La guerra silenciosa de Donbás

El conflicto armado entre Rusia y Ucrania se ha saldado con la vida de más de 13.000 personas

Un soldado ucraniano del batallón especial "Donbass", permanece en guardia durante una operación antiterrorista contra los milicianos prorrusos armados en la ciudad de Maryinka

El presidente ruso, Vladímir Putin y su homólogo ucraniano, Volodimir Zelenski, mantuvieron ayer una conversación telefónica en la que discutieron los preparativos para una próxima cumbre del “Cuarteto de Normandía” (Francia, Alemania, Ucrania y Rusia) y otros temas relacionados con la guerra del Donbás, como el canje de presos entre ambos países. Según fuentes de la presidencia ucraniana “Las partes discutieron la implantación de los acuerdos alcanzados durante la Cumbre de Normandía del pasado nueve de diciembre de 2019 en París, así como los preparativos para la próxima reunión de los líderes del cuarteto de Normandía”.

No es un secreto que, desde la llegada de Zelenski a la presidencia de Ucrania el pasado mes de mayo, la relación entre ambos países ha entrado en una fase de mayor diálogo, algo a lo que Rusia nunca había renunciado. Uno de los objetivos de Zelenski ya en campaña electoral fue el de la vuelta de los presos, que en un primer intercambio liberó a 35 personas de ambos países el pasado mes de septiembre y que continuó en diciembre con el canje de 200 prisioneros de Ucrania y el bando prorruso del Donbás. Sin duda, la mayoría parlamentaria de la que goza el presidente ucraniano va a servir para apuntalar ese diálogo que siempre quiso mantener Zelenski con Moscú, a pesar de las críticas de los sectores más radicales. Aunque para alcanzar la paz queda todavía mucho camino y este debería pasar por la celebración de elecciones en las regiones separatistas y un posible estatuto de autonomía.

Ucrania es hoy un país debilitado económicamente que a pesar del conflicto sigue creciendo (este año los analistas auguran un crecimiento del 3% del PIB, después de haberlo hecho otro 3% en 2019), pero factores como la corrupción, la falta de reformas efectivas en la economía o la desconfianza internacional, que se traduce en una falta de financiación externa, lastran sus cuentas, sumado a la imposibilidad de exportar a sus vecinos orientales, tras haber cerrado la puerta del gigante ruso, quien había sido hasta hace poco tiempo su principal cliente. A esto se suma el hecho de que Ucrania dejará de ser país de tránsito de gas ruso debido a la puesta en funcionamiento de los nuevos gaseoductos que Moscú construye y que llevarán el gas a Europa a través del mar Báltico y no por territorio ucraniano, como venía sucediendo.

Mientras, sigue la guerra, un conflicto del que ya pocos medios occidentales hablan pero que continua ahí, casi invisible, cobrándose vidas y arruinando las de las personas que tuvieron la desgracia de vivir en los territorios del este de Ucrania. La próxima semana se cumplirán seis años de la matanza de la plaza del Maidán, en Kiev, que costó la vida de 26 personas cuando la policía ucraniana abrió fuego contra los manifestantes que se negaban a desalojar el centro de la capital. Protestas que se organizaron como expresión de rechazo a la demora de un acercamiento de Ucrania a la Unión Europea y el golpe de timón del entonces presidente, Viktor Yanukovich, virando a Rusia. Aquellas manifestaciones multitudinarias dieron paso a la dimisión a la fuerza del jefe del Gobierno, que no ha vuelto a pisar suelo ucraniano, y a la declaración unilateral de independencia de la República Autónoma de Crimea y la ciudad de Sebastopol, que el 16 de marzo de 2014 celebraron un referéndum que decidió su futuro venciendo la opción de adherirse a Rusia. Ese mismo mes comenzaron numerosas protestas prorrusas en el este del país y la posterior declaración de independencia de las regiones de Donetsk y Lugansk, una chispa que intentaron apagar con más fuego y que se recrudeció dando lugar a una guerra que lleva contabilizados más de 13.000 muertos, según la Misión encargada de velar por los Derechos Humanos dependiente de la Organización de las Naciones Unidas. Victimas mortales a las que hay que sumar decenas de miles de personas que han perdido sus casas y que se han visto obligadas a huir de sus ciudades, la mayoría de las familias ucranianas desplazadas se han dirigido mayoritariamente a las regiones de Poltava y Odessa, mientras que las rusoparlantes han preferido ir a Rusia, donde suelen tener familiares y en donde la política de integración les facilita la obtención de la nacionalidad.

Paralelamente al conflicto armado se viene librando la batalla de los medios de comunicación. Rusia y Ucrania han utilizado la artillería pesada de las antenas para pelear por llevar la razón en todo esto. Canales de televisión de ambos países dedican horas de programación al conflicto donde la objetividad brilla por su ausencia, sumado a la normativa ucraniana de prohibir emisiones en ruso, que ha encendido las críticas de Moscú hacia sus vecinos por vulnerar la libertad de expresión y de prensa. En internet la situación no ha ido a mejor con la proliferación de noticias falsas por ambos bandos en diarios digitales y redes sociales, hasta tal punto que el hermetismo oficial y los bulos lanzados hacen difícil comprender la situación actual de la guerra en estos territorios.