Biden confía en una victoria contundente contra Sanders

Primarias decisivas en Arizona, Illinois y Florida bajo el Covid-19. El vicepresidente de Obama parte como favorito y aumentan los rumores de que elegirá a Warren como «número dos»

FILE PHOTO: Former Democratic 2020 U.S. presidential candidate Klobuchar endorses former U.S. Vice President Biden's campaign for U.S. president during a campaign event in Dallas,
La excandidata Amy Klobuchar en un acto de apoyo a Joe Biden en DallasERIC THAYERReuters

Ohio, Illinois, Arizona y Florida. Cuatro elecciones de las primarias para acabar con la carrera presidencial. Al menos eso apuntaron los sondeos y la mayoría de los expertos, convencidos de que la táctica del sector más izquierdista del Partido Demócrata choca contra el muro de la realidad. Una encuesta de Reuters, a nivel nacional, sitúa a Joe Biden nueve puntos por encima de Bernie Sanders en intención de voto. Otra, de Morning Consult, era incluso más categórica: Biden acapararía el favor del 58% de los votantes demócratas, por el 37% de Sanders y el 3%, exótico, de la candidata Gabbard.

En el día de San Patricio, con el gran desfile de Nueva York suspendido y los bares cerrados, con las gaitas mudas y los policías y bomberos consagrados a paliar una crisis de dimensiones ignotas, Biden, de origen irlandés, mandaba ánimos. «Mi madre siempre decía que “ser irlandés es una cuestión de fe, familia y coraje”. Hoy celebramos el importante papel que los irlandeses estadounidenses han jugado en nuestras comunidades, la fortaleza de la relación entre Estados Unidos e Irlanda y los valores actuales compartidos por nuestras dos naciones. ¡Feliz día de San Patricio!».

Le respondía en Twitter un Sanders siempre atento a llevar la campaña. Todo es político y el virus más. «He aquí una idea radical», escribió Sanders, «debemos priorizar la salud y el bienestar económico de nuestra gente (personas mayores, trabajadores y propietarios de pequeñas empresas, niños y los miembros de nuestra comunidad más vulnerables) por sobre los cheques de la asistencia social y los rescates para los CEO y banqueros corporativos en Wall Street». Algo similar se había visto en el debate televisado del pasado domingo, cuando Biden apostaba por el aquí y ahora y Sanders aprovechaba para arrojar cargas de profundidad y atacar el sistema de raíz.

Debates sin audiencia

El debate, como todo en estos días, había sido eclipsado por la nube ácida de la pandemia. Aunque paradójicamente se benefició de que no hubiera público. Liberados del peso de los abucheos, y de la tensión a pie de calle de la campaña, emancipados de buscar a toda costa el aplauso, los candidatos parecían más dispuestos a discutir sin enfangarse con gestos para la galería. Hasta el punto de que Fred Kaplan, en la revista, «Slate», ya ha pedido que a partir de ahora los debates sean siempre sin audiencia. Esto es, con la audiencia al otro lado de las pantallas. Pero lejos de los platós y sin condicionar para mal las evoluciones de los candidatos. Unos aspirantes a la nominación más urgidos que nunca. Uno ante la hora del cierre definitivo. El otro frente a lo que puede ser el último embate de su vida política para pelear por la Casa Blanca.

Tanto Biden como Sanders saben de sobra que en las elecciones de este martes estaba en juego el futuro del año electoral. Que salvo sorpresa de gran calado la misa ya ha terminado.

En el conteo de delegados, antes de que los estados convocados el martes abrieran sus urnas, Biden tenía 889 delegados y Sanders 745. Los números de los que cayeron antes, los 75 de Elizabeth Warren, por ejemplo, de la que se rumorea que podría acompañar a Biden en el papel de candidata a la vicepresidencia, no digamos ya los 62 de Michael Bloomberg, los 26 de Pete Butiggieg o los 7 de Amy Klobuchar, están ya a años luz.

Como también lo están las primarias de hace apenas un mes, cuando el Partido Demócrata y los analistas empezaban a asumir que Bernie Sanders tenía todo el aspecto de ser el elegido: su victoria de Nevada, 46,8% de los votos frente al exiguo 20,2% cosechado por Biden, se antojaba tremendamente significativa. Sobre todo porque los principales sindicatos de los casinos se habían alineado contra el senador de Vermont y aún así había arrasado. 30 días más tarde las tornas han cambiado tanto que, como escribía Eric Lach en «The New Yorker», el país ha vuelto a 2016.

Premio de consolación

Todo lo más que Sanders puede lograr ya es arrancar a Biden el compromiso de unas políticas más progresivas, una reforma del sistema sanitario, institutos y universidades gratuitas para los estudiantes cuyos padres ganen menos de 125.000 dólares al año, reformas en las leyes que rigen la bancarrota, medidas más contundentes en la lucha contra el cambio climático.

En resumen, Sanders está en la batalla por conseguir que el candidato, que será con casi absoluta seguridad Biden, adopte al menos los aspectos cruciales de su propio programa político, el argumentario del cambio que empuje hacia el previsible rival de Donald Trump a todo ese electorado supuestamente cansado de las políticas demócratas de estos años.

Al mismo tiempo Biden parece capaz de sumar para su causa a millones de estadounidenses que desconfían de las recetas del socialista Sanders, o que, como en el caso de la población afroamericana del sur, es más conservadora en cuestiones morales que los votantes de las costas, que sencillamente anteponen presentar a un candidato con posibilidades de triunfo en las elecciones a la Casa Blanca a cualquier otra consideración.