allí se custodiaba. Más de seiscientos años quemados. El fanatismo, como tantas otras veces, hizo su trabajo.

Quemar libros es, por tanto, tan antiguo como el hombre. Y siempre ha sido un acto producto de la intolerancia de quién da la orden de su destrucción. Nada nuevo, por tanto, bajo el sol. Aquí en casa y en el esplendor del reinado de los Reyes Católicos, muchos fueron los esfuerzos de estos y con la ayuda de la Iglesia de entonces, de hacer desaparecer cualquier vestigio sobre el principal enemigo a batir: el infiel, el musulmán. Cientos de miles de libros fueron quemados en plaza pública que es como gusta, además, al totalitarismo, quemar las cosas (o a las personas). Para dar ejemplo.

Mientras los Reyes Católicos hacían de las suyas, en Italia, concretamente en Florencia, un fraile Savonarola, obsesionado (y equivocado) sobre un posible malestar de Dios con los hombres en la tierra, decidió que había que sustituir el Carnaval, por frívolo, por la fiesta de la Penitencia. Ahí es nada. ¿Les suena de algo en la actualidad cierto grupo político haciendo justo lo contrario y queriendo eliminar cualquier vestigio de cultura cristiana única y exclusivamente para imponer su inquebrantable y arbitrario criterio? Como ven, está todo inventado. Volviendo con el simpático, e intransigente monje florentino, finalmente y como lo primero poco le pareció, se quemaron, previo saqueo miles de libros sobre magia y, lo que es peor, clásicos de la literatura como Ovidio, Catulo y Marcial, Dante o Platón.

Por supuesto no podemos olvidarnos en esta lista de la intolerancia de los nazis. El ministro de propaganda y maestro de tantos directores de campañas electorales actuales, Joseph Goebbels, ejecutó en 1933 la quema de cientos de miles de libros.

Y, como no podía ser de otra manera, actualmente también tenemos nuestros particulares censores, amantes de prohibir aquello que no se ajuste a su criterio, a su dogma de Fe, a sus principios morales y éticos, a su ideología. Y, a falta de hogueras, que no les deben de parecer tan estéticas, se propone la supresión, suponemos que, mediante la trituración del papel para luego reciclarlo, claro (un progre siempre debe ser, además, ecológico) de aquellos libros que el censor de turno diga que sí. Este sí, este no. Este no me gusta, este sí. Este se salva, este no.

Ha sido la escuela Tàber de Barcelona, cuya titularidad corresponde a Generalitat de Catalunya y no a un obispado de tiempos lejanos, quién ha ostentado el “honor” esta semana, de practicar una censura al estilo Torquemada o Savonarola. Dicha escuela tiene una ya de por exigua biblioteca de 200 libros que se ha quedado la pobre, después de la implacable censura, con bastantes menos. Resulta que el centro participó, días atrás de tomar esa decisión en proyecto de una asociación, para analizar las bibliotecas con perspectiva de género. ¡Acabáramos! La todopoderosa Santa Perspectiva de Género campando a sus anchas imponiendo, una vez más todo su criterio radicalizado y cuya consigna básica puede resumirse en que todo lo que huela a hombre, apesta. Porque sí, porque lo dicen ellas y punto. Como un dogma de Fe que no se puede cuestionar y cuyo castigo por llevarles la contraria puede acarrear ser echado a los tiburones mediáticos, a la burla, al exilio del reino de lo políticamente correcto. La histeria llevada al extremo. Sí, he escrito histeria. Lo siento, yo también estoy abducida por el heteropatriarcado, qué le vamos a hacer, dentro de poco seré vetada por las huestes de la policía de género. Pero he podido escaparme, incluso a pesar de ella, al pensamiento único e imperante que todo lo rodea. Alabado sea el pensamiento racional y la pluralidad, así como la libertad de pensamiento.

¿Quiénes fueron los libros declarados proscritos por las diosas de la inclusión, diversidad y género o génere? Atención: Caperucita, la Bella Durmiente y San Jorge y el Dragón, entre otros. Repiten patrones patriarcales. Menos mal que no han leído La Celestina que lo mismo les da ahí mismo un infarto. ¿Y qué pasa con el Quijote? ¿Acaso no es machista esa idealización que hace de la mujer? ¿Y qué me dicen de la Ilíada ahí con la pobre Penélope cose que te cose desvelada esperando a su macho? ¿Existe algo más machista que esperar cosiendo al hombre que amas? ¿Y Otello? ¿No es acaso esa obra un alegato a favor de la violencia de género más terrorífica? Quememos Otello, prohibamos sus versiones, sobre todo la ópera de Verdi. Proscribamos, por supuesto, Lolita de Navokov, que incita a los hombres maduros a acostarse con jovencitas. La lista es, sería, interminable, más que los títulos contenidos en la Biblioteca de Alejandría.

Estas “persones” veladoras y cuidadoras de la doctrina de Fe en la perspectiva de género, ha recogido el testigo que antes tenía la Iglesia, pero una gran y, a la vez, sutil diferencia: en la Iglesia, te guste o no, seas creyente o ateo, siempre ha habido grandes pensadores. De San Agustín o Santo Tomás y llegando a nuestros días a Benedicto XVI, uno de los grandes filósofos y teólogos de la historia contemporánea.

Es de suponer que estas grandes pensadoras querrán sustituir la historia de Caperucita por una más acorde a su ideología de manera que ésta se hace amiga del “lobe” (siempre sin sexo asignado) porque como, por supuesto la niña será vegana, no permitirá que el cazador lo mate (es más el cazador ni siquiera aparece en el cuento) y juntos vivirán historias extraordinarias. Por supuesto ni rastro de decirles la verdad a los niños y que los lobos jamás serán veganos y sí se comerán a la niña, al niño, al niñe y a cuanto ser humano se ponga por delante si tiene hambre. La ley de la naturaleza, mucho más implacable y, sobre todo sin tanto tiempo para melindrosos, como los humanos actualmente.

Gloriosa estirpe la de los censores, una lista a la que ahora se unen estas grandes defensoras de la verdad. Vayamos preparando las catacumbas.

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Gema Lendoiro es periodista y licenciada en Historia por la Universidad de Navarra

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