Simón necesita unas vacaciones en la Cartuja de Valldemossa

No me explico cómo hay políticos que se resisten a la mascarilla, con lo práctica que resulta para ocultar la risa que obviamente les debe brotar al decir todo lo que dicen. En el caso de Simón, con mascarilla se le entendería menos: gran ventaja. Un portavoz incomprensible es la nota surrealista necesaria en un Gobierno que vive en el caos y el vodevil. El ideal sería Harpo, el mudo de los hermanos Marx, pero no está disponible. Después de su parida sobre lo mucho que nos beneficia que no lleguen turistas («es un riesgo que nos quitan»), el presi que tanto le ama y tanto le debe debería regalarle unas vacaciones en la cartuja de Valldemossa, a ver si el ejemplo de la orden silente le cura la verborrea y la afonía. El presi le ha defendido diciendo que habla como epidemiólogo, como si tal condición vacunara de toda gilipollez, le he gritado al televisor. Llega la segunda ola, pero no importa: tenemos un Gobierno surfista.

La mujer de Santi Abascal, Lidia Bedman, se luce en Instagram, pero no en bikini. En Vox no son dados al frenesí erótico-veraniego, qué dirían los obispos. Sin embargo, Lidia nos ofrece una imagen sugerente: su bikini, las dos piezas solitarias, colgado en el tendedero. Solo tela, nada de chicha. Y un breve texto: «Mi uniforme de verano». A la hora de exhibir uniformes para las redes y hacer ejercicio, su santo y muy patriótico esposo elige la camiseta de los infantes de Marina del Tercio de la Armada. En estos momentos, cuando a la Guardia Civil le quieren quitar el «todo por la Patria», hubiera sido más propio que se fotografiara levantando pesas con tricornio. Sería lo más visto del día y seguro que lo comentaba Jorge Javier Vázquez, incapaz de resistirse a tan musculosa tentación.

De cualquier forma, las maripuris de la derechona flipan con su imagen y han llenado las redes de piropos. Uno: «Santi, estás mazao». Le quieren decir que está cachas, creo. Y ahí he caído en que un agosto sin el torso desnudo de Aznar a lo Putin viene a ser como un verano sin el bikini floreado de Ana Obregón o sin «La barbacoa» de Georgie Dann. La nostalgia clama por su aparición en tableta inmortal ante sus fieles, incluso sin tricornio.