Perfil: María Kolésnikova, la sonrisa de la revolución

La opositora regresó a su país, tras vivir 12 años en Alemania, para encabezar un proyecto político. “El futuro de Bielorrusia merece luchar por él y sacrificar algunas comodidades”, dijo hace poco

María Kolésnikova era la única líder de la oposición bielorrusa que no estaba en el exilio, y quizá por ello ha pagado al ser secuestrada en las últimas horas en Minsk. Música de formación y de profesión, es la única de la troika de mujeres que plantaron cara a Lukashenko durante la campaña electoral que siguió en Minsk tras las elecciones y la ola de represión gubernamental, ya que la líder opositora, Svetlana Tijanóvskaya, está en Lituania, y Verónika Tsepkalo también se exilió tras las elecciones del 9 de agosto.

“Sentimos la presión, pero yo creo que nos encontramos en la misma situación que nueve millones de bielorrusos. Cada uno de nosotros entendemos perfectamente lo que pasa y todos sentimos la misma presión. Esto no nos frena”, subrayó hace unos días en declaraciones a la agencia Efe.

Regresó como una hija pródiga de Alemania (2019), donde había vivido los últimos doce años, a petición del empresario Víctor Babariko para dirigir un proyecto cultural y acabó convirtiéndose con su sempiterna sonrisa en uno de los rostros de la ilusión de millones de bielorrusos. “Siento una gran responsabilidad. Yo no estaba preparada para esto, pero ahora creo que a mí me ocurre la misma transformación que a la mayoría de bielorrusos”, confesó en la citada entrevista.

Decía no tener miedo a que la detengan, aunque Babariko, el candidato que tenía más opciones de derrotar a Lukashenko en las urnas, está en prisión desde hace tres meses y podría ser condenado a varios años de cárcel por presuntos delitos económicos. “Conozco demasiado bien los últimos 26 años de historia de Bielorrusia. Para mí fue una elección y un riesgo que tomé con todas las consecuencias. Pero el futuro de Bielorrusia merece luchar por él y sacrificar algunas comodidades. No lo lamento”, señaló.

Por el hervidero en el que se ha convertido el cuartel general de la oposición, con un constante trajín de activistas, abogados, reporteros y gente común deseando contribuir al cambio democrático, Kolésnikova parece tener razón.