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La terapia antidolor de Julio Iglesias

Bajo la supervisión continua del doctor Valentín Fuster, una batería de píldoras y el sol como medida terapéutica para los huesos, el cantante afronta los dolores de espalda que se han ido agudizando, algo con lo que ya contaba y afronta con buen estado anímico. y más ahora, que se ha reconciliado con Enrique.

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15 de septiembre de 2018. 04:12h

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Paloma Barrientos.  15/9/2018

En su primer concierto en Uzbekistán el pasado 10 de septiembre después de su invisibilidad voluntaria, Julio Iglesias arrasó. Cinco mil seguidores aplaudieron y aclamaron a su ídolo, que tuvo que repetir varias veces sus temas mas conocidos. Algunos de ellos, como «Hey» o «De niña a mujer», canciones que durante años eran fijas en el hilo musical de hoteles y ascensores. Sus primeras palabras fueron de agradecimiento por la emoción que sentía al volver a los escenarios dos años después. Y reconocía el esfuerzo que ha supuesto superar determinadas situaciones relacionadas con su salud y que ha conseguido «gracias a la fortaleza de mi mente y mi corazón». Y también, por qué no decirlo, al doctor Valentín Fuster, el cardiólogo que desde hace décadas vigila y controla al cantante. Reconocido internacionalmente como uno de los principales promotores mundiales de la educación de la salud, es, además, amigo fiel de Iglesias, una de las pocas personas que tiene hilo directo esté donde esté. Por recomendación del especialista, Julio Iglesias lleva siempre una cajita con varias pastillas. En más de una ocasión la ha mostrado a los periodistas durante almuerzos y cenas muy privadas. Hace años la enseñaba y contaba en el Hotel Palace de Madrid cómo su adicción al sol en realidad era una cuestión terapeútica, una manera de alimentar sus huesos. «Me cura una parte y me estropea otra», dijo refiriéndose a lo que en broma llama su «piel de lagarto». Pese a todos los cuidados, es cierto que a sus 76 años los dolores de espalda se le han ido agudizando, pero era algo con lo que ya contaba. Con este concierto, Julio tapaba bocas y dejaba atrás rumores e informaciones poco favorables para su carrera profesional que lo colocaban ya en un retiro de lujo en su nuevo paraíso de Bahamas. En este lugar es donde quiere montar su nuevo cuartel general, una vez que en República Dominicana ya no está su gran amigo, socio y valedor Oscar de la Renta. Con el magnate Frank Rainieri, dueño de media isla y considerado –según «Forbes»– una de las diez fortunas más importantes del país caribeño, no llegó a entenderse una vez que desapareció el modisto.

Su ausencia en los medios y en la vida pública llamaba la atención. Su hijo Julio José, el más sociable de la tribu Iglesias Preysler, aseguraba: «El jefe se encuentra bien». Hasta su ex mujer, la «reina se corazones» y novia de Vargas Llosa, tuvo que salir al paso de las elucubraciones periodísticas y mandar un mensaje tranquilizador al respecto de la salud del artista.

La última vez que actuó en un gran escenario fue en diciembre de 2016. Después, «silencio administrativo». De hecho, ha pasado este verano en su finca de Ojén (Málaga), pero, salvo algunos amigos muy íntimos que acudieron a su casa, nadie lo vio. Ni a él, ni a Miranda ni a ninguno de sus hijos pequeños. Este mutismo presencial desató lógicos rumores tanto en la Prensa española como en la internacional.

Hay que tener en cuenta que Iglesias es el cantante latino que más discos ha vendido en el mundo. Según la leyenda urbana, o puede que sea cierta, cada tres minutos alguien en alguna parte de la tierra escucha una canción suya. Incluso se llego a decir hace años, durante una promoción, que en un viaje espacial los astronautas cantaban «Hey» mientras veían el planeta azul.

Ingreso secreto en Nueva York

Las preguntas formaban parte de los titulares: ¿Dónde se encuentra el cantante? ¿Está enfermo? ¿No se puede mover y va en silla de ruedas? ¿Tiene miedo a su nueva posible paternidad judicial? A estas cuestiones se le unía su ingreso secreto esta primavera en un hospital de Nueva York, además de la cancelación de parte de su gira y la no presencia en España, donde su asistencia estaba asegurada, como en el festival Castell de Peralada o el Starlite de Marbella. Estos dos lugares eran su fuerte, aunque su movilidad fuera escasa, pero dicha situación es algo que tiene dominada desde hace tiempo. Dicen que, aparte de sus dolores casi crónicos, Julio tiene un buen estado anímico. Ha vuelto a reencontrarse con su hijo Enrique, con el que no tenía trato desde hace años. Compartieron una comida las Navidades pasadas, y conoció a Nicholas y Lucy, los mellizos de Enrique y Anna Kurnikova.

El punto de inflexión para ese mal rollo fue el éxito que no esperaba del tercero de sus hijos. Enrique no solo arrasó, sino que tiene seis Grammys –cinco, latinos–, un centenar de premios importantes y más de ciento cuarenta millones de productos musicales. Papá Julio lo llevó muy mal, no por el éxito del hijo, sino porque Enrique no le pidio protección y se labró su carrera él solo. Y es que el orgullo y cierta prepotencia han sido malos compañeros de Julio Iglesias, que dejo en el camino a personas íntegras como Alfredo Fraile o Toncho Navas. Ahora tiene un frente abierto, que según los que le conocen, aseguran que no le quita el sueño: el juicio para el reconocimiento de paternidad de Julio Sánchez Santos, un proceso que ya tuvo en los años 80 una sentencia favorable para el que en aquel momento era menor y que un recurso posterior invalidó.

En un mes, Julio Iglesias deberá presentarse en el Juzgado de Primera Instancia número 13 de Valencia para someterse a la prueba de ADN. Tanto si se la hace como si no, parece que ya está acreditada esa filiación en un 99,9 por ciento, según el abogado, Fernando Osuna, que se encarga de la defensa del supuesto hijo. Un detective consiguió una muestra genética tras seguir durante un tiempo al cantante y a seis miembros de su familia en Miami. Finalmente, un descuido de Julio José Iglesias Preysler, tras abandonar una botella de agua en la playa, sirvió para que de nuevo un juez volviera a abrir el proceso. Así que, antes de que acabe el año Julio Iglesias tendrá otro hijo, seguirá cantando, mantendrá sus dolores de espalda y grabará lo que será su nuevo disco de boleros con el éxito asegurado. La vida sigue igual.

La terapia antidolor de Julio Iglesias

Miranda, la mujer invisible

Miranda apareció en la vida de Julio Iglesias durante la época en la que mantenía muy alto el pabellón de donjuán oficial. Las novias «de estación» formaban parte de un listado que alguien denominó «las páginas amarillas». Las que duraban más recibían un reloj Panther Cartier. El encargado de adquirirlos era Alfredo Fraile, al que, al comprarlos al por mayor, le hacían precio.

Miranda no lo recibió en su día en concepto de amiga entrañable porque se quedó para siempre en la vida del cantante. Julio se enamoró o, en su defecto, consideró que podía ser la mejor compañera de viaje, como así ha sido. Veintiocho años juntos, madre de cinco de sus hijos, a los que ha criado en solitario mientras papá viajaba por medio mundo. Una familia de película que el jefe de la tribu mostraba al universo en los reportajes anuales de «¡Hola!». Los niños crecían rubios, guapos y cuidados en una burbuja en Punta Cana. Miranda, también muy rubia, muy callada, con un tipo espectacular después de haber dado a luz a su familia numerosa, descumplía años, lo mismo que Brad Pitt en el personaje de Benjamin Button. Poco se sabe de ella, salvo que nació en Leimuden (Países Bajos) y que se conocieron en un aeropuerto. Al menos, esa es la versión que siempre ha contado Julio. Quiza la única actualización en una biografía en blanco hayan sido las declaraciones de Miranda diciendo que la finca de Ojén no se vendía. Y ella lo sabe muy bien, porque está escriturada a su nombre. A punto de cumplir tres décadas junto a Julio, no le gusta ser protagonista y continúa manteniendo ese manto invisible sobre su vida.

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